Arte y cultura

El duro camino de la creatividad

Igor Yglesias Ilustrador y diseñador

La creatividad hoy en día es objeto de un continuado estudio por parte de diversos campos del conocimiento. La psicología, la sociología, la educación, la ingeniería, ciencias de la información… son sólo algunos ejemplos del crisol de aproximaciones y visiones sobre un tema capital -y difícil de abordar-, sobre el que se han vertido ríos de tinta alabando sus virtudes, en el que existen importantes intereses económicos, y que, a menudo se ignora, suele acarrear una serie de profundas repercusiones en la vida de las personas que a ella se dedican. Tras el halo de fascinación y bonanzas que la palabra sugiere, y que es el motor de que deseemos aprender a controlarla e incluso sistematizar su enseñanza, existe una realidad, relativamente desconocida, de la que no se suele oír hablar. Pero, primero, intentemos comprender de qué hablamos.

No hay más que realizar una simple búsqueda por internet de la definición de creatividad para darse cuenta de que – más allá de la que da la R.A.E,. que la determina como la capacidad o facilidad para inventar o crear-, es un concepto nada sencillo de destilar de un modo simplificado, sobre el que no existe un consenso demasiado claro. Cara a lo que sabemos, las cosas no parecen estar mucho mejor. Por ejemplo, el funcionamiento interno del acto creativo se desconoce en su fisiología, aunque de él se aseveran dos cosas: primera, que está compuesto por una combinación de distintos procesos mentales, y, segunda, que no tiene que ver con la inteligencia, al menos con aquella que puede medirse en un test. Sin embargo, si entendemos que al menos una de las características de la inteligencia -otro concepto extraordinariamente complejo de definir-, es la capacidad de adaptarse al entorno y buscar soluciones a los problemas que este pueda ofrecer, veremos que es sumamente difícil desvincular la una de la otra.

Parte del problema reside en que, probablemente influidos por nuestra sociedad, relacionamos la creatividad primordialmente con un acto con resonancias artísticas; en resumen, algo fundamental en las capacidades de un artista. Quizás en segundo término podemos reconocer también una creatividad científica u otra relacionada con la ingeniería. Es obvio que llegamos a entender que un científico o un ingeniero creativos serán capaces de buscar soluciones o modos de avanzar paralelos o nuevos -el tan de moda pensamiento lateral-, pero, aun así, el concepto, o aún más, el oficio de creativo se identifica directamente con procesos artísticos. Pero, ¿es esto correcto? Y de serlo, ¿desde cuándo es así?

Resulta obvio que durante la mayor parte del tiempo que llevamos como especie, la creatividad del individuo ha sido una característica más, probablemente no más importante que la fuerza, la rapidez o una buena visión. Es cierto que quizás fuera el más creativo de la tribu el encargado de realizar las primitivas figuras -primero de animales para favorecer la caza, posteriormente las primeras divinidades y las ritualistas-, pero no es menos cierto que su función primaria no estribaba en su belleza o perfección. Tenían un fin en sí mismas, hasta cierto punto alejadas de las capacidades del que las hiciera. Los individuos más creativos habrán colaborado sistemáticamente en el lento desarrollo de los primeros avances tecnológicos, pero fueron nuestras capacidades comunicativas, y por ende la suma de las experiencias acumuladas de nuestros antepasados y los nuevos descubrimientos de los vecinos las que debieron imponerse.

No es hasta la llegada de las primeras civilizaciones, y, por tanto, de las divisiones de tareas, cuando los individuos más creativos comenzaron a especializarse en sus propias capacidades, ya fueran éstas de índole artística o de cualquier otra rama.

Es difícil establecer en qué momento lo estético, lo bello, empieza a separarse de lo funcional, pero es obvio que en algún momento los individuos más talentosos hubieron de imponerse a los menos, y el arte de las distintas civilizaciones fue evolucionando y refinándose. Una vez más, un individuo capacitado, o incluso brillante en sus talentos artísticos, no es necesariamente un individuo creativo -como dice Gombrich, arte es la raíz de ­artesanía-, pero no sólo la creatividad en sí misma tampoco lleva a un puerto muy lejano, sino que está claro que la inmersión profesional, la constante experimentación y el desarrollo de las habilidades propias, más a menudo que no, suelen dar alas a la capacidad creativa de esa persona. No todos los artistas son creativos, ni todos quienes son creativos son artistas, pero suele ir acompañado; bien porque sea una elección natural de la persona inventiva, bien porque la sempiterna exploración artística lo aliente. La diferencia entre el oficio artístico y todos los demás susceptibles de ser enriquecidos por las capacidades creativas de los que los realizan, es que en estos es una virtud laboral más, mientras que en aquél, forma parte de la naturaleza misma de su función.

