Arte y cultura

El Sujeto y su declive en la era del confort tecnológico

En la serie de televisión “Black mirror”,
“White Christmas” (2014)
¿Y si nuestro voraz deseo tecnológico amenazara con impedir nuestro devenir hacia una verdadera condición de sujeto?

Ricardo Sánchez Director de Código Cine

¿Puede la tecnología cruzar la línea que separa proporcionarnos un cierto confort de una inconveniente manipulación de la realidad? , algo de esto se nos plantea en términos más bien explícitos en uno de los capítulos de la serie de televisión “Black mirror”, concretamente en su especial navideño titulado “White Christmas” (emitido en diciembre de 2014), texto que proponemos como espacio de ensayo para algunas de sus ideas inmediatas, pero también de otras que encontraremos secretamente codificadas, e incluso alguna preocupación antropológica y psicoanalítica que encontraremos implícitamente esbozada y que nos va a remitir al estado en que se encuentra nuestra sociedad posmoderna. Y todo ello porque nos fijamos en esa ocurrencia genial de la serie que consiste en la posibilidad de bloquear en nuestras vidas a las personas a las que no queremos volver a ver más. ¿Tentador?

1. Sujeto y (de)construcción de la realidad

En nuestro capítulo de “Black mirror” se nos propone el futurible de una sociedad en la cual sus miembros contarán con una innovación tecnológica llamada “Ojos Z” que permitiría a sus dueños obrar en su percepción visual y auditiva algunas intervenciones asistidas por la tecnología para conseguir efectos como, por ejemplo, bloquear a otras personas. Así, con un simple clic, a voluntad, el sujeto podría bloquear la voz y la imagen de la persona que eligiera, que aparecería frente a él como una antropomórfica nebulosa bien silueteada a la que no podría ni reconocer, ni oír. Dicho de otra manera, un gadget tecnológico que intervendría en la percepción del sujeto para obrar en ella unas ciertas interrupciones perceptivas siguiendo la voluntad de su propietario. Una de las bondades de la serie “Black mirror” es que sabe situar en el punto justo de desarrollo las innovaciones tecnológicas que nos propone, es decir, un punto de evolución en donde estos gadgets superan las tecnologías reales actuales, pero que se nos proponen tan sólo como el resultado de un perfeccionamiento de las tecnologías existentes, lo que nos hace pensar que nada impedirá que lleguen a estar disponibles, y que deberemos estar preparados para lidiar con los retos sociales y personales que nos van a plantear. De hecho, desarrollos tecnológicos como las Google Glass y, en general, todo el campo de las aportaciones de la llamada “realidad aumentada”, apuntan hacia una sociedad donde los “Ojos Z” podrían  convertirse en realidad.

Según podríamos tomar como punto de partida, la existencia misma de la tecnología estaría relacionada con la mejora de nuestra calidad de vida, con una mejor satisfacción de nuestras necesidades, con la intervención deliberada sobre el mundo físico que nos rodea para proporcionarnos un mayor confort, etc., y todo ello guiado por nuestras necesidades y deseos. Permitámonos reducir esta enumeración a una búsqueda de confort que late al fondo de todo gadget tecnológico y que se diseña de partida para agasajar a un yo todo deseo obnubilado en la irresistible promesa de que a través de estos objetos encontrará la forma de doblegar lo real cada vez más conforme a esa incesante búsqueda del placer. Y es que, no nos engañemos, la tecnología avanza menos eficazmente por el goce del saber mismo, que por el empeño por hacer realidad los deseos de ese sujeto deseante que con su dimensión de “usuario de consumo” financia esa aplicación mercadotécnica del saber en forma de gadgets para su placer, y por tanto, como medios para un cierto goce. El sujeto, por tanto, no deja de estar en el centro como punto de partida y de llegada para ese avance tecnológico que, cada vez más, va transformado su realidad.

