Arte y cultura

El artista sin pincel…

José Alberto Raymondi Psicoanalista

Una existencia dedicada a una idea y al acto de realizarla. Ese artista nunca supo si había logrado su obra. Ni siquiera, quizá, llegó a concebir que fuese posible alcanzar aquello anhelado desde aquél día que tomó por primera vez un pincel o una pluma. Crear como si no hubiese lo ya creado desde la humanidad es una tarea imposible, sólo por ello puede hacerse.

Hasta el siglo diecinueve pudimos albergar algún sentido o sentimiento de romanticismo en el acto creativo. Hoy parece que no podemos decir que haya creación. La creatividad se nos muestra en una declinación degradada, ha quedado reducida a una exigencia; no es más que un mandato al que nos sometemos en búsqueda del beneficio en el mercado variable del valor. Se ha producido un pasaje del acto a la actividad. De la libertad a la prisión.

La creación, la obra –que no se refiere al ingenio o al efectismo de lo que puede asombrar-, no se manifiesta, no se expresa para el disfrute estético, no busca complacer el capricho de los sentidos. Aquel artista que no sabe lo que hace, se encuentra sumergido en el abismo de la duda. Esa duda que supo muy bien pintar en su ensayo Merleau-Ponty, cuando escribió sobre el genio de Cézanne. Parece que es una condición de quien se entrega al acto de crear no saber lo que hace. En el último aliento queda la sensación, la idea fugaz de que se ha consagrado la existencia a ese deseo originario: ese deseo indestructible que golpea con fuerza bruta un cuerpo. El golpe de un deseo subyuga la voluntad y condena a ese cuerpo a consagrase al trabajo incesante. Cézanne dedica cientos de sesiones para lograr un retrato, un paisaje: hacer aparecer lo invisible en el lienzo.

Siguiendo al artista no conseguimos entender nada. Se trata de su obra, en la obra se enseña aquello que excede al artista, se muestra lo que ignora de sí. Nadie sabe del arte que habita al artista, la obra es su expresión lograda, su manifestación inconclusa que le lleva a insistir. Una vez más, otra vez. En ese ensayo permanente no se responde a nadie. Sólo la soledad y el silencio se abren paso para dar lugar al acto que toma el cuerpo en un ritmo; en ese movimiento que dice de la signatura muda y ciega del pensar. El artista hace hablar a los otros. Él calla. Su palabra se consagra al testimonio, jamás al argumento. Encontramos, usualmente, todo tipo de literatura crítica para dar cuenta de la obra. Pero el artista no relata: pinta, escribe, crea. El artista no es creativo, está sí cautivo del trabajo in-cézanne-te. Por eso no hay ni habrá paradigma del artista, sin embargo, tenemos a Cézanne…

Nos queda hacernos con aquello que se sustrae a lo visible, a lo legible, a lo expuesto. El artista nos ofrece eso. Expresarse en ese registro del arte, de la creación, de la obra,  no se elige. Sin embargo, eso impronunciable, que sólo parece encontrarse en el silencio, en lo indecible, en lo invisible, es toda la libertad que se puede tener. Esa libertad que sabe de su condición paradójica. Esa que sabe que nunca estamos determinados y que, a su vez, nunca cambiamos. Si nunca cambiamos siempre fuimos, siempre somos y seremos. Y en eso tan permanente, tan fijo, no rige nunca la determinación. Estamos en un abierto constante, incesante, en el movimiento de la realización que no se alcanza. En ese movimiento adviene el artista. Ese que nunca nadie es y, por ello, siempre puede llegar a ser. El artista acontece en su obra, en esa que se ignora y se ignorará hasta su realización. La obra dice del artista sin saber su causa para crearse, ignorando quién será y quién ha sido para darle a luz. La obra es el nacimiento. El artista su muerte.

El artista no muere, aunque muere. Muere en la obra y vive en ella, en ella algo de su vida se expresa sin que pueda descifrarse. Leer esa escritura es matar la obra y dejar morir al artista. La obra es nacimiento, un puro aparecer, un ente que escapa al sentido y a sí mismo. Dar sentido a la obra a partir de la vida del artista es matar ambas creaciones: otorgar un perfil es un doble crimen. El artista nace en la obra y en ella muere. Esa es su única libertad. Aquella libertad que no se ejerce ni se elige, se impone. De ahí que sea una sanción, a posteriori, aquello de su identidad. El estilo no se anticipa, se hará, se hace. Por ello no se sabe. Se trabaja hasta que el cuerpo cae, sin que desfallezca nunca la voluntad; esa decisión no muere, solo cesa. Es cezannete. En el artista no puede haber certeza: o hay artista, o hay certeza. Eso me enseñó la pintura que de Cézanne escribió Merleau-Ponty.

Su duda inaugura lo posible para estos tiempos donde el arte está al servicio de la creatividad como mera actividad, un producto exclusivo y singular para un todos del mercado global. El artista me mostró, entonces, que el arte puede prescindir del pincel para crear sin perseguirlo: se puede volver al acto. Su pincel ausente alcanza aquello que se encuentra tras el lienzo, tras la cosa, tras el instrumento. No se pinta ni se crea para nadie. La creación es ese soplo, esa ausencia que deja lugar para que una verdad se pose, para que lo real se eleve a la dignidad de la no mercancía.

Arte y cultura

José Alberto Raymondi

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Psicología Clínica. Habilitado como psicólogo sanitario por la Comunidad de Madrid y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Co-fundador del Centro de Psicología y Psicoanálisis: Sabere Clínica.

Compilador (con otros) del libro: Elecciones del sexo. De la norma a la invención. Ed. Gredos. Autor de varios artículos y textos publicados en diversas revistas y libros.

Coordina desde hace años un Seminario de lectura de textos de Lacan en la Universidad Complutense de Madrid.

Participa en diversos espacios de discusión sobre  actualidad y pensamiento contemporáneo. Ejerce su consulta privada en Madrid.

Un pensamiento en “El artista sin pincel…

  1. Tu artículo me hace reflexionar tanto, el artista, su inspiración, su obra, a veces te acerca a la realidad, esa realidad inexistente, en la que tal vez su obra sea lo menos importante y su sentir lo más gratificante, me pregunto ¿quien es el artista?, aquel que expone lo que ve?, aquel que expresa lo que siente? o aquel que busca seducir con su obra al espectador?.
    Magnifico artículo Raymondi, como siempre es un placer leerte .

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