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El amor

Elvira Méndez Artista

“El amor es todo lo que los textos tienen que decir, y lo que permanece no dicho”.
Rumí

Amor es la palabra mágica, transversal y diáfana, no admite dudas. Todos sabemos que es. ¿Entonces porqué es tan difícil explicarlo?.

El sentimiento del que se ha teorizado hasta el infinito, llenado bibliotecas y discotecas, llorado y reído, deseado y odiado, y del que nunca está todo dicho, porque siempre aparece nuevo e intacto, es fuente continua de inspiración, al que la razón, con ese empeño tan suyo de estructurar, intenta resolver lo que no se puede aprehender nada más que con el corazón.

Bien decía Shakespeare que la razón del amor es que carece de ella.

La mitología, la historia de la humanidad sigue acumulando leyendas y creencias, y no hay período o religión que no haya tratado de definirlo, ya sea personificándolo,  transcendiéndolo o elevándolo a la categoría de lo Absoluto.

Así para los griegos, Eros es el dios del amor, que aparece al principio de la creación del mundo surgiendo del caos primitivo junto con la Tierra y el Tártaro, y es gracias a su influencia como se crearán todas las cosas, de su impulso se conformará el orden del mundo y del cosmos.

En otras mitologías es el principio creador, el huevo cósmico, y de él se formarán el cielo y la tierra. Unos conceptos no muy diferentes de otros credos ancestrales en el que un dios crea el mundo y al hombre por amor, o de los místicos de todas las categorías religiosas que apuntan al Amor como esencia primera y última.

Para Rumí, místico sufí del S XIII: “El amor es el elixir vigorizante del universo, la causa y el efecto de todas las armonías, el brillo de la luz y el calor del vino y el fuego, es el aroma de los perfumes y el aliento de la Divinidad” Es, en definitiva, la vida de todo ser.

Platón, cree que es el intermediario entre los dioses y los hombres. El filósofo le dedicó su famoso Banquete, en el que lejos de ser lo que se considera hoy platónico, es decir, romántico, lo convierte en carnal, el amor es el invitado de todos los sentidos.

Su discípulo  Plotino, ve en su búsqueda toda la causa del sufrimiento, y solo cuando el alma participa del resplandor de lo divino, es cuando encuentra el amor.

También aquí entra en juego la divinidad, a la que solo se accede a través de él.

El amor es entonces el resultado de esa comunicación, un encuentro en el que el individuo participa impelido por una fuerza superior a sí mismo que le llevará a comunicarse con su alma, y a través de ella con lo más profundo de su  espiritualidad.

Durante siglos nos hemos preguntado si la condición para amar es innata, o es un mero programa genético de supervivencia. Millones de años en el planeta y cada uno tiene una respuesta para algo que es fácilmente observable, aunque no medible. En lo que no nos ponemos de acuerdo es si surge de dentro per “se”, o porque hay algo “fuera”, que lo hace realidad, que lo activa.

Hay quien opina que no se puede sentir lo que no se tiene o sabe de antemano.

Pero el amor no es una representación de la mente, porque está más allá de la mente misma, aunque ésta si puede recrearlo.

El sentimiento más común de la humanidad, aunque parezca que no, en vista de la permanente realidad de dolor y guerra, no deja por ello de ser el deseo, la necesidad y el impulso que fuera de los patrones económicos mueve el mundo.  Los afanes de los seres humanos siempre tienen que ver con algo relacionado con el amor, o su contrario, léase pareja o su búsqueda, hijos, profesión, etc.

El amor que va más allá de la emoción, y que puede contenerlas a todas, abre su abanico encogiéndose o estirándose según la persona. Amamos a los padres, a los hijos, a las parejas, a los amigos, a los animales, a las plantas, al planeta y así según nuestro grado de implicación en la vida, se puede extender hasta abarcarlo todo, como hacen los místicos, que en su transcendencia, ven el amor por todas partes ya sin el filtro de la genética, la historia vívida o el gusto personal.

Generalmente entendemos que lleva implícito el bien, y lo bello y lo bueno son sus atributos, un sentimiento planetario que no tiene género, ni raza, universal y transparente, pues cuando está se siente y percibe a simple vista. Y aunque su desarrollo y su múltiples formas y enfoques en su manifestación apuntan a su grandeza, estamos tan sumidos en el proceso mental y los diferentes sistemas de creencias que operan en el mundo nos indican como debemos sentir, que las modas lo convierten en demasiadas ocasiones en un deseo puramente egótico que no pertenece al sentimiento en sí, contaminándolo, y otras lo infantiliza o pervierte llenando de complejidades artificiales su ecosistema. Pero eso, todos los sabemos, no es amor.

El verdadero pertenece desde luego a nuestra naturaleza, a nuestra esencia, si puedes acceder a esa fuente invisible que desencadena en nuestro cuerpo una revolución química, en la que participan hormonas como la oxitocina, considerada la hormona del amor, endorfinas, endovalium que es la liberadora de nuestra fantasía, adrenalina, etc.

Lo sutil e intangible deviene en físico, y se manifiesta en esa cascada que nuestro cerebro segrega, cambiando, como cualquier droga, para algunos la más potente del mundo, la percepción íntima de la realidad.

Determinar lo que es amor es resolver el misterio de la vida, cada uno tiene su ecuación pero todos participamos de la misma clase de matemáticas, alumnos eternos de este sentimiento, impelidos a amar, o lo contrario que es el reverso de lo mismo.

Es un sentimiento tan grande que cabe todo, y que suele utilizarse, no vivirse, por aquellos que no lo han entendido, que lo malinterpretan y manipulan.

Su negación es ese espejo que refleja el error, no la ausencia de la solución.

El amor es uno y se multiplica, el amor es el pegamento que une las estrellas, las células, el amor es  el pegamento de Dios.

Einstein, en la carta que escribió a su hija lo tenía claro:

“Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado  una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el Amor.

Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas.

El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su cierto egoísmo. El Amor revela y desvela. Por Amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor. Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Esta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo”

Amor, en fin,  es una  especie de wifi que flota en aire, que lo envuelve todo pero no sabes lo que contiene hasta que no abres la aplicación, que en nuestro programa genético quiere decir hasta que no lo sientes. Solo se accede a él entregándote a sus designios, que siempre son de alegría y crecimiento personal. Amor sea del tipo que sea, implica una satisfacción y una plenitud interior que solo se alcanza a través de su realización.

Y si hablamos de la pareja me quedo con la frase de Shakespeare, extraída de su poema, “El fénix y la tórtola”:

“Cada uno era el yo del otro”.

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Obra de la propia autora, Elvira Méndez

Elvira Méndez

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