Psicoanálisis y Filosofía

De fronteras y psicoanálisis entre dos instituciones

el miedo a las diferencias y las ficciones que nos sacan del autismo

Roque Hernández Núñez de Arenas Psicoanalista

Una frontera, si no es un muro, es una línea palpitante en el horizonte, que nos interroga sobre nuestra posición respecto del otro, nos da una referencia y nos invita o no a cruzarla en el amplio sentido de la palabra, según nos horrorice o socave en nosotros un enigma que cause un movimiento más allá, real, simbólico e imaginario, sea hacia otro cuerpo, otra casa, otra ciudad, otra lengua, otra cultura; otro lugar al fin y al cabo, que al acercarnos se ensancha, pues es desde ese lugar del otro, desde donde podemos reconocernos singulares.

Si por el contrario nos parapetamos tras un muro, si nos quedamos en la auto-referencia, en el autismo, entonces no hay movimiento posible, que no sea pura repetición de lo mismo. Por otro lado, si rechazamos lo inevitable de la frontera, si nos olvidamos de la cortesía, de la hospitalidad, de la diplomacia, no es un movimiento que hacemos, sino una cruzada contra el otro, que siempre es de algún modo contra uno mismo.

Pero las cosas no se nos presentan nunca de manera clara, pura, mecánicamente necesarias; más bien somos seres fronterizos, apremiados a sostener nuestras heridas[1] y nuestra locura de manera singular, en una tarea incesante de des-ocupación de esa barrera, de ese sitio que dificulta y obstruye el paso y  el cruce con la alteridad, que linda siempre con lo heteros  y que requiere tiempo.

Esa tarea es la que nos saca de la indiferencia y nos exilia del sueño de la razón, instándonos a jugar más que a cumplir, a contar más que a contabilizar, a inventar más que a controlar, pues esa des-ocupación del sitio fronterizo, abre un intervalo, un hueco, un vacío, un lugar potencialmente habitable para el deseo, que implica la presencia de una ausencia, lo que nos falta y lo que nos confronta a lo imposible.

Cada sujeto tendrá entonces que jugar, contar, inventar, escribir la historia de los acontecimientos contingentes de su vida que portarán la marca de las fronteras donde pasan las cosas que nos conmueven y nos remueven.

Después de todo la historia es siempre la historia retroactiva del recorrido singular de un sujeto; de ese sujeto dividido del inconsciente y del deseo, del que hablamos tanto los psicoanalistas, que requiere para su emergencia de la transferencia, que no es sino el lugar fronterizo donde se cruzan el deseo del sujeto y el deseo de analista.

Jacques Lacan nos enseñó a ir más allá de lo anecdótico del teatro ligado al diván y apuntó más bien a las bambalinas significantes, lógicas, topológicas que nos permiten pensar ese recorrido donde cada sujeto, a su manera, teje o anuda real, simbólica e imaginariamente, un tejido que atañe a su cuerpo y a la “lalengua”, a sus excesos y a sus restos.

La experiencia analítica puede tener lugar entonces en el intervalo entre dos instituciones como sucedió en Alicante, entre el Centro de Orientación Sociolaboral y Clínica “El Molinet” que acoge a jóvenes y adultos con dificultades psíquicas diversas y el Colegio Público “Maestro Ricardo Leal” con el que compartimos frontera.

Y es que lo que hace síntoma, lo que desencadena el conflicto, pero también lo que abre el campo de posibilidades, es siempre cuestión de frontera; siempre aparece “entre dos o entre varios”: entre padres e hijos, entre maestros y alumnos, entre niños y niñas, entre niños y adultos, entre hombres y mujeres, entre instituciones, entre individual y social, entre somático y psíquico, entre consciente e inconsciente.

El conflicto y el síntoma son expresión de una subjetividad en juego y de un malestar en el vínculo con el otro; son singulares y a la vez tienen un pie en lo social, en el contexto. Atañen de algún modo a las dificultades con las operaciones de causación del sujeto: alineación y la separación.

El sujeto necesita de su síntoma mediante el cual expresa una verdad singular que concierne a su deseo.  Si evacuamos el síntoma, evacuamos el sujeto.

