Arte y cultura

La farsa tecnológica de “1984”

«Pensó Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos.»
George Orwell, 1984

Carlos Atanes Cineasta y dramaturgo

Ya desde su publicación en 1949 pero de forma más acentuada si cabe desde que nuestra exposición a la tecnología Big Data ha devenido total y permanente, es recurso ordinario aludir a 1984 como paradigma fundacional de la tecnovigilancia masiva. Lo que resulta ciertamente asombroso, pues basta una lectura atenta de la novela para percatarse de que semejante honor es por completo inmerecido, habida cuenta de que, en lo referente a ese aspecto en concreto, 1984 ni es fundacional ni paradigmática.

Casi podría afirmarse ⏤y estaríamos exagerando solo una pizca⏤ que en 1984 nadie vigila a nadie.

Una afirmación de tal calibre merece una explicación. Comencemos con un repaso rápido del argumento ⏤¿habrá que advertir de la presencia de spoilers a estas alturas?⏤: Tres superestados totalitarios y en guerra mutua permanente ⏤con alianzas variables⏤ se reparten el mundo en 1984. Uno de ellos, Oceanía, está gobernado por el partido Ingsoc, cuyo líder incuestionado es el Gran Hermano. Oceanía engloba partes de varios continentes y también la antigua isla de Gran Bretaña, ahora llamada Franja Aérea 1. Sus ciudadanos están aparentemente sometidos a una vigilancia estrecha y constante. Hay telepantallas ⏤televisores que espían a sus espectadores⏤ hasta en los excusados, encendidas veinticuatro horas al día. Cuando alguien se revela poco afín al régimen es vaporizado.

La acción transcurre en Londres. Winston Smith, un tipo melancólico y con tendencias suicidas, miembro del Ingsoc, trabaja en el Ministerio de la Verdad falsificando la Historia. Pero Winston odia en secreto al Gran Hermano y vierte cada tarde sus pensamientos heréticos en un diario. Una elemental prudencia le impele a escribir fuera del ángulo de visión de la telepantalla que preside el salón de su casa. Winston siente afinidad por un superior jerárquico, un tal O’Brien. Sospecha que O’Brien también odia al Partido por la forma que tiene de recolocarse las gafas sobre el puente de la nariz. Winston se cruza a menudo en los pasillos del Ministerio con Julia, una militante de la Liga Juvenil Anti-Sex y al mismo tiempo empleada ⏤lo cortés no quita lo valiente⏤ en Pornosec, subsección encargada de producir libritos de pornografía barata para las masas obreras, los proles. Aunque no cruzan ni una sola palabra Winston siente un imperioso deseo instintivo de aplastarle la cabeza con una piedra. La odia a muerte. Pero no es un odio correspondido. Winston será un enclenque feo, pobre, tristón, bastante más viejo que ella, con varices y cinco dientes postizos y la mirará con inquina pero, por algún motivo no aclarado, ella está loquita por él.

Julia le declara su amor por escrito y esa nota escueta basta para enternecer el corazón de su archienemigo. Se citan a hurtadillas, salen a pasear por el campo ⏤donde no hay telepantallas aunque sí, se nos advierte, algún micrófono por aquí y por allá colgado de los arbustos⏤ e intercambian todo tipo de confesiones íntimas. El Ingsoc no aprueba los idilios, por lo que necesitan un refugio discreto para darle alegría al cuerpo. Winston le alquila a Charrington, el viejo tendero que le vendió la libreta que usa como diario, un cuartucho encima de su tienda, en el barrio prole. Julia y Winston pasan ahí las horas muertas, durmiendo y tomando café desnudos. El lugar es medianamente acogedor pero cierto día una rata atraviesa la habitación y a Winston casi le da un soponcio.

