Coencuentro físico #2: “Creatividad”

¿Qué es la creatividad? ¿Todos podemos ser creativos? ¿De dónde procede? ¿Cómo funciona este fenómeno en apariencia mágico capaz de deslumbrarnos y que toma formas tan emblemáticas como la del arte mismo? Estas… y muchas más, fueron las preguntas que lanzamos el pasado sábado 25 de noviembre de 2017 a los asistentes de nuestro Coencuentro físico dedicado a debatir las ideas del número de “Creatividad”. Un encuentro donde se dieron cita más de 60 personas contando colaboradores, organizadores e invitados anónimos, en el espacio de “Cruce” en Madrid, y que durante más de hora y media disfrutaron y se nutrieron recibiendo y compartiendo las opiniones de todos en torno a esta fascinante cuestión. En el acto, conducido por Marjorie Gutiérrez, y siempre guiados por las ideas principales tratadas por los articulistas en el número 2 de la revista dedicado a la “Creatividad”, se lanzaron preguntas, se provocaron reflexiones, debates y hallazgos, sin duda creativos, con los que en ocasiones esclarecimos aspectos, y otras veces, nos abismamos descubriendo la complejidad del fenómeno. Os proponemos hacer un breve repaso de las principales ideas que se trataron sobre la creatividad y con las que conseguimos el mejor resultado posible, es decir, salir sabiendo… un poco más y un poco menos.

¿La creatividad tiene límites?

El debate se abrió con una de esas preguntas aparentemente sencillas… pero que suelen esconder toda su complejidad. ¿La creatividad tiene límites?  Levantando sus manos, los asistentes se dividieron en dos grupos, siendo el más numeroso el que apuntaba que no existe un límite para la creatividad, aunque con el devenir del debate la opción de una creatividad sujeta a ciertos límites fue cogiendo fuerza. ¡Estas fueron las principales ideas!

Los asistentes que se ubicaron del lado de la creación como un acto limitado, nos hablaron de varias formas de límites. Por ejemplo, la creatividad, en tanto que forma de expresión del ser humano, topa con un límite que tiene que ver con la herramienta de expresión, es decir, con las técnicas y tecnologías empleadas para la creación. Así, si bien la creación misma puede no tener límites, el “acto de crear” quizás sí. ¿Podríamos hablar de unos límites internos y externos? Entre los externos, los asistentes apuntaron que, si bien, hoy en día, existen multitud de tecnologías que pueden ser empleadas en el acto de la creación, en el momento práctico hay que seleccionar una o dos, localizando así un cierto límite. Uno que también se manifiesta bajo la forma de formatos e imposiciones “del mundo del arte”, si es que uno quiere prosperar y tener éxito en ese mundo en su faceta de mercado.

Entre los límites que podríamos denominar internos, se apunta un nuevo límite, más subjetivo, que tendría que ver con la propia experiencia del artista. Una de las primeras intervenciones comentó que en el acto de la creación se ponen en juego los elementos que el artista porta en su interior, basados en lo que ha leído, oído, etc., y por tanto todo ello condiciona la creación, localizándose un límite que tiene que ver con la propia vivencia. Más aún, considerando que esas experiencias incluirían también los episodios más cruciales de nuestra infancia, con un enorme poder para condicionarnos, deberíamos hablar de límites fuertes que podrían acompañarnos durante el resto de nuestra vida. Sin embargo, frente a esta idea, también se propuso la división del fenómeno creativo en dos partes: La pasión que motiva al artista, una parte que no estaría sujeta a límites, y por otro lado el “cómo plasmar” esa pasión en forma física, que pondría en juego ciertos límites nuevamente relacionados con la parte plástica o tecnológica.

En general, numerosos asistentes reforzaron la idea de que la experiencia misma del artista podría ser un límite para el acto de creación, aunque también, al mismo tiempo, ser la fuente de su inspiración y la estrategia para comprender el mundo que nos rodea. La creatividad va conectada a las ideas y creencias del sujeto. Si el arte había sido propuesto como una de las tres posibles formas de entender la realidad (junto a la religión y la ciencia), la experiencia del sujeto aparecería bien como un cuarto saber, o bien como un punto de partida que atraviesa y condiciona a las otras tres. Además, la noción de la experiencia del sujeto abre la puerta a una dimensión diacrónica, es decir, esa que situaría la creatividad como proceso en marcha, lo cual nos obligaría a replantear, en cierta medida, el sentido del límite infranqueable para la creatividad, siendo el presente del sujeto su propio límite, pero uno móvil que admitiría desplazamientos y recolocaciones a lo largo del tiempo. Así, quizás deberíamos proponer la sustitución del término “límites” por el de “fronteras”, de modo que surja la posibilidad de la transgresión del límite como un fenómeno contingente, por más dificultad que aquella pueda entrañar.