Todo síntoma tiene su faz de goce y se acompaña de sus fantasmas. ¡El miedo a los fantasmas es algo tan nuestro!, lo cual no es contradictorio con el hecho de que el fantasma no se haya podido construir aún, como es el caso de los niños del colegio de los que voy a hablar, o que el sujeto no pueda construirlo por estar confrontado a su psicosis, como es el caso del joven Fele.

En el hecho que voy a contaros, la angustia emergió cuando Fele saltó la valla fronteriza que compartimos con el colegio y cogió a uno de los niños con los que hablaba y jugaba a través de la valla, con la intención de llevarlo a su casa. Este “salto” inesperado, descolocó tanto a los niños, como a las maestras, como al propio Fele. La angustia convocó al fantasma tras las palabras “se llevan a un niño”[2]. La complexión física de Fele y sus ojos desbordados de goce ante el tumulto, se prestaban bien a ese fantasma que encontramos en ficciones de la culturacomo “Frankenstein”,  “el hombre del saco” o “el hombre de arena” del que habla Freud en la obra “lo siniestro” , haciendo referencia a un cuento de Hoffmann.[3]

Tras la angustia surgió la necesidad de hablar. Así se sucedieron las visitas del director, la presidenta de la asociación de madres y padres, el grupo de diez madres de estos niños, el concejal de educación, los padres del niño que pretendía llevarse y el padre de Fele. Ante la angustia se quieren tomar siempre medidas fuertes, se quiere zanjar el asunto, es decir, cerrar la cuestión, en lugar de darse el tiempo de pensar lo ocurrido.

A punto estuvimos de que la segregación tomara de nuevo la delantera, como es usual, produciendo la expulsión de Fele y la destrucción del trabajo terapéutico en juego con este joven, llegando a aprobarse la construcción de un muro –muro de intolerancia- entre el Molinet y el Colegio.

En una segunda reunión entre los dos directores, el concejal de educación y la presidenta de la asociación del colegio, estos insistían en el miedo que padecían los niños “no podían dormir”, “sus padres estaban preocupados e inseguros” y la situación era intolerable.

Allí donde la significación que se imponía, con un tinte moralizante, dividía con un muro los buenos y los malos, lo admisible y lo que se rechaza, el analista, tomado por la angustia, planteó la pregunta por lo excesivo de ese miedo; esto es, por la distorsión del síntoma. El deseo de analista, que nada tiene que ver con ningún ideal y que hace con lo real, está allí como dice Lacan para abrir los postigos cuando están a punto de cerrarse[4]. En este punto de urgencia que me recuerda los tres tiempos lógicos de Lacan, vino entonces en mi auxilio una idea: – si la Generalitat tiene un programa para que los niños puedan dormir con los tiburones y superar su miedo-“ven a dormir con tiburones y alucina lo que aprendes”, decía la convocatoria, ¿no vamos a ser capaces nosotros de inventar algo, más allá de un muro?.[5]  En ese momento el director del colegio enganchó la idea[6] y, tras un instante de vacilación, nombró la posibilidad de hacer un proyecto de innovación educativa, cuestión esta que fue apoyada por los allí presentes, disolviéndose así el espejismo fantasmático que a punto estuvo de anularnos. Fue así como pusimos en marcha una experiencia calificada de innovadora, que continúa desde el año 2008. El proyecto se ha ido reeditando cada año con nombres diversos: “abrimos las puertas a la diversidad con la educación medioambiental”, “rompamos los muros de la diversidad”, “Educar en la diversidad”, etc.

De este modo pudimos desempeñar nuestra función mediante lo que llamo un acto pedagógico y psicoanalítico, haciendo algo con el síntoma y con lo real, en este intervalo-frontera, abierto entre los dos Centros y la ciudadanía del pueblo.