No es tarea de este escrito -amén de que es imposible- resumir en tan breve espacio el nacimiento del Arte y de la profesión del artista como tal, pero lo cierto es que, a medida que las civilizaciones más primitivas se fueron sofisticando, así lo fueron haciendo sus representaciones artísticas. Lo hicieron alejándose cada vez más de sus formas más rígidas y arquetipadas -hieráticas- y explorando caminos más naturalistas, más representativos de la realidad observable; según el saber acumulado y transmitido de un maestro artesano a otro, impulsado con los descubrimientos y experimentos de los más creativos, fueron creando el sustrato técnico apropiado para ese refinamiento. Ya en las grandes civilizaciones del pasado aparecieron una suerte de artes –escritura, música, interpretación-, sumadas a las ya existentes, en las que hubo artesanos de capacidades tan alabadas y requeridas que fueron imponiéndose sobre las de los demás, separándolos de la mera funcionalidad -espiritual, práctica o de cualquier otro tipo-, y dando con ello lugar a una nueva profesión: la de artista.

Presumiblemente fue en la antigua Grecia donde, por primera vez, se comenzaron a crear obras fundamentadas nada más que en el deleite estético. Y es éste un paso importante, pues no podría haberse dado sin una base filosófica y de pensamiento muy avanzadas. Su capacidad de humanizar a sus divinidades y el entendimiento de su propia posición ante ellas; su admirable capacidad de análisis y observación del mundo físico, hicieron que se desbordase el naturalismo que algunas civilizaciones anteriores habían empezado a mostrar. El refinamiento de la cultura helénica elevó a una nueva categoría social a los artistas, en función de su mérito, concediéndoles un status que, lamentablemente, se perdería en el futuro.

Durante el paso de los siglos, siempre hablando de Occidente, se continuó la carrera iniciada en Grecia por la búsqueda del naturalismo y la perfección estética. No obstante, la tradición se interrumpió con la caída de Roma, habiéndose de empezar de nuevo prácticamente desde cero; y no fue hasta el Renacimiento italiano, cuando se desenterraron muchas de las obras clásicas, que se pudo retomar en el punto al que se había llegado. El arte había sido, una vez más, sometido a la necesidad, y durante cientos de años, a efectos prácticos, fue un vehículo casi estrictamente religioso –lo cual tampoco es de extrañar, dado que la religión durante siglos fue la continuadora y distribuidora de la cultura y el saber-. Con el nacimiento de la burguesía en la baja edad media, comienzan a surgir particulares –bien alto clero o personas poderosas o saneadas económicamente-, que estuvieron dispuestos a pagar por las obras de los artistas para su disfrute o, posteriormente, contratarlos para que los inmortalizaran a ellos. No fue hasta el siglo XIX que comenzaron a surgir artistas que pretendían –con más fortuna en la música-, vivir de sus propias creaciones, es decir, no las realizadas por encargo, sino las surgidas de su propio impulso expresivo.

La constante lucha por el avance naturalista y perfeccionista venía con un precio. Por ejemplo, al artista plástico se le exigía pertenecer al pináculo técnico de su momento; es decir, dominar las maneras y recursos ya descubiertos por sus antepasados. Para ello se requería una vida dedicada al oficio, tras la que muy pocos tendrían el talento de conseguir una posición digna. Desde niño se ingresaba en el taller de un maestro y durante años se realizaban con dedicación las tareas más pesadas y aburridas; con el tiempo se empezaba a trabajar en las obras propiamente dichas -a menudo finalizadas y firmadas por el maestro-, y finalmente, si perseveraba y poseía la capacidad, se acababan haciendo obras propias. Esto era necesario, pues cada vez el número de procedimientos a dominar era mayor, y para finales del siglo XIX, casi todas las Artes tradicionales se encontraban en su cénit técnico. Y es en ese momento, en los albores del s. XX, cuando se produce una ruptura que habría de cambiar el panorama artístico para siempre.

Son varios los elementos que entran en juego. Por una parte, nacen algunas de las artes más importantes del siguiente siglo, la fotografía y el cine, destruyendo la necesidad de un perfeccionismo técnico aún mayor, pues ya se retrata directamente la realidad. Ello coincide con un agotamiento estético que había ido en aumento: cada vez, lo perfecto aburre más; y surgen motores artísticos que abogan por nuevos caminos más que por lo técnicamente supremo. La democratización del arte hace que más y más gente desee potenciar su lado expresivo, lo que hace que se anhelen caminos más rápidos y menos exigentes que la esclavitud en un taller desde la infancia -a menudo los artistas que más piden la finalización de lo formal, son los menos capacitados para llevarla a cabo-. Surgen ideologías y modelos políticos nuevos que buscan o son alimentados por ciertos creativos afines a ellos, en los que la ruptura con lo clásico es una necesidad intrínseca. El desarrollo tecnológico abarata los costes de impresión enormemente; se popularizan los periódicos y aparecen las primeras revistas, trayendo consigo el nicho para un tipo de profesionales propios. Y, finalmente, el desarrollo de los modelos capitalistas, y sus empresas,  en el inicio de la globalización, cuando se comienzan a hacer negocios internacionales, requiere de la creación de marcas, reconocibles y únicas, y de la creación de estrategias para anunciar sus productos: nacen la publicidad, el marketing y, poco después, el diseño gráfico.