Por último, varios asistentes aludieron al hecho de que, en ocasiones, es el sujeto mismo el que se autosabotea su propia posibilidad de crear. Podría suceder a través de las propias tribulaciones de uno, dificultades del proceso creativo, algo de lo traumático, pero también puede suceder cuando un sujeto se autoatribuye la carencia de la capacidad creativa solo porque sus creaciones no comparecen asociadas al arte. Hablamos de límites internos, quizás los peores de todos, que quizás puedan franquearse a través de la operación del “salir de uno mismo”, o esa noción de la creatividad como “asalto a la vida” que nos conecta con la actitud y no tanto con los límites.

¿Arte y creatividad son la misma cosa?

Fue, sin lugar a dudas, uno de los asuntos a los que los participantes dedicaron más tiempo e intervenciones a lo largo del debate. Aunque no hubo unanimidad, hubo una cierta visión que reaparecía frecuentemente en las opiniones de los asistentes: Se puede ser creativo, por ejemplo, en la cocina, en la manera de vestir, etc., encontrando formas más “innovadoras” de cocinar o de vestir, pero eso no le convierte a uno en un artista. La creatividad, por tanto, se planteó en el debate como una capacidad de los sujetos para recombinar los elementos de forma inédita o inesperada, pero no necesariamente como una fenomenología de lo artístico, que trató de llevarse a un “más allá” de la simple combinatoria, de la simple “solución de problemas”.

Algunos asistentes ensayaron fórmulas para tratar de acotar lo artístico y separarlo formalmente de la mera creatividad. Por ejemplo, mediante la idea de que para que algo se llame arte debe contar con un “propósito”, frente a la simple “creatividad” que sería una circunstancia humana, como también puede serlo la inteligencia o la memoria. Bajo este punto de vista, el artista aparece como un “creador”, y debe volver con un objeto creado… bien para sí mismo, o para los demás. Otros intentos de formalización restaron importancia al “objeto devuelto”, léase como la obra de arte, y pusieron el foco en la etiología del proceso creativo, que para ser tal, apuntaban, debía partir de una “necesidad interior”, una inquietud vital, una vibración interna que motivaría al artista y que le pondría en contacto con algo de lo que volvería, o no, con esa obra de arte. El artista “debe tener estómago, algo que expulsar”, se dijo, que pueda ayudar a los demás a entender el mundo que les rodea. Por tanto, además, debe contar con la habilidad para plasmarlo y poder así revelarlo al resto de personas.

En esa línea, otros asistentes propusieron la experiencia artística, a diferencia de la mera creatividad, como una “travesía”, una “experiencia en marcha”, que tendría la capacidad de remover y transformar al sujeto artista incluso hasta el punto de condicionar su forma de vivir el resto de saberes, como los ya mencionados: Arte, religión y ciencia. Los tres, por tanto, quedarían condicionados por ese proceso interior del sujeto que puede recorrerlos, conforme a su pasado y a sus emociones, de distintas maneras, dotándoles de nuevos significados del todo subjetivos. Ahora bien, el debate devolvió a los asistentes una pregunta intensa que les confrontó con su propia vivencia: “¿Cuántos, realmente, pueden afirmar que han tenido alguna experiencia creativa?”

Un punto de vista ciertamente ecléctico que también surgió durante el debate fue que la creatividad y el arte son fenómenos “simbióticos” que se nutren mutuamente, admitiéndose que la creatividad no va ligada exclusivamente al arte, aunque se trate, sin embargo, de dos magnitudes con mucho que aportarse mutuamente. De hecho, incluso las personas que se definen como “no creativas”, pueden acudir a una exposición, enfrentarse a una pintura y volver con una enorme inspiración y muchas ideas, lo que podría hacerle comparecer como alguien creativo.