Espoleados por su odio compartido al Gran Hermano se deciden a visitar a O’Brien. Se confiesan enemigos del Partido y solicitan su ingreso en la Hermandad, organización clandestina liderada por el renegado Goldstein. O’Brien, simulando estar de su parte, les pregunta qué estarían dispuestos a hacer por la causa. Cuando les oye declarar enardecidos que están dispuestos a todo, a causar la muerte a centenares de inocentes, a extender enfermedades venéreas, a arrojar ácido sulfúrico a la cara de los niños, etcétera, a todo, a todo salvo concluir su amancebamiento, O’Brien los acepta en la Hermandad y, en cuanto salen por la puerta, ordena, con muy buen criterio, el arresto de ese par de entusiastas de la violencia indiscriminada. Pero les concede algo de tiempo. El suficiente para que Winston lea casi por entero una copia del libro prohibido de Goldstein que O’Brien le hace llegar furtivamente.

Entonces la Policía del Pensamiento irrumpe a porrazo limpio en el refugio de la pareja. Se los lleva a rastras por separado mientras el tendero Charrington se quita el tinte blanco del pelo y, con él, treinta años de encima. A Winston lo internan durante meses en las mazmorras del Ministerio del Amor, donde le dan más palos que a una estera. O’Brien le arranca un diente de la boca, le cuenta que el libro de Goldstein lo ha escrito él y le mete la cabeza en una jaula con ratas. Winston confiesa lo poco que no ha confesado aun, traiciona a Julia, se cree todo lo que le cuenta O’Brien y sale de allí amando al Gran Hermano y con un ascenso y mejor sueldo que antes. Fin.

Orwell escribe esta sátira enfermo de tuberculosis entre 1946 y 1948. Las referencias al estalinismo, vigente por entonces, son copiosas ⏤Goldstein por Trotsky, los Planes Trienales por los Planes Quinquenales, las alianzas variables de Oceanía con Eurasia y Estasia por el Pacto Ribbentrop-Mólotov, las purgas por… las purgas, etcétera⏤ y están salpimentadas con alusiones puntuales a otros regímenes totalitarios. O’Brien explica a Winston que el Ingsoc bebe de la tradición emanada de aquellos manantiales que le precedieron en la primera mitad del siglo XX: «el nazismo alemán y el comunismo ruso». Y que los ha superado con creces logrando lo que los antiguos no consiguieron, esto es, apuntalar la obediencia con el acatamiento sincero del gobernado mediante un artero cambio de estrategia: intensificar el control de los pensamientos en detrimento del control de los actos, catapultando así la tiranía a un grado tan óptimo de perfeccionamiento que su continuidad está garantizada por los siglos de los siglos. Pero, y esto es un detalle esencial, O’Brien también explica en el libro apócrifo de Goldstein que, desde el triunfo del Ingsoc, y debido a las propias condiciones socioeconómicas establecidas por el propio Ingsoc, el progreso científico y tecnológico ha frenado en seco: «el mundo es más primitivo hoy [en 1984] que hace cincuenta años» ⏤ardid literario al servicio de las limitaciones del propio Orwell (cuyo desinterés por las cuestiones tecnológicas parece rayar el ludismo), que le permite sortear el fastidioso esfuerzo de prever la evolución futura de técnicas incipientes en su época (televisión, informática…) y centrarse en lo único que le incumbe, la política propiamente dicha.

La piedra angular de un sistema autoritario no es la vigilancia sino algo más barato y eficiente, el miedo. Infundir tanto miedo que la vigilancia sea innecesaria. El Ingsoc infunde un miedo cerval entre sus propios miembros. No solo porque el castigo a la infracción más nimia sea extraordinariamente severo, lo que se conoce por el término eufemístico de vaporización, sino porque ni siquiera está muy claro en qué consiste una infracción. De hecho, no las hay ⏤en Oceanía no hay leyes⏤. O mejor dicho, cualquier cosa puede serlo o no serlo. Se trata de un sistema punitivo basado en la arbitrariedad e inseguridad jurídica más absolutas. Arbitrariedad e inseguridad jurídica, por cierto, en igual medida características de los procesos históricos en los que se inspira el Ingsoc. En realidad, lo que se castiga en Oceanía es la herejía. O, más concretamente, la ausencia de fe. Cualquier indicio aparente de ausencia de fe en el Gran Hermano. Orwell establece aquí un paralelismo obvio entre el totalitarismo laico y la teocracia. Incluso muchas paridades vinculadas a realidades políticas son también susceptibles de ser interpretadas en ese otro sentido: Goldstein por el Ángel Caído, el Gran Hermano por el Dios omnisciente que todo lo ve, Charrington por la serpiente, Winston y Julia por la pareja primordial, el ingreso en el Ministerio del Amor por la expulsión del Edén, O’Brien por el arcángel San Miguel, y un largo etcétera.