El efecto fue inmediato. El goce y los miedos se desvanecieron en la medida que la interpretación disipó la significación dada al pasaje al acto y puso en relación el exceso, con los fantasmas en juego. Ahora los niños pudieron pasar al otro lado de la vaya para hacer algo con los jóvenes de nuestros talleres donde estos desempeñaban la función de monitores auxiliares. De algún modo atravesaron sus fantasmas vinculados con la locura, con el hombre que se lleva a los niños, desvaneciéndose el funcionamiento de masa y recuperando el lugar de sujetos y el deseo de saber[7]. Hoy día, ante la sorpresa de los padres, cuando los niños se cruzan por el pueblo con algunos jóvenes del Molinet, suelen decir “mamá ese es mi maestro”. Algo del orden del saber y del amor se puso en juego cercando la irrupción de lo real sexual. El propio Fele había sido objeto de abusos sexuales por un adulto, es decir, también para él el dicho “se llevan a un niño” le concernía.

No retroceder frente a un conflicto fronterizo; elaborarlo y hacer algo con él es una posición diferente del rechazo neurótico o del sufrimiento traumático. Se aproxima a la idea de construir una ficción, de construir una puerta practicable entre los dos Centros, entre los niños y los adultos, entre la dependencia y la independencia, entre los miedos y el por-venir que implica siempre riesgos que no podemos anticipar y que contraría la figura del destino.

Es algo más que curioso, que el conflicto abierto por un sujeto con rasgos autistas, esto es, caracterizado por su dificultad en los intercambios con los otros, haya sido el facilitador[8] de la conexión entre alumnos y profesores, abriendo la puerta a múltiples relaciones afectivas y sociales y es una suerte, en el sentido de “la palabra o la muerte”, que alguien, un psicoanalista en este caso, lo escuche.

Lo infantil fue el caldo común en esa frontera marcada por la valla, así como los miedos vinculados a las dificultades con la alienación y la separación entre Fele y los niños. La alteridad aparecía como extraña para los niños pero también para Fele porque no disponían de una distancia suficiente, del dique de la represión y del marco del fantasma para bordear lo real, siendo insuficiente el recurso a la fantasía y al juego del que hasta ese momento se podían servir[9].  El juego entre Fele y los niños a través de la valla funcionaba, pero cuando este saltó de manera inesperada, se precipitó el horror, perdiendo la distancia que el juego recubría.

Sólo la ficción puede hacer de puente para cruzar la frontera que va de lo infantil a la juventud, ficción de un proyecto, ficción de los cuentos y relatos tan importantes, no solo en la infancia. Seguramente Fele y los niños leían los mismos cuentos, manejaban los mismos juegos electrónicos ya que formaban parte del texto de sus juegos.

Aunque el estatuto del miedo fuera diferente para los niños y para Fele, tenía la misma base común, la fragilidad de lo simbólico en ese espacio-tiempo de lo infantil. Eso sí, el miedo de Fele tenía más que ver con lo que Winnicott nombra “horror al derrumbe”, horror de algo ya vivido pero de lo que no se ha podido aun hacer la experiencia y que le aproximaba a la melancolía. Podríamos decir que Fele hacía las cosas para poder hablar de ellas, para hacerlas existir, para incluirlas en su historia[10]. En ese momento que hemos descrito como desencadenante de la angustia, donde se amenazaba con su expulsión, Fele que atravesaba una situación familiar grave, trajo pequeños relatos tomados de algunos cuentos donde hablaba de la destrucción del mundo y del desamparo; uno de estos fue esta poesía de José Agustín Goytisolo que todos conocéis [11]:

Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.

Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.

Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés

Hacer esta experiencia en un tiempo como el actual en el que se dice que estamos en un “autismo generalizado”, o atravesados como dice Zygmunt Bauman, por un “miedo líquido” vinculado al desamparo, al menos nos debe permitir pensar en este “revés” del poema.

Podría afirmar que el psicoanalista, con sus intervenciones, aporta una escucha distinta al sufrimiento y una concepción diferente del lugar y del tiempo necesarios para elaborar. También podría añadir que este ejemplo muestra que, aunque el psicoanálisis no proponga una concepción del mundo, su acto puede tener efectos que produzca un cambio en el sujeto y un cambio en algunos pequeños mundos, de modo que se facilite la construcción de un mundo menos mudo, un mundo menos muro, menos tomado por la pulsión de muerte. Mudar en lugar de medir; de alguna manera mediar, no solo con el amor sino también con el odio. Para ello la institución, tiene que des-ocuparse de prejuicios, de fantasmas y de saberes para, en ese lugar de frontera, con-vertirse en vacío causa de deseo, allí donde algo de lo singular del sujeto se pueda precipitar.