La creatividad parecía perder el ritmo de lo artístico en la mayoría de las intervenciones, aunque también hubo algunas personas que la pusieron en valor en una escala no artística. Así, por ejemplo, se defendió que la creatividad desplegada por un ingeniero al tender un puente colgante, toda una exhibición de creatividad en las técnicas necesarias para llevarlo a cabo, podría superar a la de un pintor. Visto así, por tanto, parecía imposible concluir con simpleza que la creatividad fuera “un género menor” del arte, o una de sus técnicas aplicadas. Y, por supuesto, dicha creatividad necesaria para el despliegue de una obra faraónica también contaría, de partida, con un propósito, al igual que la creatividad en el vestir, o en la cocina, complicando la diferenciación entre arte y creatividad por la motivación de esta última de alcanzar… un propósito. El grupo alcanzó, así, una dificultad para establecer la separación entre ambos conceptos, que resistió toda pretensión de formalización teórica, pero que quedó, sin embargo, en el convencimiento de la mayoría de los asistentes.

¿Todos podemos ser creativos?

De nuevo, una de esas preguntas que parecen sencillas… pero que el debate fue revelando que no lo era tanto. Quizás, en este caso, la dificultad provino de los términos empleados, pues la separación anterior entre arte y creatividad exigió establecer diferencias según se nos preguntara por la capacidad de cada uno de nosotros de ser creativos… o la de ser artistas. Marjorie inauguró el debate pidiendo una votación general a mano alzada que arrojó un claro vencedor inicial: Todos podemos ser creativos pero, como había sucedido antes, las aportaciones particulares fueron fragmentando la solidez inicial.

Las primeras opiniones fueron claras: Todos podemos ser creativos, pues se trata de una habilidad innata en el ser humano. De hecho, cuando se observa a los niños, enseguida se aprecia su inclinación natural por las actividades creativas, como el dibujo, y todas aquellas que les permiten obrar combinaciones inesperadas de elementos y formas de representación de la realidad. Se apunta que esta pasión puede desaparecer en la adultez, pero más como efecto de la madurez del individuo, de la necesidad de adaptarse a los formatos externos de la realidad, etc., perdiéndose una habilidad que todos tenemos inicialmente. Dicho en términos antropológicos, el grupo planteó la creatividad como “adaptación filogenética” propia de nuestra especie que nos acompañaría durante toda nuestra vida, a no ser que exista una razón por la que la perdamos, o por la que nos la arrebaten, quizás en la forma de una “castración”. Además, esta corriente de opiniones trató de relacionar la creatividad con lo lúdico, de nuevo ejemplificándola en los niños, y tratando de alejar la creatividad de esa visión oscurantista de la creación artística y de su abismo.

No obstante, si es una habilidad innata en el ser humano, una capacidad cognitiva, la diferencia entre los artistas y los que no lo son, o entre las personas creativas y las que dicen no serlo, debe ser meramente “de grado”. Habrá personas MUY creativas y otras POCO creativas, pero todas lo serían, o podrían serlo, en alguna medida. Algunos asistentes introdujeron la idea de que incluso los animales pueden ser creativos, por ejemplo los pájaros, que cantan, se comunican, “crean”, en una actividad que no sería tan diferente de la del ser humano. Sin embargo, esto fue considerado por otros asistentes como excesivo y se apresuraron a apuntar que, dado que no sabemos si los animales tienen consciencia de sí, no podemos saber si se trata de un proceso creativo como el nuestro.

Otra visión interesante fue la de que lo creativo se puede contraponer al “método”, de modo que serían creativas aquellas producciones que fueran resultado de un acto fuera del método, lo que terminó de formalizar lo creativo como algo enormemente hacedero, marcando, quizás, el punto del debate en que la creatividad se volvió más asequible.

¿Y si la condición de creativo no tuviera tanto que ver con una cualidad del ser, sino más bien de la obra creada? La idea se presentó con toda la intención de desplazar la creatividad desde el sujeto, en donde los asistentes la habían localizado mayoritariamente, hasta un “afuera” del sujeto, más próxima a la obra en sí, como acto creado. La obra, por tanto, sería o no creativa, algo contingente, no necesariamente creativo por provenir de alguien etiquetado como tal. Por tanto, diríamos, “todos, posiblemente, podemos ser creativos”, pero esa circunstancia podrá darse en el momento en que se complete un acto creativo que quedará ubicado fuera del sujeto… o no. Dicho de otra manera, lo creativo tendría que ver con la obra, no con el artista, lo cual conecta con las opiniones de otras personas que nos recordaron que serán otros distintos al autor los que decidirán si algo es o no creativo, abriéndose así la relativización contextual del valor artístico: una obra puede ser considerada creativa aquí, pero quizás no en Suecia.