El Ingsoc funciona, pues, como una máquina de opresión muy bien engrasada. Mantiene a la población sumergida en una atmósfera asfixiante de terror y paranoia. Sus habitantes están convencidos no solo de estar siendo observados permanentemente, sino mentalmente escudriñados. El Gran Hermano no solo te está vigilando, también está leyendo tu mente. Pero la eficacia tiránica va más allá: el Ingsoc ni siquiera se molesta en angustiar a la totalidad de habitantes. El régimen es tan perfecto que, de entrada, omite controlar al 85% de su población, la masa obrera, los proles. Siente por ellos un desprecio radical. Les proporciona los medios estrictamente indispensables para la supervivencia y les distrae con fútbol, cerveza y pornografía. Pueden aparearse y procrear libremente porque eso proporciona un flujo constante de mano de obra a la industria armamentística. El Ingsoc considera a esos proletarios manipulables y semianalfabetos una masa mentalmente inepta e incapaz de ocasionar problemas graves. En los barrios obreros ⏤en la tienda de Charrington, por ejemplo⏤ no hay más telepantallas que las destinadas a retransmitir eventos deportivos o victorias militares en las plazas. Los proles pueden pensar como quieran, nadie va a meterse con ellos. En los barrios proletarios no hay paranoia, solo las necesidades perentorias típicas de una existencia misérrima. No hay crimen mental, solo delitos comunes y un trasunto de legislación ad hoc. La Policía del Pensamiento echa un ojo de vez en cuando por los barrios y si ve a uno que despunta, un alma inquieta, un elemento potencialmente desestabilizador, lo quita de en medio con presteza. Pero no es algo que tenga que suceder a menudo.

El régimen tampoco se preocupa de controlar a otro porcentaje significativo de la población ⏤pongamos, quizá, un 5%⏤, el Partido Interior, los cuadros del Ingsoc. El motivo es obvio: el Partido Interior es el régimen. Los jerarcas pueden recolocarse las gafas con el dedo, escribir libros sediciosos e incluso apagar la telepantalla de su casa pulsando un interruptor. Tienen el doblepensar plenamente asumido. Ellos son los sacerdotes del poder, ellos crean la realidad, controlan el pasado, el presente y el futuro, han creado al Gran Hermano y ha creado a Goldstein, su némesis. Viven fuera del tiempo, en la Eternidad. Ellos, que un día fueron Medianos, son ahora los Altos y han llegado para quedarse. No tienen que preocuparse por los Bajos, que jamás se alzarán contra ellos. A no ser que sean instigados por los Medianos. Siempre han sido los Medianos quienes se han servido de la fuerza numérica de los Bajos para derrocar y reemplazar a los Altos. Se trata de que esto no vuelva a ocurrir, que no se repita lo que ha ocurrido tantas veces a lo largo de la Historia. Por eso los Medianos, la clase intermedia, intelectualmente preparada, potencialmente peligrosa, merece una atención especial. Hay que mantenerles ocupados. Los Medianos son los miembros del Partido Exterior, los miembros del Ingsoc que se limitan a acatar órdenes. Winston Smith, por ejemplo.

