Psicoanálisis y Filosofía

Fronteras del Sujeto: de la tragedia neurótica al mito estructural

Rodrigo Bilbao Psicoanalista

El mito fue usado a lo largo de la tradición medieval y renacentista como fábula, ficción, ideas falsas o exageradas, situación que podríamos extender al uso cotidiano de hoy[1]. Carlos García Gual lo define como “un relato tradicional que refiere a la actuación memorable y ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano”[2]. Podemos agregar que el mito es un relato o narración que no supone atribuir el carácter de verdadero o falso de ello en función de estándares de la realidad. Busca más bien dar sentido a la vida humana, hablando más allá de la muerte o antes del nacimiento, es otra manera de tocar ese lugar irrepresentable.

El mito se opone al logos, en tanto, el logos buscaba dar una explicación del mundo a través de la razón experimental, pero sabemos que la empírea no otorga un sentido. Es decir, mito y ciencia se oponen.

A partir de esto podríamos preguntarnos por el lugar del mito en psicoanálisis y en particular en la obra de Sigmund Freud, quien sabemos buscaba otorgar un carácter científico a su disciplina. Freud toma el mito expresado en la tragedia de Edipo -tragedia escrita por Sófocles- quizás contemplando lo que planteaba Aristóteles al considerarla como la tragedia más perfecta. El héroe comete un error ligado a la ignorancia y genera un cambio en el futuro. Edipo no quería cometer el crimen, es culpable/inocente, no sabe, desconoce algo y tiene un deseo de saber. En definitiva constata que toda elección está construida sobre un fondo de ignorancia, ese fondo es el que ilustra para Freud lo Inconsciente. El no saber de Edipo es el reflejo del inconsciente, pero a su vez la tragedia da cuenta de la satisfacción pulsional (la madre por antonomasia) y la prohibición que está en juego.

Las estructuras clínicas establecidas por Freud –neurosis, psicosis y perversión-como así también las problemáticas que surjan de ellas, se definirán a partir de tres conceptos fundamentales sobre los cuales se edificará todo el desarrollo teórico freudiano y se desprende su concepción clínica. Estos conceptos se articulan y se desarrollan a lo largo de la obra de Freud -y de todo el psicoanálisis posterior- siendo tempranamente concebidos en su teoría, pero demorándose muchos años en estar articulados de un modo más acabado.

Los términos de Narcisismo, complejo de Castración y complejo de Edipo, son de algún modo, los elementos básicos –aunque no suficientes- para desarrollar y establecer las posiciones del sujeto en la estructura de modo neurótico, psicótico o perverso.

En este contexto, el complejo de Edipo puede ser entendido como el concepto central en la teoría psicoanalítica sobre el cual –para algunos autores- se ordenan los demás conceptos. Alude al encuentro entre el deseo, la sexualidad y la ley en la subjetividad. Este concepto clave para entender los avatares de la estructura, es desarrollado por Freud a lo largo de su obra; ya tempranamente en sus fragmentos de correspondencia con Fliess del año 1897, “manuscrito N” y “carta 71”. Habla  del amor de los hijos, celos y deseos de muerte del padre, que Freud consideraba un suceso universal en la niñez temprana, y ya en ese entonces, lo asocia a lo ocurrido en la obra Edipo rey, donde dice que “cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía un Edipo”[3].

Así, comienza a articularse un desarrollo teórico esencial, que desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad y en la orientación del deseo, determinando a partir de éste, el funcionamiento psíquico en términos de una estructura de personalidad y una relación particular al deseo que se desprende de cada posición subjetiva. Freud propone en 1900, de manera más acabada, que “el enamoramiento hacia uno de los miembros de la pareja parental y el odio hacia el otro, forman parte del material de mociones psíquicas configurando en esa época como patrimonio inalterable de enorme importancia para la sintomatología de la neurosis posterior”[4].

En un comienzo asocia sus efectos a la neurosis, pero a medida que desarrolla su teoría, lo ubicará como eje central en todas las estructuras de personalidad, dependiendo del tipo de resolución que obtengan (neurosis o perversión) o la imposibilidad de acceder al complejo en la Psicosis. Así, se comienzan a organizar los deseos amorosos y hostiles hacia los padres en la primera infancia, constituyendo la tragedia de igual modo que en el drama de Sófocles donde se cumplió ese deseo primordial. Nos estamos refiriendo al deseo incestuoso con la madre y la eliminación del rival, el padre en el varón.

Recordemos que Freud establecía un desarrollo psicosexual en el cual las pulsiones parciales debían culminar aunándose en la genitalidad en una sola pulsión sexual; siendo necesario el paso por el Edipo, como modo de ordenar el desarrollo pulsional. Así entonces le atribuimos una función más al complejo, que es ordenar la pulsiones a partir de constituir las elecciones de objeto e identificaciones fundamentales del sujeto.

