Filosofía y psicoanálisis

Frente al horror de la guerra, la escritura femenina8 min read

Marta García de Lucio0 min read Psicoanalista y Politóloga

En cierta ocasión, un instruido caballero –cuyo nombre permanece en el anonimato- dirigió una carta a Virginia Woolf haciéndole una pregunta de lo más pertinente para la Europa de la época: «¿Cómo, en su opinión, podemos impedir la guerra?» Suponemos que le dirigió la carta a ella por su conocido compromiso con el pacifismo. Parece ser que esta carta fue remitida en el año 1935 y que la pregunta fue inspirada por las evidencias del advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. Tres años tardó la escritora en dar una respuesta, y entre sus primeros párrafos encontramos su sorpresa: «¿Cuándo se ha visto que un hombre instruido pidiera la opinión de una mujer acerca del modo de impedir la guerra?»

Imagen: Virginia Wolf de Helena Pérez García.

La respuesta de Woolf constituirá una obra maravillosa llamada Tres Guineas, en la que realizará un recorrido por el papel que mujeres y hombres pueden tener en la guerra así como en la construcción de la paz. A través de las preguntas más pertinentes sobre las motivaciones de la guerra -psicológicas, culturales, biológicas, etc.- la autora va concretando las limitaciones que tienen las mujeres para intervenir en los asuntos bélicos y promover la paz, así como se pregunta sobre la relación entre la virilidad y la guerra. Rescataremos algunos pasajes de esta obra en los que apunta a la diferencia sexual en torno al belicismo, para dar unas pinceladas de las reflexiones de Virginia Woolf respecto a la guerra, pues lamentablemente le tocó ser testigo –más o menos cercana- de tres guerras terribles en un solo continente: La Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, y la Segunda Guerra Mundial –esta última ya no la pudo soportar-.

«… aunque los dos sexos compartan en menor o mayor medida muchos instintos, combatir ha sido desde siempre un hábito del hombre, no de la mujer. Más allá de que esta diferencia sea innata o adquirida, las leyes y las costumbres la han acentuado.»

«Agreguemos a ese comentario el siguiente pasaje de la biografía de un aviador:

“Hablé con él sobre la Liga de las Naciones y la posibilidad de la paz y el desarme. En este tema, él era más marcial que militarista. El problema para el cual no hallaba solución alguna era que si alguna vez se alcanzara la paz permanente y los ejércitos y las armadas dejaran de existir, no habría ningún canal para expresar las cualidades viriles que estimula el combate, y el cuerpo y el carácter humanos se degenerarían.”

Aquí se perfilan de inmediato tres motivos que conducen a los miembros de su sexo al combate: la guerra es una profesión, una fuente de felicidad y estímulo, y también es un canal para las cualidades viriles, en cuya ausencia los hombres se degenerarían. No obstante, los miembros de su sexo están lejos de sostener semejantes sentimientos y opiniones de manera unánime.»

Como toda fragmentación, estos recortes no hacen justicia a la travesía argumentativa que hace la autora en esta obra, pero nos sirven para alumbrar algunos apuntes sobre la guerra y la virilidad, así sea de manera anecdótica, y para generar el deseo de saber más de quienes tengan interés por este asunto tan antiguo como actual.

La escritura en Woolf se presenta como una curación del alma. Un alma en este caso que sufre tanto los avatares de la época, como sus propios naufragios psíquicos. Ella misma le dio este estatuto diciendo que lo suyo era una writing cure (cura por la escritura), haciendo un paralelismo con el invento del método freudiano de la talking cure (cura por el habla). Escribir le liberaba, en cierto modo, de sus demonios: la enorme sensibilidad que tenía hacia la violencia le hacía hundirse ante las guerras, y los desencadenamientos psicóticos le impedían trabajar, escribir. Por eso siempre que podía escribía, para mantenerlos alejados.