Esta brecha hace que los oficios plásticos se separen. Por una parte, los artistas puros demandan vivir de sus creaciones libres, ansían nuevas formas de expresión, y buscan romper –y posteriormente desprecian- los modelos denominados clásicos. Por otra se mantienen algunos autores que continúan con la tradición histórica, aunque acabarán inevitablemente evolucionando. Y a estos se añaden toda una suerte de creadores –minusvalorados por los puros-, que se especializarán en la ilustración en libros, revistas y periódicos; otros que lo harán en los primeros pasos de la publicidad;  y los últimos en el dominio de las técnicas de impresión, desarrollo de tipografías, etc. –las llamadas artes gráficas-, convirtiéndose en los futuros primeros diseñadores gráficos y maquetadores.

La ilustración requiere de una aplicación práctica del oficio artístico. Dependerá del texto, a menudo del autor, del público al que vaya dirigido, métodos de impresión, etc. El diseñador –gráfico o de otro tipo-, deberá aunar un criterio estético con otro absolutamente práctico, funcional y, en ocasiones, rígido. Finalmente, el publicista habrá de perseguir los mecanismos psicológico-comerciales que favorezcan la venta del producto que defiende, bien a través de los textos o de las imágenes. Son estos, en fin, oficios que deben crear una simbiosis entre elementos o requisitos prácticos y estéticos, razón por la cual son, a menudo, infravalorados por los artistas puros, pues consideran que todo elemento más allá del mero deseo expresivo del creador, es una forma de alienación artística.

No obstante, la constante necesidad de innovar y, a la vez, retorcer o poner a favor de uno mismo los requisitos específicos, es lo que hizo de los profesionales de estos oficios ser los que finalmente adquirieran el apelativo de creativos. De hecho, en la mente popular, un creativo como tal está más relacionado con un publicista, un ilustrador o un diseñador gráfico que con alguien relacionado con la expresión libre, que suele recibir el denominativo de artista propiamente dicho.

Por otra parte, la rapidez con las que los movimientos artísticos evolucionaron durante el s. XX es justificable, en parte, con la imposición teórica que el mundo del arte hizo sobre el concepto de innovación, llegándose a un punto en el que prácticamente el único elemento verdaderamente importante tras una obra es lo original, innovadora o rompedora que sea. Por las mismas, las cualidades técnicas del artista quedan absolutamente sometidas a su carácter vanguardista. En un mundo en el que el alejamiento con la realidad -y por tanto con los parámetros de medición-, hace que la línea entre el buen artista y el mediocre sea, como mínimo, difusa, los únicos elementos de referencia ante su obra por parte del profano se basan en la opinión de los expertos y en lo novedosa que sea. La ruptura con la figuración, y, por tanto, con los elementos reconocibles en la obra por parte del gran público, sumado al hecho de que el monopolio del mercado del arte haya caído en manos de galerías, críticos y los propios artistas, ha llevado a que en la oferta artística haya habido mucho de todo vale, lo que ha desembocado en un alejamiento de buena parte de la población -que directamente no entiende, o lo atiende casi exclusivamente por sus cualidades decorativas-, y la escisión de otra sección, autoproclamada élite intelectual, que lo sigue y, en muchas menos ocasiones, lo compra.

Esto trae importantes consecuencias. Por un lado, la pérdida de involucramiento de la mayoría hacia el oficio artístico -sumada a lo ajeno que le resulta-, ha repercutido no sólo en la anulación de una gran porción del mercado, sino en la valoración psicológica que la sociedad tiene del arte. Poca gente respeta a los artistas –con muy contadas excepciones-, menos aún alientan que sus hijos lo estudien, y, en líneas generales, no lo valoran, haciendo que sea muy difícil que la mayor parte de las personas entiendan lo que vale una obra; la enorme carga de horas de trabajo, años de práctica, talento y alma que han de volcarse en su creación, haciendo que no sólo se compre poco, sino que, encima, se pague terriblemente mal.

