Política y social

Consumo y tecnología: gozar sin ética5 min read

Marta García de Lucio0 min read Psicoanalista y Politóloga

En el mundo de la anestesia general apenas impactan en la retina las imágenes de pobreza, guerra y cinismo que presentan los telediarios. Ni siquiera los esfuerzos de programas como Salvados son suficientes como para conmover al sujeto de manera radical. Nos acostumbramos a la miseria ajena. Sobre todo porque la miseria de unos permite el goce de otros. El capitalismo lo captó bien: hay que poner al sujeto a gozar. E hizo del consumo el motor de goce. Goce no como disfrute de algo concreto, sino como satisfacción en la sombra de uno mismo, para lo cual no alcanza el objeto en sí sino la relación que el sujeto establece con él. Anestesiados como estamos a la injusticia y el terror cuando no recaen sobre nosotros, consumimos ignorando, a propósito o no, las consecuencias que este goce tiene sobre el mundo. Pero sabemos que el goce no se puede domesticar, y ahí es donde uno se vuelve condescendiente consigo mismo. Total, si la cosa funciona así ¿qué puedo hacer yo?

En los dos últimos capítulos de Salvados dos escenas lo dicen todo: los madrugadores que son capaces de pasar la noche a la intemperie por ser los primeros en tener un iPhone 7. Ellos mismos saben que es una “pijada” o incluso que es absurdo este anhelo de ser los primeros, pero qué le van a hacer si ahí anda el goce. Apple ha logrado ya seducir irreversiblemente a una gran cantidad de consumidores que en muchos casos se han rendido ante la estética del terminal, pues no siempre sus prestaciones son mejores que las de otros teléfonos. Verdaderamente estos consumidores han mordido la manzana, cayendo en una tentación que les ha convertido en zombies madrugadores gozantes. La otra escena, primera del capítulo emitido el domingo 13 de noviembre de 2016, es protagonizada por una mujer congoleña que ha sufrido las consecuencias de este consumo exacerbado de telefonía móvil: la guerra del coltán. Secuestrada y violada numerosas veces por los soldados, apenas sabe cómo va a sostener a todos los hijos que ha tenido violación tras violación. No está segura de su edad, supone tener unos 30 años, la secuestraron hace 14 en 2002, cuando apenas tenía 16 años. Esta guerra se inició en 1998 y duró oficialmente hasta 2003, si bien no ha dejado de ser una zona conflictiva. Congo sufre la desgracia de ser una de las tierras más ricas del mundo. Dos imágenes: la del goce del consumo, y la de su precio real.

Dice María Álvarez Urturi, representante de la ONG Alboan:

“La cuestión es, una vez que te has informado, una vez que lo sabes, ¿qué haces con eso? Ahí yo creo que al final hay mucha indiferencia, porque al final nos queda lejos.”

Tenemos dos tiempos, el de antes de saber, y del saber. La pregunta de María Álvarez Urturi es de lo más pertinente para el segundo tiempo. Respecto al primero encontramos lo que Lacan decía al inicio de su seminario en el año 73, “no quiero saber nada de eso”.  Tanto Lacan como Freud supieron ver que el sujeto realmente no quiere saber, está tan sujeto a sus propias verdades que no consiente al saber. Cree vivir mejor sin saber porque además de creer que ya sabe, cree también que quiere saber. Ignora que su verdadero deseo es no enterarse de nada de aquello que le concierne en su fuero más íntimo. Mientras uno vive en total desconocimiento de su goce, puede gozar sin límite ni responsabilidad. Sin saber de las consecuencias de su goce. Si ahora pensamos en el segundo tiempo, tenemos entonces la anestesia. Donde antes el mundo tenía cierto velo sobre la bestialidad, ahora el acceso a las imágenes más crudas es totalmente abierto. Así, cuando antes se lograba destapar una imagen, esto generaba alguna suerte de reacción en el espectador. Ahora éste, anestesiado a base de la sobredosis de imágenes y mensajes, de haber logrado una convivencia feliz entre la liga de fútbol y las muertes de los refugiados, observa la pantalla como si fuera una película. Realidad y ficción se confunden entre noticias, películas y videojuegos, dando lugar a la más absoluta indiferencia. Y si en algún momento algo se conmueve dentro, en segundos otro objeto se prestará a sustituir el anterior suturando la emoción.

La tecnología se ha convertido en un objeto de deseo que pone en marcha el goce del sujeto. Quizás sea porque su constante evolución renueva el deseo a velocidades inimaginables antes. Las revoluciones tecno-informáticas de las que estamos siendo testigos aumentan su ritmo de manera vertiginosa, y todo apunta a que estamos sólo en los albores de esta transformación. Tenemos objetos de todo tipo, cada vez más y más nuevos gadgets y artilugios de los que enamorarnos y sentir una necesidad imperiosa de poseer.