Y tanto más, de hecho, allí donde dejemos de entender la “realidad” como la referencia a todo lo que existe, y la intercambiemos por esa concepción de la realidad en tanto que construcción simbólica, en donde no vive el individuo, sino el sujeto. Ese constructo en su interior, que por cierto también ha sido muy desarrollado por escuelas como la constructivista o la construccionista sobre todo en la década de los años 80, admitiría ciertas manipulaciones tecnológicas como la función de esos hipotéticos “Ojos Z” que permitirían bloquear a las personas, eliminarlas del campo visual del sujeto, es decir, vivir la ilusión de verlas sencillamente extirpadas de nuestra red personal y social. De hecho, aunque “Black mirror” tan solo plantea el silueteado de los personajes bloqueados, no se nos escapa que la tecnología podría permitir la personalización de la intervención hasta obrar una práctica invisibilización de aquellas personas que deseáramos eliminar de nuestra vida. Y es justo aquí donde el asunto pierde su dimensión tecnológica para mostrar su problemática subjetiva. Sería algo así como el perfecto “ghosting” del futuro. Veámoslo conforme lo ensaya “Black mirror”:

La serie nos plantea un escenario donde nuestra pareja protagonista, Beth (Janet Montgomery) y Joe (Rafe Spall), cenan animadamente con otra pareja de amigos. Bueno, no todos están tan animados, pues Beth está desconectada, distante, y sólo parece prestar atención a la copa de vino a la que se entrega sin cesar.

En ese momento aún no se nos ha revelado, pero luego sabremos que Beth está muy disgustada porque acaba de descubrir que está embarazada y, quizás, del otro hombre de la mesa, Tim (Dan Li)…

…con quien tiene un affair y que parece estar divirtiéndose mientras escucha a Gita (Zahra Ahmadi), su nueva pareja, contar cómo comenzó su relación. La velada se convierte en una pequeña tortura para Beth, que trata de sobrellevarla con una generosa cantidad de vino.

Al final de la noche, Beth se va a dormir arguyendo que está cansada, y Joe se queda recogiendo. Accidentalmente, descubre una prueba de embarazo con resultado positivo que había sido escondida en la basura, y acude corriendo en busca de Beth para confirmar que es suyo y que está embarazada. Pero Beth no está tan contenta y, aunque confiesa que la prueba de embarazo es suya, también le dice que no tiene intención de tener el bebé. Joe está muy ilusionado con ser padre, de modo que rechaza la idea de perder el bebé y trata de animarla para tenerlo juntos asegurándole que será una buena madre y que él se encargará de todo. La insistencia de Joe choca con la decisión de Beth, que no quiere seguir escuchándole y a la que la conversación le está produciendo una enorme angustia, así que activa sus “Ojos Z” y bloquea a Joe de modo que ya no pueden verse ni oírse mutuamente. Joe se desespera y se deshace en aspavientos exigiendo a Beth que le levante el bloqueo, pero eso, simplemente, no sucederá.

En realidad, no conocemos el punto exacto en el que una intervención tecnológica deja de ser un apoyo auxiliar y se convierte en una manipulación de la realidad, ¿no es cierto?. Una agenda electrónica que nos alerta de nuestras citas o un teléfono móvil para hablar con quienes se encuentran a miles de kilómetros no parecen plantear graves implicaciones subjetivas pero, ¿qué tal una tecla con la que provocar la desaparición del otro? ¿Qué sucede cuando el alcance tecnológico se alinea con el deseo del sujeto allí donde éste solicita vivir la ilusión de hacer desaparecer aquello que siente que le amenaza en cualquier medida? ¿Y si eso que le hace sentir amenazado es la materia elemental de la que está hecha “el otro”, es decir, nuestros semejantes? Lo que Beth está ensayando es una tecla con la que poder desactivar a Joe, cuya presencia es, para Beth, un elemento de incordio, una complicación extraordinaria que desearía poder sacudirse. Con el bloqueo, Beth vive la ilusión de suprimir a Joe de su ecuación, de su realidad, de modo que pueda continuar con sus planes y pesquisas, negando su presencia, su derecho, su expectativa y su puesto en la pareja. De hecho, si el amor tiene que ver con otorgar un ser, el botón del bloqueo se articularía aquí como la retirada oficial de ese ser, su recuperación, la negación de la posición legítima del otro, el brusco exilio del sujeto a un “exterior” desde el que ya no es posible dirigirle una palabra, y por tanto, donde ya no existe capacidad para provocar cambio alguno en la persona amada. La propuesta de “Black mirror” insinuaría que el otro podría convertirse en una figura desactivable con la que no siempre tendríamos que vernos obligados a lidiar, y que por tanto nos eximiría del valor y la angustia necesarios para navegar en las difíciles relaciones entre las personas.