Winston Smith falsifica la historia siguiendo instrucciones de arriba. Reescribe noticias aparecidas en prensa para transformar malas predicciones del Gran Hermano en aciertos apabullantes. Borrando hechos inconvenientes del pasado hace infalible al Gran Hermano. Y, matando dos pájaros de un tiro, hace desaparecer el pasado, lo que no es baladí. Junto a él, docenas de miembros del Partido Exterior llevan a cabo esa operación sistemática en periódicos, revistas, libros y folletos día tras día. Cuando un error es corregido o un artículo vuelto a redactar, se reimprime la publicación, se destruye la original y la nueva se guarda en un archivo. Ese denuedo, esa inversión colosal de personal y tiempo, ¿a qué responde? ¿Quién acude a la hemeroteca a releer los discursos del Gran Hermano? ¿Quién osaría acudir a una hemeroteca poniendo así en evidencia su pecaminosa curiosidad? Es más, ¿a quién le importa el pasado? ¿A los proles, ese irrelevante 85% de la población? No, a los proles solo les interesa el presente. ¿A los miembros del Partido Interior? No, saben que el pasado no existe.

Los miembros del Partido Exterior no falsifican la Historia para nadie más que para sí mismos. Ellos saben que lo están haciendo y al mismo tiempo ellos son los únicos destinatarios de su manipulación. Se manipulan a sí mismos. De ahí la necesidad de perseverar en el ejercicio del doblepensar, que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.

Cada vivienda de un miembro del Partido Exterior contiene una telepantalla que, en principio, espía todos sus movimientos, una pantalla que no se puede apagar y que le oye respirar mientras duerme.   «Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte, vigilado por la Policía del Pensamiento» ⏤ratifica el falso libro de Goldstein escrito por O’Brien. Pero, ¿realmente es necesario ese espionaje exhaustivo? ¿Destinar inimaginables recursos a sostener un panóptico audiovisual de dimensiones apoteósicas para que millones de miembros del Partido Exterior se turnen en vigilar a otros tantos millones de miembros del Partido Exterior que ni por asomo se arriesgarían a exhibir el menor descontento ante la mirada de otro? No parece un plan útil ni sensato. Ni siquiera factible en un contexto de infraestructuras deterioradas como este, sometido a frecuentes bombardeos y cortes de luz y, como se ha reconocido, en proceso de severa regresión tecnológica. Un escenario de papel mecanografiado y tubos neumáticos sin atisbo alguno de gestión computacional de la información. Pensar que un sistema semejante de vigilancia tiene visos de ser real y efectivo supone perder de vista el fin esencial del panóptico, la gran aportación del siglo XVIII a la tecnología penitenciaria: que el guardián de la torre central pueda observar a todos los prisioneros que le circundan es un propósito secundario; lo principal es que los prisioneros no sepan nunca si están siendo observados o no.

Winston se cree vigilado. Esa convicción no tiene fisuras. Para él, una telepantalla permanentemente encendida representa la mirada permanente de un vigilante clavada en él. Por eso desde el momento en que se escabulle del ángulo de visión de la telepantalla para abrir su diario y comenzar a escribir, se sabe condenado. Traslada su silla a un rincón con la misma candorosa desesperanza que Adán se oculta entre los matorrales después de comer el fruto del Árbol de la Vida. Irónicamente, el Ingsoc participa en el juego no tirando la puerta abajo en ese mismo momento ⏤¡Se está escondiendo, luego algo malo estará haciendo! ¡A por él!⏤ para, en cambio, emular a Dios cuando este, fingiendo no saber dónde se ha metido el avergonzado Adán, pasea por el Edén requiriéndole a voces.

La diferencia fundamental entre las webcams y cámaras de videovigilancia reales del siglo XXI y las telepantallas de 1984 es que las nuestras funcionan y las de 1984 solo a veces y muy ineficazmente. La narración está salpicada de pistas que indican con claridad que, o bien la televigilancia no funciona, o bien en caso de hacerlo es superflua. Es difícil decantarse por una de las dos opciones cuando la misma novela advierte que «ninguna afirmación puede ser probada ni refutada». Nótese que el propio Orwell, coetáneo de la hegemonía radiofónica en cuanto medio de comunicación de masas, no sabe muy bien qué hacer con la tecnología televisiva: solo en muy contadas ocasiones refiere lo que las pantallas muestran, centrándose siempre, por el contrario, en lo que dicen. Nos cuenta los discursos, pero apenas las imágenes. El predominio de lo sonoro sobre lo visual es abrumador. Una de las pruebas acusatorias mostradas a Winston por O’Brien es una cinta magnetofónica grabada en el domicilio de este cuando les recibió a él y a Julia… y desconectó la telepantalla delante de ellos.