¿Se puede culpar al sujeto de gozar? No. Es una condición inherente al ser humano. ¿Se le puede instar a responsabilizarse de su goce? Sí. Ahí de una forma entra el psicoanálisis, y de otra forma puede entrar la educación. No se trata de educar al goce, pretenderlo sería una propuesta de lo más naif. Se trata, no obstante, de no hacerse el loco ante el mismo. Si el capitalismo nos invita imperativamente a gozar de un objeto y otro, y otro más, sin horizonte final, el consumidor tiene la posibilidad de no consentir a la invitación de manera total. La cosa no va de ser súper héroes o heroínas que escapan al sistema y se apartan a vivir en tierra de nadie, sino de parar la inercia del consumo y acotarlo. “El que manda en todo esto es el consumidor. Y esto es importante, porque puede cambiar el comportamiento de las multinacionales”  dice el Doctor Denis Mukwege, director del Hospital Panzi en el que atienden a mujeres víctimas de violencia sexual en la República Democrática del Congo. Como él bien explica, el negocio se hace con el consumidor y si el consumidor dice no, entonces no hay negocio. ¿Será que los consumidores hemos olvidado todo lo que está en nuestras manos? Quizás nuestras manos ahora están llenas de objetos materiales que nos impiden ver lo que realmente de valor tenemos, que es el poder cambiar ciertas lógicas.

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Marta García de Lucio0 min read

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5 pensamientos en “Consumo y tecnología: gozar sin ética5 min read

  1. Campañas contra la explotación de niños por Nike algo hicieron, yo escribí a Adidas por lo mismo y me contestaron de la multinacional con una carta diciendo que les explicase cómo iban a comer las familias de los niños a los que “daban trabajo”, se lo expliqué, pero ya no volvieron a contestar… El boicot es algo pero insuficiente, el boicot a los productos de Israel nada ha conseguido, al igual que las ONG´s de consumo responsable; porque no hay posibilidad de reducir el goce del consumo y la voluntad de no saber. Las fuerzas son muy desiguales, no se puede acotar el consumo y creo que lo que presentas como demasiada exigencia es lo que radicalmente se necesita. Poniendo síes a tus noes se avecina una era en la que habrá que ser héroes: “la cosa va de ser súperhéroes y superheroínas que escapan al sistema y se apartan a vivir en tierra de nadie”. En cualquier caso buen artículo y en principio, de acuerdo, pues algunos minoritariamente acotamos, cierto, en tanto en cuanto no encontremos una tierra de nadie en que habitar.

    1. El punto en mi opinión es que siempre falta algo, ya sabes Simón, por eso no creo en súper héroes o heroínas fuera del mundo, como un ideal de completud. Creo más bien que podríamos empezar por probar a decir un poco de “no”, por poner ciertos límites a lo desorbitado. Fíjate el drama de los refugiados, ya no decimos “no” ni a eso. Uso un plural mayestático claro, no por incluirme y sí a la vez, porque en el fondo ningún pequeño “no” es suficiente a lo que está sucediendo. A mí todo esto me abre una pregunta ¿Qué podría pasar? Es una pregunta por lo posible dentro de la inacción, dentro de este “no pasa nada”, en un mundo desvelado ya, que hemos aceptado de alguna manera.

      1. Entiendo, ya sé lo incisivos que sois en la falta. Otros, exploramos también plenitudes, a mí ambas me parecen vías interesantes. La inmersión en el consumo es una alienante plenitud y también la completud de la heroína y del héroe pueden serlo. A parte pongo que, en su mejor acepción, quizá no con toda completud se peque de y resulte de un exceso de idealismo o de un alienante bienestar. Todos conocemos buenos momentos no alienados de una plenitud en los que nada nos falta, ¿o no? Lo que pasa es que no duran, por eso dice Goethe lo de “Detente instante, eres tan hermoso!”… Peligro pues: pues cuando intentas detener la eternidad en la jaula del instante solo consigues aprisionar la tristeza… Y bueno, a mi me parece que Lacan como que no, como que no goza de instantes eternos …todo le entra en falta al pibe… y además, habremos de preguntarnos, si acaso existe algo inalienable, pero como que no tampoco… Si se dispara una flecha más allá de un blanco muy lejano no, ciertamente no se da tampoco en la diana, pero quizá, solo quizá, se llegue más lejos que si se apunta simplemente a acertar en el blanco, aunque el disparo se pueda perder en el bosque… En fin, ya seguiremos la conversación…

  2. Tal vez porque el día está obscuro, tal vez porque los demonios pasean por mi mente, tu artículo ha logrado sacarlos de mi, y me ha hecho conmoverme desde lo mas hondo de mi alma, convulsionando mis sentimientos. Cuanta verdad expuesta crudamente en tu escrito, descubriendo el egoísmo de los seres humanos que imperturbables miramos las escenas de crueldad que nos muestran en la gran pantalla, porque solo nos preocupa nuestra cómoda existencia, pero ¿que hacer?. Dejaré espacio a mis dudas, mis temores, mis ensoñaciones, mis fantasías, tratando de, cuando menos, reflexionar sobre este asunto. Gracias Marta por tan excelente artículo.

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