Acordemos que al complejo de Edipo, Sigmund Freud le atribuye tres funciones: elección del objeto de amor (en términos de la identificación que promueve y la prohibición del incesto que establece); acceso a la genitalidad; y efectos sobre la estructura de personalidad a partir de la relación y constitución de las distintas instancias psíquicas yo, ello y superyo.

Para conseguir tales efectos, el complejo de Edipo debe sucumbir en sus intentos de satisfacción incestuosa y abrir al sujeto en las vías del deseo y la ley, más allá de la realidad materna. Ahora bien, este movimiento, será llevado a cabo a partir de la incidencia del padre, en términos de la prohibición que ejerce, la cual unirá indisolublemente, deseo y ley. La prohibición del incesto operará a partir de la amenaza de castración que ha tomado valor gracias a la libidinización del falo como zona erógena.

El complejo de Edipo toma su fuerza a partir de esta fase fálica, siendo “sepultado” por el complejo de castración, el cual logra a partir de sus efectos simbólicos poner fin al deseo incestuoso en el varón y en la niña, abre la vía de esta resolución. Lo que está poniendo en juego Freud en el complejo de Edipo, es el encuentro del deseo sexual en su relación con un otro y su propio cuerpo; el deseo dirigido al progenitor es limitado por una renuncia a favor de una parte de su cuerpo (pene/falo). Una prohibición favorece la elección narcisista necesaria para abrir el campo del deseo hacia la relación con el Otro potencial, movilizado por las identificaciones que se desprenden de este paso, en sus diferentes niveles de modo ideal en el superyó y el yo. El factor fundamental para lo anterior, es el rol del complejo de Castración, siendo el eje ordenador de la dinámica, en tanto, la renuncia que moviliza, establece el sepultamiento como señalábamos.

El complejo de Edipo nombra para Freud un saber inconsciente, algo del origen, de la causa que es reprimido, entendiendo desde allí el trauma como una situación donde no hay saber y el sujeto llena ese vacío, inventa una historia explicativa de su tragedia. El complejo de Edipo instaura esa unión irremediable entre la ley y el deseo, pero nombra y metaforiza ese momento inaugural de la estructura. Por que se instaura esa ley, se sostiene una lógica y se desvela la estructura en juego.

Para Jacques Lacan el acto analítico o el analista en su posición debe ir más allá del Edipo, plantea en ese sentido ir del mito a la estructura. ¿Qué quiere decir esto?

Primero deberíamos señalar qué es más acá. Ese más acá se refiere a sostener al padre en su función idealizada, ese sueño neurótico que busca un imposible, la satisfacción total, el goce absoluto ubicado en el lugar del padre, padre de otro mito freudiano como es Tótem y tabú. Aquí ya tenemos dos mitos, el tercero es precisamente las pulsiones para Freud. Es decir, el mito en la obra freudiana cobra un lugar relevante y una función fundamental.

Ahora bien, existe la versión en donde el padre castra al sujeto, quitándole ese placer absoluto, eso lo refuta Lacan y señala en su seminario XVII que el complejo de Edipo es un sueño freudiano.

Edipo sería un mito en tanto articulación de un saber que intenta dar cuenta de la verdad del sujeto, la verdad de la pérdida de goce sustancial al ser hablante, el hecho de hablar nos desgarra los instintos. Es una construcción para explicar la función del padre en el sujeto, a partir de la función metaforizada por el mito. Lacan habla de la metáfora paterna que supone lugares en la estructura y no personajes de una novela, la novela de Freud.

Más allá de Edipo sería ir más allá de la neurosis, en tanto Edipo es castrado por querer saber toda la verdad. Tiresias le dice que no busque más, pero el quiere saber la verdad absoluta de su goce. Ese intento por saber toda la verdad le supone un castigo, es un intento de ir más allá de la castración, pues la verdad es no toda.

En este esfuerzo de dar con la estructura en juego, Lacan cree que la castración no es del padre prohibidor, sino del lenguaje, la hipótesis neurótica es atribuirle al padre ese hecho contingente, en el sentido contingente, de cada historia particular y cada significante en juego que se convierte en necesario para el sujeto y que no quiere ceder. Es esa ley simbólica que ordena lo real de la pulsiones, real sin ley para el goce.

Ahora bien, si Edipo quiere gozar es por que está prohibido, la prohibición genera el goce, el asesinato del padre no lo libera, es más bien una transgresión y la ley paterna se vuelca más fuerte -esa es la hipótesis de “Tótem y Tabú”-. El asesinato del padre es la condición de goce. La verdad es que no se puede gozar de la madre sin hacerse o deshacerse de la castración. No se puede acceder al lugar del padre sin pasar por la castración, la muerte del padre es representación de lo imposible de ese goce total inaccesible, pero por que se ha perdido se puede recuperar una satisfacción posible, el deseo reglado efecto de la ley: la ley del falo.