Los recursos que utiliza Orwell para convencernos de la capacidad oteadora de las telepantallas son escasos, pobres y desganados. Durante los ejercicios matutinos obligatorios de gimnasia televisada Winston se ve repentinamente amontestado por la instructora, que detiene el entrenamiento para gritarle a él, directamente a él: «¡Smith! ¡6079 Smith W! ¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor». ¿Demuestra eso algo? Bastaría con pasarle cada mañana a la mujer del chándal una lista de los fumadores mayores de treinta años que están obligados a flexionarse ante ella recién levantados. Para soltar un improperio con nombre y apellidos de vez en cuando y dar en el blanco esa mujer no necesita ver nada ni a nadie. Pero vale la pena hacerlo, porque tanto el aludido como los no aludidos lo van a interpretar como una evidencia más del poderío avizor del Ingsoc, lo que contribuirá a mantenerlos alerta y disciplinados. Lo sorpresivo de esta emisión matutina no debería ser, en todo caso, la interacción de la instructora con su público, sino el asombroso hecho de que no vaya a dar con sus huesos a las cámaras de tortura del Ministerio del Amor por ejecutar a diario y a la vista de todos algo tan impropio como la gimnasia sueca, extravagante ritual originario de las tierras escandinavas, sitas en Eurasia, superestado manifiestamente rival.

Cuando O’Brien informa a Winston de que le mantienen bajo vigilancia no ya desde la abierta confesión de odio al Gran Hermano que declamó ante él, no ya desde el inicio de la redacción de su diario íntimo, no ya desde cualquiera de los conatos de insurrección a los que hemos asistido, sino desde hace siete largos años, uno se pregunta cómo lo hicieron. Y también por qué no actuaron antes. Las peripecias de Winston han consistido, a lo largo de las páginas precedentes, en un deambular por lugares recónditos o mal vigilados. Prados aislados en las afueras de Londres y calles abarrotadas de los barrios proletarios. Una sucesión de telepantallas que no sirven para nada y helicópteros que pretenden avistar lo que ocurre en la intimidad de las casas a través de las ventanas con resultados ⏤así lo reconoce Winston⏤ notoriamente decepcionantes.

Un segundo antes de producirse su detención, un cuadro cae de la pared de la habitación alquilada encima de la tienda de Charrington y, horrorizados, Winston y Julia descubren que detrás se esconde una telepantalla. Una telepantalla que hasta ese momento no podía ver nada y que tampoco parece ver nada una vez descubierta, ya que se limita a repetir lo que ellos dicen y a escupir órdenes coercitivas mientras los agentes de la autoridad rodean la casa, entran por la ventana y suben las escaleras al trote. Una telepantalla, como puede inferirse, absolutamente inútil, en cuanto la detención hace rato que está en marcha, Winston informó con antelación a O’Brien de su paradero y del propósito al que el aposento era destinado y, por si fuera poco, hasta el propio casero, Charrington, es un agente de la Policía del Pensamiento y está al corriente de cuanto sucede en su tienda, desde los horarios de entrada y salida de sus inquilinos hasta el alboroto que montó Winston al toparse con una rata ⏤de lo que pasará cumplido informe a los chicos de la Habitación Uno Cero Uno, que no necesitan ser telépatas para averiguar qué modalidad de tortura asusta más a cada individuo.