[2] Llego con tres heridas, dice Miguel Hernández, la del amor, la de la muerte, la de la vida. De tres heridas narcisistas habló también Freud, dándole  al hombre su lugar ex – céntrico en el mundo.

[3] “Se llevan a un niño” hace las veces de fantasma que recubre todo un complejo de castración a elaborar y que tanto atañe a los niños como a los maestros, como a las madres y los padres, vinculado con lo real, con lo que no tiene nombre: la violencia del goce,  la angustia del desamparo y la separación del espacio materno infantil que la vida muy pronto opera.

[4] En lo siniestro, Freud toma el cuento titulado “el arenero” de E. Hoffmann.

[5]  vemos así como inconsciente e interpretación son solidarios.

[6] Inventar un saber más allá del muro, confrontándose a lo imposible, no es lo mismo que quedarse paralizado por la angustia y la impotencia  frente a él. Toda invención implica al Otro.

[7] Enganche significante que nos sacó de la identificación a ese significante amo de la segregación y del rechazo hacia lo que  el prójimo representa.

[8] Prestando al Otro el saber a través del amor, el analizante en un primer tiempo, se esfuerza por desconocer la causa de su división. Es lo que, en otro contexto,  hacen los llamados discapacitados o los niños con respecto a sus padres (pasión por la ignorancia). El saber acerca del miedo les horroriza de entrada, antes de poder elaborarlo a través de un dispositivo de ficción.

[9] Habría que recrear este concepto, sirviéndose de uso que  D. Winnicott le otorga.

[10] Superar el traumatismo en una producción que tenga un valor artístico supone que se recree la experiencia inicial del desamparo. Hay humanos que, a pesar de su genio, no alcanzan a  producir, ni a liberase de lo que, para ellos, fue destructor. Otros, gracias a un deseo de reparación, consiguen transponer el terror en creación. Otros, finalmente, quedan prisioneros del traumatismo sufrido, repitiéndolo de manera monótona. A falta de un lugar dejado a la fantasía, lo fantástico irrumpe: es preciso Otra escena para que el juego pueda desplegarse… La actividad de este tipo de pacientes queda como desconectada de la vida. Desde su más tierna infancia, un modelo se puso en marcha en el que el sujeto buscó abrigo. En el interior de este abrigo, se construyó un mundo de omnipotencia  no referido a ninguna realidad. Maud. Mannoni. Amour, haine, séparation. Pag. 13. Denoël. Paris. 1993.

[11] Lacan dice que el significante está dado primitivamente pero que no es nada en tanto el sujeto no lo introduce en su historia (Seminario. Libro 3. Las psicosis. Ed. Paidos).  También dice que el sentimiento de realidad se organiza en la continuidad histórica y que  la pulsión de muerte expresa esencialmente los límites de la función histórica del sujeto, limite que está presente en cada instante, en aquello que esta  historia tiene como terminado.

[12] Otros fragmentos de Fele fueron extraídos del libro de la selva,  Asterix y Obelix,  canciones populares, recortes de revistas y comics…

Psicoanálisis y Filosofía

Fotografía de Kyo Azuma

Roque Hernández Núñez de Arenas

Psicoanalista

Psicoanalista (Madrid y Alicante). Psicólogo Clínico. Miembro de la Asociación Internacional “Análisis Freudiano”. Director del Centro de Orientación Sociolaboral y Clínica “El Molinet”. Alicante. Profesor del Master de Arteterapia de la Universidad de Murcia. Compilador y coautor de los libros: Cuestiones abiertas sobre la discapacidad psíquica”. 1994; Encrucijadas y límites en los trastornos del desarrollo, 2001, La des-ocupación subjetiva en la infancia y la adolescencia, 2014; La otra escena, una década de psicoanálisis y cine Ciudad de Alicante, 2017. Ha publicado artículos en otras libros y revistas.

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