Distintas mujeres del mundo del arte y la cultura han mostrado una inagotable sensibilidad contra la violencia. Otro caso interesante es el de la gran Nina Simone, completamente causada por la lucha contra el racismo y la falta de libertades de las personas negras (si bien ella misma sufría de accesos de ira y violencia). Me parece que podemos establecer una asociación entre las psicosis de estas dos mujeres y un abrazo inconmensurado a grandes causas, así como la psicosis y la genialidad. La sensibilidad se pone a su máximo nivel y esto desemboca en la creación más bella, desbordante y conmovedora. ¿Qué hay de lo femenino aquí?

Tenemos por un lado, si seguimos a Woolf en esto, una pulsión bélica que “canaliza las cualidades viriles”. Llamémosla bélica y no de muerte o de violencia, para ser más específicos, pues estas otras probablemente también las encontramos en las mujeres, si bien adquieren diferentes formas. Una pulsión bélica que, sea cultural, tradicional, biológica, o psíquica, no ha dejado de existir a pesar de los milenios. Más sofisticada hoy, y más marcada por la clase social (no son los gobernantes ni reyes quienes van a la batalla sino muchachos que ven una salida profesional, así sea a costa de poner el cuerpo, la vida, en riesgo de muerte), continúa siendo mayoritariamente un asunto de hombres. Por otro lado, encontramos no sólo a mujeres que se orientan por el pacifismo, sino mujeres a las que la guerra y la violencia se les hizo absolutamente insoportables, no por el miedo y el terror que pudieran causar, sino más bien por el sinsentido que para ellas representaban. Hablamos en concreto de mujeres que escriben. Así, donde emerge el horror de la pulsión bélica, se relanza una escritura para canalizar lo insoportable, lo desbordante.

La genialidad de Virginia Woolf no podría entenderse sin su extrema sensibilidad, probablemente tampoco podemos excluir el elemento psicótico para pensarla. Si esta sensibilidad es fruto de lo femenino podemos pensarla como no exclusiva de las mujeres. El hecho de que mayoritariamente sea experimentada por mujeres no responde a una cuestión anatómica, sino fundamentalmente psíquica. De la escritura femenina podríamos hablar largo y tendido, empezando por preguntarnos si existe tal cosa y en qué consistiría. Hélène Cisoux, en su obra La llegada a la escritura, la describe así:

«Escribir: primero soy tocada, acariciada, lastimada, después busco descubrir el secreto de ese tocamiento para extenderlo, celebrarlo y transformarlo en una caricia distinta.»

«…¿no basta que corran nuestras aguas de mujeres para que se escriban sin cálculo nuestros textos salvajes y populosos? Nosotras mismas en la escritura como los peces en el agua, como los sentidos en nuestras lenguas y la transformación en nuestros inconscientes.»

Me anoto al gesto de amor que para esta autora supone la escritura. Un gesto de amor no hacia nadie, o en todo caso hacia otro que no es sino una misma. Un gesto de amor porque es el alivio de las corrientes de angustia subterráneas encarnadas, y precisamente liberadas a través de este movimiento femenino de la escritura.  La palabra escrita como línea de fuga para lo que no puede ser extraído de otra manera. Una sublimación tal vez. Una palabra que excede el sentido dado, ortodoxo, puro y claro de los significantes fálicos. Una escritura sin pretensiones, sin objetivos ni objetividad. Una Escritura Propia, como propia ha de ser la habitación para la escritura –siguiendo a Woolf-.

Despidamos este texto, esta presentación de lo femenino, la escritura y el horror a la violencia, con las últimas palabras escritas de Virginia Woolf antes de sumergirse para siempre en las corrientes del río Ouse, tal y como había previsto junto con su marido Leonard en el caso de que los alemanes nazis invadieran Inglaterra. Sabía que no podría recuperarse de otra guerra y se fue sola, sin involucrar a su marido en su último y definitivo acto:

«Querido: Siento con absoluta seguridad que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Yo sé que esta vez no podré recuperarme. Estoy comenzando a oír voces, y me es imposible concentrarme. Así que hago lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que uno puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que ha venido esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Sé que lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo a ti toda la felicidad que he tenido en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme ese alguien hubieras sido tú. Ya no queda en mí nada que no sea la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.

V.»

 

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