Por otro lado, la fiebre de la innovación salpica, y de hecho, es potenciada por los mismos mercados que deben atender los creativos, quienes deben esforzarse casi exclusivamente por mantener un constante estado de originalidad. Ilusorio en muchos casos, pues es imposible, dada la cantidad de profesionales trabajando al día en lo mismo en el mundo y a la capacidad de propagación de sus trabajos, prácticamente inmediata hoy en día. Sin olvidarse de que hay una idea generalizada en la publicidad donde si algo funciona –vende-, mejor mantenerlo. Esto lleva a que la práctica diaria del creativo se base en el rastreo y búsqueda compulsiva de tendencias u obras similares, y en una –a veces muy mal disimulada- adaptación de las mismas, intentando encontrar los rasgos diferenciadores o de calidad que lleven su trabajo un paso más adelante. Quien no se dedique a ello difícilmente puede comprender el reto que supone mantener un nivel de originalidad y creatividad durante 8 o 10 horas todos los días de tu vida.

Así pues, el público debe entender que, artista o creativo, el individuo que decide dedicarse a ello lo es casi siempre de un modo vocacional. Esto suena muy bien, pero hay que comprender que esa vocación, si no resuelta felizmente, suele implicar un alto nivel de frustración y una grave imposibilidad de saltar a otro mercado laboral. Se encontrará con la oposición, a menudo férrea, de sus padres; con una oferta educacional limitada, cara y mal titulada o considerada a nivel general. Tras terminar la formación, deberá intentar saltar al mercado laboral, cosa que, huelga decir, es extremadamente complicado. La enorme mayoría de ellos jamás gozarán de un contrato laboral, un paro o unas vacaciones remuneradas. Sus clientes pagarán poco y mal, o a menudo, directamente, no lo harán. Les impondrán condiciones de trabajo inconcebibles en otras áreas, y entenderán como normales prácticas y peticiones laborales que sonrojarían a cualquier otro profesional, que las consideraría inconcebibles. Y es un sector donde no hay sindicatos, ni  se pueden hacer huelgas, ni siquiera manifestarse… con lo que hay pocas probabilidades de que eso cambie. La mayoría de su vida profesional será, en el mejor de los casos, irregular, y pocos son los que saben lo que van a cobrar al mes siguiente. No podrán comprar a plazos, los caseros les pondrán trabas, y más les vale no caer enfermos o tendrán problemas para cubrir el alquiler. Y eso, teniendo en cuenta que rara vez cobran a menos de tres o seis meses.

La edad –como en todos-, irá claramente en su contra, quitándoles la posibilidad de un futuro tranquilo. Tendrán que observar sus nuevos competidores, muy jóvenes y cómodos en las nuevas tecnologías, más atractivos para los posibles clientes. Cuando haya una crisis, verán cómo la imagen es lo primero de lo que prescinden las empresas, y lo último que reinstauran cuando por fin pasa. Tendrán que mantener una autoestima de hierro cuando cada día tengan que ver cientos de trabajos de competidores mejores que ellos, y ante la certeza de que una empresa que no les contesta un c.v. está rechazando directamente su talento. Cada oferta fallida es una porción más de la seguridad que tienen en su propia capacidad y su obra que se desvanece. Amigos, familiares y algunos caraduras les pedirán constantemente ayuda gratuita, y, en general, se encontrarán con la ridícula visión de la sociedad de que no deberían cobrar -o cobrar menos-, o que no les va a suponer esfuerzo o tiempo porque es algo que les gusta o para lo que tienen facilidad.

Y no sólo no mucha gente es capaz de hacer lo que hacen, sino que gracias a la gente creativa y artística este mundo es considerablemente más bello e interesante.

“Los artistas son de las personas más dinámicas y llenas de valor sobre la faz de la Tierra. Tienen que lidiar con más rechazos en un año que lo que la mayoría de las personas en toda su vida. Cada día se enfrentan al reto financiero de vivir con trabajos temporales, con la falta de respeto de la gente que cree que deben tener trabajos “reales”, y su propio miedo a no trabajar nunca más. Cada día tienen que ignorar la posibilidad de que esa visión a la que han dedicado su vida es un sueño muy lejano. Con cada año que pasa, muchos de ellos miran mientras las demás personas de su edad obtienen los valores de una vida normal –el coche, la casa, la familia, el nido…- Pero ellos se mantienen aferrados a su sueño sin importar los sacrificios. ¿Por qué? Porque los artistas están dispuestos a dar su vida entera a un momento, a aquella línea, risa, gesto, o aquella interpretación que le robe el alma al público. Los artistas son seres que han probado el néctar de la vida en ese momento detenido en el tiempo, cuando entregaron su espíritu creativo y tocaron el corazón de alguien más. En ese instante, estuvieron más cerca de la magia y la perfección de lo que nadie jamás puede estar. Y en sus corazones saben que el dedicarse a ese momento vale mil vidas más.” David Ackert.

Arte y cultura

Igor Yglesias

Igor Yglesias-Palomar Bermejo, estudió Bellas Artes y lleva 20 años dedicándose a la ilustración, animación, diseño gráfico y enseñanza de diversas materias relacionadas con el oficio artístico y de imagen. Considera que un límite de cuatro hojas coarta su creatividad.

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