Sí, porque, tanto la Historia, como la Antropología y desde luego todas las disciplinas psicológicas saben bien de la dificultad de la tarea de lidiar con el otro, pero también apuntan a la conveniencia de lidiar con él en aras de perfeccionar habilidades cruciales para la construcción de una subjetividad con la que enfrentarse a la vida misma. La tecnología puede acompañarnos y mejorar nuestra calidad de vida en alguna medida, pero todo apunta a que todo individuo que se precie está llamado a lo largo de su existencia a atravesar un proceso de aprendizaje en el que sentirá la profunda decepción de descubrir que el mundo y los seres que lo habitan no han sido confeccionados para su placer y que alcanzar una cierta satisfacción requerirá de él un esfuerzo de adaptación en el que, necesariamente, experimentará una cierta pérdida, una cierta renuncia. Una agenda electrónica más avanzada o la sustitución de un teléfono móvil por un moderno smartphone nos hará la vida más fácil, pero fingir eternamente que no existen aquellos elementos que nos instan a reformular nuestro deseo conforme al “principio de realidad”, supone eximir al yo de la necesaria castración de la que cabía esperar un sujeto más estable. ¿Y qué mejor elemento para realizar ese aprendizaje que la presencia social y personal del otro en nuestras vidas? Sí, ese otro ingobernable que no se configura estrictamente al servicio de nuestro capricho, que no existe exclusivamente para nuestro confort y al que toca otorgar primero un espacio propio y distinto, para alcanzar después una cierta transacción.

Así, los “Ojos Z” de Beth eximen a ésta de tener que trabajar intensamente en el plano subjetivo para afrontar la situación que se ha producido y le permiten vivir la ilusión de ir suprimiendo los elementos que contribuyen a aumentar su angustia. La tecnología comparece aquí como un aliado del sujeto para cercenar la realidad, o su percepción, de suerte que la configure como un escenario distinto más próximo a su deseo. No es el sujeto el que, por tanto, activará la conveniente construcción de un contenido interior con el que abordar la situación que ha creado, ni convocará nada de su subjetividad interna para transitar por su presente, sino que echará mano de una tecnología que obrará para ella un delirio de lo más oportuno en el que puede no ya sólo suprimir objetos, sino también, con esa supresión, fingir que sus compromisos con ellos quedan también en suspenso, o incluso que no han existido jamás. Por tanto, no se daría construcción alguna, sino una deconstrucción parcial y controlada de la escena de la realidad conforme al deseo narcisista del sujeto. Se trataría de una irrupción tecnológica con la que Beth, sin precisar de salto temporal alguno, conseguiría el milagro de deshacer épocas enteras de su vida y continuar viviendo como si nada hubiera sucedido. Y de hecho, y según descubrimos al final del capítulo, Beth no volvería a ver jamás a Joe.

¿Cuál sería la escena antagónica a esta?

Quizás podría ser… esta otra que nos contó Woody Allen en “Interiores” (1978):

Sí, esa inolvidable escena en la que Arthur (E. G. Marshall), el marido de Eve (Geraldine Page), y con la violenta presencia de sus hijas, informa a su esposa de que, tras haber mantenido a la familia durante décadas, piensa separarse de ella para vivir la última parte de su vida fuera de su casa y para disfrutar de una nueva etapa. No me negarán que ese deseo por abandonar a su esposa y deshacerse de sus responsabilidades no rima con el deseo de Beth de deshacerse de Joe y de su responsabilidad con él como miembro de la pareja. Pero donde contrastan ambas historias, ¡y de qué manera!, es en la tremenda claridad con la que Arthur explica su deseo y su voluntad, en una escena “ceremonia” familiar que todos viven en primera persona, interponiendo una buena cantidad de palabras, una larga cadena de ellas. No esconde su cara, sino que la presenta en la cabecera de la mesa, como el busto parlante del que emanan las palabras. El eje que revela el antagonismo se expresaría así:

Ensayemos una inesperada forma de mostrarlo:

Salta a la vista que tanto en “Interiores” como en “Eyes Wide Shut” hay una falta común que termina siendo muy relevante: no hay tecnología. Hay personas. Pero en nuestro capítulo de “Black mirror” eso es lo que tiende a desaparecer, ¿no es cierto?