Una opinión, de todas las que se vertieron, nos va a servir de bisagra para inaugurar la corriente contraria de opinión sobre la democratización de la creatividad. Un asistente afirmó que, si bien todo el mundo puede ser creativo, los artistas no quieren verse como tales, tienen fobia a ese término, quizás adivinando en él que responde a la lógica de la técnica, cuando ellos afirmarían que el arte tiene mucho más que ver con el sufrimiento, con la vivencia inquieta, etc. Un asistente afirmó que podemos ser creativos y hacer arte cuando seguimos a nuestras inquietudes, no cuando hacemos las cosas que los demás esperan de nosotros. Así, nos vamos dando cuenta, la palabra “artista” es palabra … mayor.

Aparecen aquí, pues, las opiniones de quienes no dudan en afirmar que no todo el mundo puede ser creativo, del mismo modo que no todo el mundo es inteligente, sino que unos lo son y otros no. Puede ser, nuevamente, una cuestión… de grado. Si todos pudiéramos ser creativos, todos podríamos ser artistas, cosa que, en general, aceptamos que no sucede. Se nos indica, de este modo, que ese empeño por reconocernos creativos parece más bien un empeño de autosugestión, de orgullo de especie, o de arenga personal, pero que, siendo rigurosos en la observación, sería solo eso, un empeño, o un ejercicio de autoayuda. Se propone, en esta línea, que la creatividad se considere tan solo la capacidad de resolver problemas y que, además, hay personas que tienen tendencia a “buscarse problemas”, entendido como la voluntad de explorar más allá de donde el pensamiento colectivo suele quedarse, y personas que tienden a lo contrario.

Aparece un nuevo concepto crucial para el debate: No conviene confundir creatividad con TALENTO. Si ya es fácil observar que la creatividad no parece un fenómeno igual de presente en todos los sujetos, lo es mucho más cuando se trata del talento. Hay personas que lo tienen, y otras que no, y a las que no lo tienen no se les puede enseñar. Es posible enseñar las estrategias, pero no el talento mismo que sería una circunstancia innata que puede aparecer o no. ¿Dependería de las oportunidades que los sujetos tengan en la vida? Desde este punto de vista se apunta que no, y se nos presenta el ejemplo de Van Gogh, cuya carrera contó con valiosas oportunidades profesionales, como que su hermano era propietario de una galería de arte, y sin embargo no alcanzó el éxito en vida.

Aparece, por fin, una de las formas mayores de división entre los artistas y el resto de personas: El artista se caracteriza por asomarse a un abismo, por atravesar un dolor, una perturbación en la existencia que le obsesiona y le trastorna, y de la que vuelve con una obra que funciona para él como la huella de su dolor. La creatividad, por tanto, aparece asociada a un sufrimiento vital del que no todo el mundo participa ni del que quiere saber. O quizás, sea una cuestión de sensibilidad para entender lo que late al fondo de ese abismo y que de forma tan fatal polariza la mirada del artista. Algunos asistentes intervienen para señalar esa condición “mágica” de este, como alguien singular, diferente, no alguien que deliberadamente “busca un problema”, sino que se ve alcanzado por él e invadido por su imparable caos. Desde este punto de vista, en el origen del arte situaríamos algo que iría más allá de lo racional, por más que, una vez transformado en obra, con toda la dificultad de semejante tarea y que conlleva el más obsesivo de los ejercicios plásticos para el artista, se haría realidad por medio de técnicas y metodologías más cuantitativas. También se apuntó que, si bien el artista, este al que se atribuye esta potencia propia e intransferible, “nace”, es necesario que se forme mediante el trabajo para llegar a ser ese verdadero artista, apareciendo, nuevamente, la idea de tránsito, de transformación, que ya habíamos incorporado anteriormente.

Y, por último, un ejercicio de humildad: La voluntad de subdividir el fenómeno de la creatividad para no equiparar “crear”, “recrear”, “inventar”, etc. Se afirma que existen verdaderos creadores, artistas, genios que ponen de manifiesto la mediocridad en la que vivimos la mayoría. “No somos como ellos”; ese talento no está al alcance de todos, y semejante privilegio, como se aprecia en la historia, en tanto que modo de transgresión de lo generalizado, podía convertirse en fuente de problemas para los propios artistas. “No somos como ellos”.

 Escrito por Ricardo Sánchez
Coencuentros.es


Fotos de Daniel Comeche

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