Las únicas telepantallas de provecho contrastado citadas en la novela aparecen en la celda del Ministerio del Amor en la que, una vez detenido, Winston espera en compañía de otros su turno para ser torturado en la Habitación Uno Cero Uno y adyacentes. En esa habitación cuadrada y cerrada a cal y canto hay una telepantalla en cada pared con la mirada puesta encima de los paralizados prisioneros. Cada vez que alguien se rasca la oreja los televigilantes ladran una increpación y llaman al de la porra, que está esperando al fondo del pasillo. A este fin tan fructífero se destinan las únicas cuatro terminales de tecnovigilancia operativas en Oceanía.

El modus operandi de la Policía del Pensamiento no emula al depredador que se mantiene emboscado al acecho, sino a la planta carnívora que aguarda paciente la llegada de su presa. La mítica y recurrentemente citada red de tecnovigilancia masiva de 1984 ⏤una novela a duras penas distópica si se la compara con sus referentes reales⏤ puede, a tenor de lo expuesto, resumirse en: a) un vendedor de trastos viejos disfrazado de abuelo que se llama Charrington, cebo para desencantados, especialmente propensos a la nostalgia por el pasado; y b) dos niños chivaticas en el piso de abajo, que delatan a su padre a la Policía del Pensamiento por haber mascullado ¡Abajo el Gran Hermano! mientras dormía. Recursos de espionaje en absoluto ajenos a los métodos propios de una sociedad pre-industrial. Por ejemplo, la civilización sumeria del siglo XXIV a. C. Teniendo en cuenta la imprudencia y facuncia de tipos como Winston el empleo de métodos más sofisticados sería un despilfarro.

No es la tecnovigilancia, queda claro, la principal amenaza advertida y/o profetizada por 1984. La de verdad es otra. Una que, paradójicamente, hallaremos en los raros actos de libertad descritos en la novela. Es de una evidencia palmaria y, sin embargo, ha pasado desapercibida a todos los críticos. Y no será porque el texto nos la escamotee. La novela la cita reiteradamente, una y otra vez, lo que pone de manifiesto el esfuerzo consciente del escritor por resaltarla. Se trata de un fenómeno tan vigente en el tiempo de escritura de la novela como el mismísimo estalinismo. Estoy hablando del consumo de tabaco. Un tema que traía de cabeza a Orwell, fumador empedernido.

En febrero de 1946, un año antes de emprender la redacción de 1984, Orwell publicó en la revista Tribune un famoso artículo titulado Books vs. Cigarettes donde lamentaba que los obreros británicos gastaran más dinero en tabaco que en libros ⏤¡él mismo confiesa contrito derrochar casi el doble en lo primero cada año!⏤. En 1984 se fuma indisimuladamente a todas horas y en todas partes: en los espacios públicos, en casa, delante de las telepantallas, en la cantina del Ministerio de la Verdad, por los pasillos, en el despacho del jefe y en los calabozos subterráneos del Ministerio del Amor. Winston Smith ⏤qué hermosa ironía que Winston se llame, precisamente, Winston, una marca de cigarrillos que saldría al mercado solo cuatro años después del fallecimiento de Orwell⏤ va esparciendo las briznas del tabaco malo que se le van cayendo a lo largo y ancho de la entera Franja Aérea 1. El Ingsoc te vaporizará por levantar una ceja cuando no toca pero te concede plena carta blanca para perfumar Oceanía con nicotina. Esa es la verdadera, tóxica, siniestra amenaza descrita por 1984 y no el falaz tecnocontrol mental. Pone los pelos de punta siquiera imaginar un mundo donde volviera a extenderse, como en los tiempos salvajes, la libertad de fumar tabaco allá donde a cada uno le apeteciera. Por fortuna hemos superado esa fase, hemos comenzado a borrar los cigarrillos de las películas antiguas y nada indica que la infestación vaya a volver.

Arte y cultura
Carlos Atanes

Cineasta, dramaturgo y experto en magia sexual (no se ha iniciado en ninguna sociedad secreta, pero si lo hubiera hecho tampoco lo diría). Diestro en el tiro con arco aunque hace veinte años que no practica. Colecciona libretas que no usa, le gusta el potaje y posee una web oficial, www.carlosatanes.com permanentemente actualizada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *