Cine

El cine y las reciprocidades sadomasoquistas del amor

Elena Iniesta Gª-Mohedano Observadora vital

 

“Me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado”

Julio Cortázar

Erich Fromm, en su ensayo “El arte de amar”, teoriza sobre la naturaleza “no-mecánica” del amor, no de “algo” que sucede sin más. El amor, según Fromm, es un arte, y como tal, hay que aprenderlo y practicarlo. El amor elevado a nivel de materia, a cualidad, en la que, como puede ser la pintura, el sujeto debe practicar, equivocarse, volver a practicar, para poder gozar plenamente al rellenar el hueco que supone el lienzo en blanco.

Hueco, oquedad; ¿acaso el amor no es ocupar un vacío? Pasamos del vacío que deja nuestra madre en nosotros; pasar del “mi madre me quiere porque soy”, al “a ver si encuentro a alguien que me quiera”. Fromm aporta un punto interesante a la afirmación anterior, ya que “mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar”.

El amor, el sentimiento (¿cualidad?) más universal, requiere la voz activa y la voz pasiva: amar y ser amado, todo unido por una coordinación, no una subordinación. El mismo nivel sintáctico que requiere ese “amar y ser amado” llevado a la práctica misma del amor. Pero, ¿acaso es siempre así?  El ideal del amor sería llevar a la práctica la premisa dada por Fromm: “el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre (…) el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”.

Casi podemos hablar del amor como una idea utópica, como una idea que tenemos como una foto fija en nuestra mente, pero que tapamos con un velo para no verla y dejarnos llevar por lo que “nos sale de dentro”. Como el que sabe que comer dulces es perjudicial para la salud, pero aún así, de manera voluntaria cambia su camino para pasar por una pastelería y elige lo que más le apetece en ese momento. Que levante la mano el que no ha obrado así alguna vez en su vida.

Si aceptamos lo expuesto por Fromm, no es aventurado decir que esa relación simbiótica entre dos seres, dando por hecho la igualdad, que aman y que son amados, es singular y que prácticamente por cada relación, por cada grupo de dos amantes, va a haber un amor singular, “personalizado”, que va a diferir en esos pequeños matices que cada ser aporta. Si no debemos nuestra individualidad, cada ser va a aportar algo distinto a ese enlace. Si el amor es libre, si la elección del amor es libre, igual de libre ha de ser la elección del “tipo de amor” que va a servir de ordenante en esa relación. Porque amores, hay de muchos tipos. Por más que se escriba, por más que se teorice sobre el amor, al final nos llena de distinta manera, nos duele con distinta intensidad. Porque el amor duele, no solo cuando falta, también cuando está.

Spinoza definió el amor como “alegría acompañada por la idea de una causa exterior”, por lo que según sus palabras, el objeto amado es aquel objeto que nos permite perseverar e incrementar en nuestra esencia. La razón del amor es la alegría. ¡Qué bonito e ideal sería si fuera siempre así! ¿Y si elegimos sufrir por amor? ¿No es amor? ¿Es legítimo sufrir voluntariamente por amor?

No pretendo quitar razón a Spinoza ni a Fromm, tan sólo plantear una serie de cuestiones/reflexiones. Seguramente, como la mayoría de las cosas importantes en esta vida, son preguntas retóricas. Para aportar algo de luz (o sencillamente ejemplificar lo anterior expuesto), vamos a recurrir al cine. Si el amor es un arte “activo y pasivo”, el cine también lo es. No solo nos sentamos y vemos una película, no nos quedamos como meros espectadores, también somos partícipes de esa película, la hacemos nuestra, la pensamos. El cine y el amor. Una última reflexión: ¿vemos una película de terror para pasarlo mal… porque lo pasamos bien?

Vamos a deconstruir el amor analizando una serie de películas:

(Atención a los spoilers)

“El hilo invisible (Phantom Thread)” El hombre castrado y el sadismo vs masoquismo

Paul Thomas Anderson nos trae una película envuelta en una estética de cine de sobremesa, como ya nos tiene acostumbrados últimamente desde “Pozos de ambición”. Pero no debemos confundir(nos) este hecho y rebajar la calidad de la obra. Aquí sienta a Pigmalión en el diván.

El siempre inquietante Daniel Day-Lewis se pone en la piel de Reynolds Woodcock, un elegante modisto de la alta sociedad londinense, un hombre del que casi podemos intuir que obtiene un deleite cercano al éxtasis al contemplar a sus clientas con los vestidos diseñados por él. Las clientas se dejan tocar por él mientras hace los últimos ajustes. Las rígidas mujeres de la  sociedad inglesa se dejan hacer, en un pacto no escrito entre modisto y clienta/modelo. Vive con su hermana, mano derecha suya, castradora y mano de llaves del taller/casa/castillo, al estilo de la mano de llaves de “Rebeca”, cústode del bienestar y tranquilidad de la casa y sus moradores. No duda en aconsejar (¿decidir?) sobre los asuntos amorosos de sus hermano. Al hablarle ella sobre el destino de una chica que está enamorada de él y que le está esperando, él menciona la desazón que tiene porque últimamente piensa mucho en la madre ausente, muerte, que se le aparece en sueños; hasta huele su perfume.  Ella le habla de amor, él contesta hablando de su madre. Vive con el fantasma de su madre muerta y castrado por su hermana.

En su primera cita con Alma, él le pide permiso para quitarle el pintalabios rojo, símbolo desde tiempo ancestrales de erotismo, de rubor sexual. Él la quiere sin señales sexuales. E incumple el mandamiento de cualquier cita romántica que se precie: le habla de su madre. Le recomienda que siempre lleve encima una foto de su madre, al tiempo que le dice que él lleva la de su madre cosida en la entretela de la chaqueta, en el corazón y un mechón de su pelo a la altura del pecho. Las palabras que pronuncia Alma, el tono de envidia que se lee entre líneas, podemos decir que van a marcar el resto de la película: “Debes quererla mucho”. La lleva a casa y le enseña una foto del día de su boda con su segundo marido; él se le confeccionó cuando tenía 14 años. Ese mismo vestido es el que va a llevar su madre cuando vea su fantasma en casa. Al hablarle de la superstición que tienen las mujeres de no querer tocar un vestido porque de lo contrario, nunca se casarán, ella pregunta por su hermana, ya que le ayudó en la confección. Un vestido de novia, dos hermanos y el recuerdo de una madre muerta. Y el Pigmalión comienza su trabajo, haciéndole el amor en la primera cita de la mejor (y única) manera que sabe: le confecciona un vestido sobre su cuerpo; hecho interrumpido por la hermana, parece que intuyendo la semi-cópula. Y como una leona en celo, hasta es capaz de oler a Alma y adivinar desde el perfume que lleva puesto hasta lo que ha cenado.

Pero Alma no va a dejar amilanar, y empieza a desplegar su juego con Reynolds, intercambiando los roles de castigador-víctima. El sádico y la masoquista encuentran en esta relación el equilibrio perfecto; la intimidad del cuarto de baño les proporciona una intimidad equiparable a la de la cama. Alma viene a ocupar el puesto de su madre, de su hermana, de mujer castradora, de mujer madre que arrulla a su criatura, que viene a mecerla cuando llora. La sonrisa final, triunfante de ella, la mirada de él de absoluto amor vienen a darle aún más significado a las palabras del principio de la película, de una conversación de ella con el médico que viene a reconocer al modisto:

-Alma: “Reynold ha hecho en realidad mis sueños, y a cambio yo le he dado lo que más desea”.

-Médico: “¿Y qué es?

-Alma: “Todo mi ser”

La relación sadomasoquista, ser activo y pasivo, en todos los sentidos.

El hilo invisible como metáfora de esa línea que traspasa Alma.

“Portero de noche”. Sobre el verdugo y Salomé

Mateo 14:1-12

“En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías, salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que le prometió bajo juramento darle cualquier cosa que pidiera(…)

Verdugo y condenado. La Salomé caprichosa después de encandilar con su baile, pide la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja. Según Erich Fromm, las personas en pareja, dependientes emocionalmente de otros, tienden a tener impulsos masoquistas y sádicos hacia su pareja, como resultado a quedarse solos. Según Fromm en su libro “Miedo a la Libertad”, los rasgos del carácter masoquistas como los sádicos tienden a ayudar al individuo a evadirse de su insoportable sensación de soledad e impotencia. En el comportamiento sádico la persona trata de dominar y de tener poder sobre otra persona,pero no para destruirla, sino para conservarla a su lado.

El nazi interpretado por Dick Bogarde, tiene alojado en el hotel en el que trabaja como portero de noche a una de sus víctimas del campo de concentración. Reclama la atención de su verdugo cada noche y se deja “mimar” por él, intentando acaparar toda la atención. “¡Qué suave eres!”, le dice mientras le pone una inyección.

El miedo a la soledad, no sabemos de cuál de los dos, ha hecho que años después los dos sigan en los mismos roles, han cambiado el campo de concentración por un hotel y el uniforme de nazi y de preso por el uniforme del hotel; han necesitado saciar su soledad estando juntos e imitando “el juego” sadomasoquista de antaño. Pero al aparecer Lucía, otra “Salomé” hace su aparición en el hotel. Mientras está con su marido en la cama, recuerda un momento en el que él “juega” a dispararla, mientras ella, desnuda, se escapa de él. Ella sonríe al recordarlo, y se enciende un cigarro en la cama, elemento fálico donde los haya.