2. La tecnología y la supresión de la angustia

Pero más interesante que si vuelve a ver a Joe o no, es que nunca tendrá que ponerse frente a él y decirle que está embarazada de otro hombre con el que le ha sido infiel. Es decir, la intervención de los “Ojos Z” no sería puramente perceptiva, sino que también tendría efectos en el plano de las consecuencias de los actos de uno mismo, toda vez que semejante tecnología nos permitiría ensayar el impresionante subterfugio de escaparnos de una buena parte de las consecuencias de nuestra conducta. ¿No ven un cierto camino hacia el narcisismo que opera a sus anchas en nuestra sociedad actual? Pero veámoslo más despacio a través de “Black mirror”:

Tras bloquear a Joe, Beth abandona su vida como resultado de una decisión unilateral en la que él no puede influir en modo alguno. Aunque Joe trata de entablar una conversación con Beth a la mañana siguiente, recordándole su amor por ella y justificando su reacción diciendo que “estaba cabreado”, Beth no levanta el bloqueo. Para ella, simplemente, es más fácil de este modo, uno que terminará llevando al extremo cambiando de casa, despidiéndose del trabajo y desapareciendo por completo, es decir, desactivando una dimensión de un problema del que ella es responsable para dejarlo “sin efecto”. Su estrategia no consiste en abordar el problema, afrontarlo junto a Joe y asumir las consecuencias con el subsiguiente efecto que ello tendrá en el yo, sino vivir la ilusión de que sus actos quedarán “impunes” (al menos con respecto a Joe). Ella pasa sobre el conflicto sorteando toda elaboración subjetiva, y por tanto, la angustia que lo acompañaría, para continuar con su vida sin más.

¿Sin más? Bueno, no exactamente, pues en ausencia de dicha elaboración, la amenaza subjetiva que representa Joe es cada vez mayor. Y algo de esto parece jugarse en una escena posterior, en la que Beth reacciona con un gesto que frisa el pánico cuando Joe la reconoce por la calle y se acerca a ella para suplicarle que le levante el bloqueo.

Los aspavientos de Joe suponen para Beth una forma de amenaza del pasado que reactiva toda su angustia, es decir, la que acompaña a la culpa por sus actos anteriores, como no afrontar debidamente las consecuencias de sus actos, no compartir lo sucedido con Joe, la decisión de bloquearle, etc., así como la incertidumbre sobre la conducta de un ser al que debe reconocer cierta justificación para su frustración y al que negó la vivencia de un cierre conveniente a través de la palabra, es decir, una elaboración psíquica superable. Así, la decisión de Beth se erige en fantasma que retorna crecido y, en tanto que oculto tras esa nebulosa informe del bloqueo, exento de todo gesto que lo humanice, que lo contenga, va creciendo en furia y convirtiéndose, cada vez más, en un auténtico monstruo para ella. El tamaño del fantasma ya trasciende las posibilidades de los “Ojos Z”, pero la estrategia de Beth sigue siendo la de reprimirlo cueste lo que cueste hasta hacerlo desaparecer del todo, de modo que convoca la colaboración definitiva de una autoridad represora más eficaz: la policía. Joe nos cuenta que el bloqueo recibe, así, “respaldo legal, y que si se acerca a menos de 10 metros de Beth, será detenido.  Para ella, la jugada parece buena, pues la policía no sólo cerca al monstruo, con toda su fealdad…  sino que también la libera en cierto modo de alguna responsabilidad, pues ya no es su bloqueo el que opera, sino el mandato policial; ya no es su bloqueo lo que Joe violenta, sino la ley pública de todos. En esencia, Beth reduce su responsabilidad sobre el monstruo y su conducta. No obstante, ¿no está la policía sirviendo, en realidad, a la falta de valor de Beth para afrontar sus actos la noche misma en que Joe descubrió su prueba de embarazo?

