Arte y cultura

Este amor es diferente

amor de madre

Había oído hablar de este amor infinito, se decía que era tan profundo que daba vértigo. Yo nunca lo había sentido, no creía que existiera.

Porque en mi razonamiento no podía existir un amor tan fuerte que consiguiera ser más impetuoso que mi voluntad y escapara a mi control.

Pero el amor no se razona.

No sé exactamente cuando ocurrió, pero un día te invité a habitarme, entraste en mí, tan adentro que te apropiaste de mi sangre, mi oxígeno y de mis huesos. Invadiste mi espacio interior, empezaste a controlar mis deseos más básicos, cambiaste mi voluntad y sin darme cuenta, mis pensamientos giraban solo en torno a ti. Desde que nuestros corazones se sincronizaron me sentí más viva que nunca. Te amé.

Y llegó el día que tenía que dejarte salir. Debía expulsarte de mi cuerpo, dejarías de ser el intruso de mis entrañas. La naturaleza lo quiso así.

Empezarías a respirar por ti mismo. Pero ya era imposible dejar de sentirte parte de mí, para siempre.

Por primera vez sentí que podía amar a alguien incluso más que a mí misma.

¿Cómo es posible amar a alguien sin conocerlo? ¿Es amor o solo instinto de protección?

Me lo pregunté cuando te pusieron en mis brazos, te conté los dedos y pensé “hijo mío eres feo, pero mamá te ama”.

Y me culpé por pensarlo.

Por no sentir que eras el niño más guapo del mundo.

El amor de madre tiene culpa porque nos hacen creer que debe ser perfecto, natural y espontáneo.

El amor de madre no solo tiene nombre, es tan perfecto que tiene apellidos:

Amor de Madre Incondicional,

Amor de Madre Atenta y Comprensiva,

Amor de Madre Servicial.

…A nadie se le ocurriría apellidarle con algún adjetivo que no demuestre abnegación:

Amor de Madre en Crisis,

Amor de Madre Controladora,

Amor de Madre Confundida o Superada por las Emociones.

Nadie ha puesto esos apellidos porque no se nos permite. Somos madres y “madre solo hay una, fuerte como el amor que todo lo aguanta”.

Saliste al mundo y realmente me hiciste feliz, procuré ser recíproca, atendí todas tus necesidades, no me importó anteponerlas a las mías, de hecho, no las antepuse, dejé de sentir otra necesidad mayor que la de tener tus necesidades cubiertas. De verdad.

Amor de madre y niño pequeño, nos reíamos y disfrutábamos. El cansancio no fue impedimento.

Pero un día descubrí que este amor tiene un lado muy difícil. Este amor es diferente.

Descubrí que te siento parte de mí, pero no eres mío (siempre lo supe en teoría, pero la práctica es complicada). Y la ruptura duele, pero es necesaria.

Duelen las diferencias.

Podría indagar en la importancia de tu YO, en lo necesario de la libertad y el equilibrio en el amor, podría hablar de tu autonomía, citar a Saramago o Gibran aludiendo al préstamo de la vida que recibimos nosotras las madres, pero mis vísceras se resisten a ser racionales.

He leído cientos de libros y artículos acerca de la maternidad, he debatido con mis coetáneas la manera que tenemos de educar, he teorizado acerca de la línea moral y los valores éticos que quiero como madre inculcar en mi hijo. Pero nadie me dijo que este amor era diferente.

El amor de madre es un amor con inseguridad constante por no saber si lo que haces está bien. Es un amor de aceptación, conocimiento y perdón. Donde el amor propio y el orgullo te juega malas pasadas, donde intentas no hacer de tu hijo un espejo. Un amor de consecuente crecimiento personal. Es eterno, si, pero no es ciego.

Este amor se ha ido transformando inexorablemente, como los días han transformado tu pequeño cuerpo, y ya no es pequeño. Me cuesta creerlo.

Se ha ido haciendo un amor mayor, como lo eres tú, como lo soy yo.

El amor de madre está lleno de contradicciones, y nuestras contradicciones nos hacen ser frágiles.

Te dije que te quiero libre e independiente, y te exijo obediencia.

Te dije que puedes ser lo que quieras y como quieras, pero cada día te repito lo que no debes hacer.

¿Qué derecho tengo o dejo de tener? ¿Dónde están las reglas de este amor? ¿Quién solucionará las cicatrices de este proceso al que llamo ruptura, donde tu aprendes a ser tú mismo y yo aprendo a aceptarte tal como decidas ser?

Este amor también se basa en respeto.

Pero, aunque en ocasiones nos perdimos el respeto, te sigo amando. ¿Cómo es posible?

Me dijiste que me odiabas. Sé que lo sientes.

Me dijiste que soy la persona que más amas. Sé que es verdad, de momento.

Me dijiste que eres un incomprendido. Sé que lo piensas.

Me dijiste que solo yo te entiendo. Sé que a veces te lo parece.

Hay un dilema de la maternidad arquetípica: se supone que amas a tus hijos más que a ti misma, pero si un día se esboza la idea de que no es así y te sientes confusa o malamadre, y al otro día legitimas tu sentimiento. A menudo te ataco porque me protejo, porque eres la única persona con el poder de hacerme daño. Te lo he dado al amarte. Y no sé si se podía haber hecho de otra manera.

Tengo un amor fuerte, tan fuerte que me parte y me destroza cuando insinúas que la vida, esa vida que surgió en mi vientre, no la quieres.

Y te planteas acabar con ella.

En esos instantes mi existencia pierde el sentido.

Y mi razonamiento vuelve tímido al debate trayendo palabras como apego, coherencia, comprensión, empatía y paciencia. Palabras que no valen más que su propia resonancia, porque no hay argumento lógico para entender por qué si no quieres tu vida, la mía dejaría de tener sentido.

¿Tiene tu amor propio más derecho que mi amor por ti? ¿Por qué hablo de derechos del amor como si fuese una ley o un estatus? ¿Hay un límite? ¿Debemos debatirlo? Me aferro a la idea de que esto es transitorio. Echo de menos reírnos juntos en el parque.

Este amor es diferente, porque duele en el pecho y no sientes mariposas en el estómago.

No sé cómo sucede, pero duele físicamente, está ahí, es real.

Pensamos que los malos ratos de la maternidad tienen un merecido premio: la satisfacción que nos produce criar a un ser feliz, sano y productivo debería ser la recompensa de todo el sufrimiento. ¿No es eso un sinsentido? ¿No debería el amor ser equitativo y disfrutarse por ambas partes de la misma manera a lo largo de todo el tiempo de existencia?

Me advirtieron que cambiaría mi vida, me avisaron de que sería maravilloso y duro a la vez.

Pero no me esperaba que este amor fuese capaz de sacar lo peor de mí y a la vez hacerme ser mejor persona.

El amor de madre es autocrítico, vertiginoso, inseguro, doloroso, profundo y verdadero.

Una Madre

 

Arte y cultura

Obra de Gustav Klimt
“Las tres edades de la mujer”

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