La cara de cariño y agradecimiento que ella muestra en el campo de concentración al curarle él una herida, al besarla lleno de amor,

sus ojos como los de un cervatillo al que le curan la herida después de dispararle. Los ojos de un perro apaleado que necesita cariño pero que tiene miedo a su vez.

El comportamiento hierático que muestra Lucía para con su marido se contrapone con la pasión con la que abraza y besa a Max la primera vez que se reencuentran a solas. Ambos se retuercen en el suelo mientras se besan y se ríen como dos chiquillos.

La Salomé que ejecuta su baile y que al final obtiene su cabeza de San Juan Bautista, bajo la mirada orgullosa de Herodes, deseando que ella abra su regalo. Él ha cumplido el deseo de su niña caprichosa.

Los dos se encaminan hacia el final con una solemnidad ensoñadora, como ellos han querido hacerlo, representando su obra final cada cual metido en su rol.

“La buena estrella”. Triángulo amoroso como cura

“No es que no me fíe de él, de la que no me fío es de mí”, es lo que le contesta Marina a Rafa cuando le pide que se quede en casa sola con Daniel. La dependencia emocional entre ambos, dos perros callejeros abandonados y apaleados por la vida es tan grande que hace que Marina tenga el presentimiento de que él está ya en libertad y va a ir a buscarla. Rafa, el carnicero castrado, ha recogido a Marina y le ha dado lo que él siempre ha querido, un hogar, una familia. Su falta no es sólo física. Se hace palpable hasta en un cuadro infantil que adorna una pared, de “Babar et sa famille”. Otro dibujo, uno que hizo Marina cuando era pequeña cuelga ahora en la nevera; en él se había dibujado, seguramente al soñar con su vida futura,en una casa, con un hombre a su lado y un niño. Justo la vida que Rafa ha empezado a construir con ella.

Esa vida que ya tiene su hermana, casada, con hijos y embarazada, que viene a recordarle “lo que no puede ser”.

“Soy un hombre herido, mutilado, pero un hombre al fin y al cabo”. El dolor de Rafa es inconmensurable. Había empezado a formar el hogar deseado con una mujer abandonada y embarazada de otro hombre.  La vuelta de Daniel a la vida de Marina, y por ende, a la de él también, viene darle la réplica: él personifica todo lo que él nunca será. Marina ama a ambos, pero con Daniel puede suplir lo que con Rafa no tiene. El certero plano que recorre, como los ojos de Rafa, el cuerpo de Daniel en ropa interior, viene a mostrar lo que se calla pero está latente.

“¡Jolines, Tuerta, qué guapa estás, pareces una reina! La primera frase que le dice Daniel a Marina cuando la vuelve a ver. La exclamación le sale de las vísceras, oponiéndose al amor tranquilo de Rafa. Él solo quiere saber si Marina le quiere; ella ama a ambos. “Eso no puede ser”, le contesta Rafa. “A mí me pasa” le contesta Marina. Cada uno le aporta lo que ella necesita, pero a la vez, ellos dos se van a nutrir entre ellos, incluso en una extraña complicidad que mantienen alejada de Marina. Cada vértice del triángulo va a sostener al otro en una simbiosis que puede incomodar a los ojos moralizantes dispuestos a no entender. Rafa entiende las razones de Marina, entiende lo que no puede darle y permite no sólo que Marina se sacie con Daniel, sino que entre todos lleguen a construir una familia tal y como siempre la han concebido. Donde queda un hueco, allí hay otro para llenarlo.

Cabe plantearse si las relaciones mostradas en estas películas cumplen las condiciones descritas por Erich Fromm. Cabe plantearse si el amor tal y como lo concebimos tiene vericuetos y bifurcaciones a veces imposibles de entender. Dice el Antiguo Testamento (libro, por cierto, no sospechoso de libertino) que “si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”. Temo que en el mundo abunden los tuertos.

Cine

Elena Iniesta Gª-Mohedano

Observadora vital

Diplomada en Dirección y Administración de actividades y empresas turísticas, Máster en Dirección Hotelera y Guía Oficial de Turismo de la Junta de Andalucía. Extraterrestre de visita por la Tierra, distraída por el cine. Docente accidental. Articulista hasta que me dejen.

Un pensamiento en “El cine y las reciprocidades sadomasoquistas del amor

  1. Gran artículo. Estoy de acuerdo contigo. El amor es inherente en el ser humano pero busca diferentes formas, aunque muchas veces se ve aplastado por otros sentimientos mal aprendidos como la creencia de una responsabilidad para con otros o para con la sociedad que hace que el verdadero amor quede enterrado y solo deje florecer a un fantasma, un reflejo translúcido de la persona, no a la persona en sí. Sin embargo, cuando se deja aflorar al amor real, la persona se muestra nítida y puede ser plenamente feliz.

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