En ese sentido es que el padre ocupa el lugar de operador estructural, más allá que “papá causa del mal”. Sostener una exaltación al padre tiene como riesgo imaginarizar al padre y favorecer una psicología del sentido común o a su vez discursos apocalípticos, de lo mal que estamos sin padre –papá represor que pudiera ordenar la turba encriptada que reclama por sus derechos en la calle- o que piden el retorno del padre del sacrificio: discursos religiosos retrógrados moralistas (yahve del antiguo testamento), totalitarismos políticos, económicos o de cualquier tipo, etc..

Atribuir al padre la falta subjetiva es un mito neurótico como nos muestra Lacan, mito que idealiza al padre y le asigna la causa de su padecer. Precisamente el complejo de Edipo es la construcción histórica, metafórica y fantaseada con la que el neurótico cuenta en el origen de su falta, atribuyéndosela al padre, “el Edipo hace de la falta un hecho contingente histórico”[5]. En este sentido la metáfora paterna no tiene estructura discursiva, como sí la tiene el complejo de Edipo, la metáfora introduce el límite y es efecto del lenguaje.

Como señala el psicoanalista Alfredo Eidelsztein “la falta debe estar simbólicamente inscrita y anudada a la función de la ley, pero no se le debiera atribuir al padre, eso sería completar al Otro con un amo”[6]. En la neurosis se atribuye una causa contingente histórica vía el padre, a una dimensión de la castración estructural, efecto del significante, senda atribuida al padre en función de lo que hizo o dejo de hacer. Precisamente de este punto desea zafarse Lacan cuando propone un más allá del padre.       En este sentido se podría interrogar aquellos efectos acusados al declive del padre y otorgarle el estatuto que le corresponden en los términos señalados.

Como plantea Jacques-Alain Miller:

“El Edipo no es menos que Tótem y tabú lo que Kroeber llamaba <una historia novelada>. Los mitos freudianos del padre, el Edipo que Freud recoge de los griegos, como <Tótem y tabú> que inventa a partir de Darwin, son otros tantos cuentos hechos para novelar la pérdida de goce. Hubo entonces alguien que dijo de tu goce: <Eso es mío>, y que te lo robó para no devolverlo mas. Así, donde estaba el deseo de la madre, donde estaba el goce, advino el padre, que te lo arrebató”[7].

En este sentido es que Lacan propone una respuesta que de estatuto de estructura al Edipo, llevándolo más lejos aún al señalar que se puede prescindir del Padre a condición de hacer uso de él, es decir desconfiar del ideal. Para Eric Laurent esto “apunta a definir la actitud que conviene, desde el punto de vista del psicoanálisis, con respecto a los ideales, una vez que el plano de la identificación ha sido atravesado”[8].

El neurótico construye el mito del padre castigador y el síntoma es la escritura novelada de ese encuentro imposible con el goce. A su vez el perverso concibe que en su mito no requiere someterse al padre para gozar, pero su experiencia lo contradice, ya que requiere al otro testigo de su goce y, a su vez, su goce se agota en el ritual, hace su ley pero necesita una ley. Por último el psicótico es quien no ha podido escribir ese mito, queda en el vacío de saber que no regula el goce, estando sometido a los avatares de la pulsión.

En este sentido podríamos entender el mito como el modo de dar cuenta de lo real del goce y la castración, la manera de cubrir lo real de esa experiencia de la que no se puede decir nada, o mejor dicho, poder decir algo a partir del mito individual como plantea Freud en la Novela familiar de los neuróticos. Aquella tragedia, inevitable de recrear como lo muestra Edipo y que nos deslumbra o nos enceguece cuando damos con algo de esa verdad, pero por otra parte seríamos más ciegos si no buscamos ver más allá de nuestra neurosis.


[1] GARCIA GUAL, C. Introducción a la mitología griega. Madrid: Alianza, 2007.

[2] Ibid., p. 19.

[3] FREUD, Sigmund. Fragmentos de la correspondencia con Fliess, vol. I. B.A.: Amorrortu, 1950 [1892-99], p.307.

[4] Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños, vol. IV. Buenos Aires: Amorrortu, p.269.

[5] EIDELSZTEIN, Alfredo. Las estructuras clínicas a partir de Lacan, Vol.I. Buenos Aires: Letra Viva, 2008, p.67.

[6] Ibid, p.71.

[7] MILLER, Jacques-Alain. [ET AL.]. Del Edipo a la Sexuación. Buenos Aires: Paidos – ICBA. 2008, p. 19.

[8] LAURENT, E. ¡puede el neurótico prescindir del padre?,  en Del Edipo a la Sexuación. Buenos Aires: Paidos – ICBA,.2008, p.81.

Psicoanálisis y Filosofía

Rodrigo Bilbao

Psicoanalista

Psicoanalista, Socio de la ELP sede Madrid , Miembro de la AMPP. Doctor UCM. Docente Universitario

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