Así, y como avanzábamos, la tecnología revelaría su capacidad para actuar no ya eliminando del campo de visión los elementos “amenazantes”, es decir, algo que se juega en el campo cognitivo, sino también obrando cambios que permitieran al sujeto jugar al trampantojo de sortear aquello que concita y activa la culpa u otros accesos incómodos sobre el yo. Llegados al punto en que el yo, todo centro y todo deseo, es colocado como único objetivo de la ecuación, todo vale en términos tecnológicos para ahorrarle la más mínima angustia. La concomitancia moral del asunto queda, lógicamente, encomendada a una activación subjetiva interior de cada persona, que se deja a su deliberación particular y que puede, sencillamente, no darse, bien porque el sujeto no cuente con esa sensibilidad moral, o bien porque sea más cómodo disfrazarla de miedo a ser acechado o amenazado.

Y por cierto, Beth termina compareciendo como la mentirosa que decidió ser, y así lo “escribe” nuestro capítulo de “Black mirror”, llegado el momento justo:

3. Tecnología y narcisismo

La cuestión es: ¿qué perdemos al obrar de este modo?. Démonos cuenta de que por lo que estamos preguntándonos es por la ausencia de las cicatrices del yo, esas suturas, normalmente aplicadas por medio de la palabra, con las que volvemos reconstruidos de las experiencias difíciles. Sí, esas con las que caminamos simbólicamente sobre las grietas que se abrieron en nuestro presente y cuyos efectos nos llevamos como un cierto e intransferible patrimonio nuestro. La respuesta es sencilla: perdemos la oportunidad de perder ordenadamente algo de nosotros mismos, y ganamos la oportunidad de seguir enfocando al yo como punto de partida y llegada de todo, justificación para todo placer posible, y por tanto, acomodados en una minoría de edad que sólo obra empeñada en recuperar algo del todo-placer pre-edípico y maternal. Todo un plan para hacer del yo-placer la única referencia del yo y permitirle un desarrollo de sí mismo a su alrededor en el que todo sea positividad, exento de la negatividad del otro. En palabras de Byung Chul Han:

La desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad. Ciertamente, las enfermedades neuronales del siglo XXI siguen a su vez una dialéctica, pero no la de la negatividad, sino la de la positividad. Consisten en estados patológicos atribuibles a un exceso de positividad. La violencia parte no sólo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico”. (Byung Chul Han, 2012)

Han no sólo advierte de este fenómeno sino que lo eleva a paradigma patológico característico de nuestro tiempo, del que series de tv como “Black mirror” serían su síntoma o, al menos, un cierto espacio de reflexión donde permitir el “extrañamiento” por el advenimiento de esta tendencia psicopatológica para la que las nuevas tecnologías son su mejor instrumento. Y su estrategia, el confort del yo.

[El exceso de positividad] “significa el colapso del yo que se funde por un sobrecalentamiento que tiene su origen en la sobreabundancia de lo idéntico”. (Byung Chul Han, 2012).

Un mar de lo idéntico, siguiendo a Han, del que ya no cabe esperar sino el problemático y dificultoso desarrollo de una subjetividad con la que afrontar las pérdidas, las grietas, y, por tanto, un nuevo escenario de efectos antropológicos, en donde el sujeto lo es… cada vez menos. Con los futuribles tecnológicos que nos muestra “Black mirror”, a menudo no muy descabellados, sabemos que podemos provocar efectos de enorme confort pero, ¿podemos permitírnoslos?

Referencias:

  • “La sociedad del cansancio”, Byung Chul Han, 2012.
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Arte y cultura
Ricardo Sánchez

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (2003). Master en Marketing y Dirección Comercial por CESMA (2003), Escuela de Negocios. Desde 2010, productor y director de la revista “Código Cine”, dedicada a la reflexión, ensayo y análisis textual de cine y series de TV, con un marcado enfoque de tendencia psicoanalítica. Anteriormente, director de las revistas “Sala 1, diario de cine” (1999-2002) y “Cine Futura” (1997-1999).

Crítico de cine y articulista en diversas publicaciones sobre cine como “Stars Avenue” (1996-1997), “T@boo” (1997), “Web C&B, sección de cine” del Grupo C&B Web (1997), Revista “Casi Nada” y otras. Director de “Hispacine” (1998-2001), comunidad de cinéfilos por newsletter. En definitiva, extremófilo cinéfilo “a mil películas de profundidad”, que diría Cohen, siempre comprometido con la reivindicación del cine como un arte fundante que nos conforma y nos ensancha más allá del mero entretenimiento.

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