Filosofía y psicoanálisis

Género, ¿alienación o libertad?

María-Cruz Estada y Ángeles Palacio Psicoanalistas

Los psicoanalistas, como tales psicoanalistas, no nos ocupamos de decidir o juzgar sobre lo que las personas elijan, ni de opinar sobre nada fuera de la consulta, otra cosa será como ciudadanos. Nuestra tarea es escuchar y acompañar en la cura a las personas que han elegido algo para su vida y están sufriendo por las consecuencias de su elección… o de la que sus padres han hecho por ellos. Lo que propondremos aquí serán, pues, las reflexiones que nos planteamos a partir de nuestra clínica y las charlas con otros profesionales sobre demandas de cambio de sexo presentadas por padres y madres de niñas y niños, a veces bien pequeños.

Hoy día el discurso políticamente correcto es reivindicar la libertad para todos y en todos los terrenos. También en el sexual. Libertad para un yo que no debería confundirse con el sujeto de deseo inconsciente. A cualquier comentario que sea sospechoso de querer poner algún límite a la voluntad de goce, se le acusa de transfóbico. Pero nos gustaría no perder de vista que el psicoanálisis siempre fue subversivo y que no siempre es fácil situar lo que se trata de subvertir.

Hasta hace unas décadas no había vacilación, se nacía hombre o mujer[1] y a cada uno le correspondía una identidad con comportamientos, funciones y destino preestablecidos. Sexo y género son dos conceptos distintos pero que van asociados. El concepto de género apareció para intentar dar cuenta de lo que la biología y/o anatomía, se mostraban pobres para explicar. Así, el género con el que cada uno se identifique no tiene nada de “natural” —si bien la anatomía cuenta en algún sentido—, sino que será una construcción a partir del lenguaje, en concreto del significante que, siguiendo la teoría de Lacan, simboliza la falta y el deseo para ambos sexos: el falo.

Con la progresiva liberación de la mujer, con la lucha por sus derechos, el concepto de género abre una hendidura en lo establecido para describir, explicar, denunciar no solo la supremacía masculina, sino también la compleja relación entre los sexos y el reduccionismo que supone el sexo como categoría explicativa de valores, deseos, etc. Por eso, hablar de género fue en su origen una manera de reivindicar que las mujeres accedieran a ser ciudadanas de pleno derecho.

Ellas fueron las primeras en enunciar el malestar de lo sexual, que no es otro que el malestar del deseo. Si bien pensamos que el concepto de género nació para denunciar que el goce no se colectiviza, que no es universalizable, con el paso del tiempo esta denuncia ha sido tomada por otras identidades que luchan por ser reconocidas como transgénero, mientras que muchas de las primeras reivindicaciones de género se han quedado, paradójicamente, en intentos de colectivizar un goce y por eso nos preguntamos si hoy en día no será el género un concepto obsoleto para dar cuenta de la diferencia de los sexos.

El hecho de que seamos seres de lenguaje supondrá no sólo que el proceso de sexuación tenga que ver con la transmisión de los modos en que cada sociedad considere que se es hombre o mujer (modos de vestir, modulación de la voz y de los andares… etc.), sino también —y sobre todo— supondrá la transmisión de los equívocos sexuales de cada uno de los padres, los de la pareja formada por ambos y, en suma, lo no simbolizado por ellos en su proceso de sexuación. Eso será transmitido a los hijos a través del lenguaje y quedará ligado a la construcción que estos últimos hagan de su cuerpo y su subjetividad. Entonces, el sujeto del inconsciente se producirá para cada uno de un modo distinto a la hora de asumir un sexo y de desear.

Si bien Freud habló de una bisexualidad psíquica de base, y tuvo el coraje de mostrar ante una sociedad poco receptiva la importancia de la sexualidad del niño, o que comentó en sus primeros escritos el daño que hacía a veces a las mujeres el matrimonio y la maternidad, posteriormente pareció quedar atrapado en el pensamiento machista de la época. Por eso no terminó de desligar la división de los sexos de la cuestión anatómica, ni tampoco sacó fuera de la psicopatología el malestar de quienes no podían hacer corresponder sus deseos con la anatomía.

Lacan supera la referencia a la anatomía cuando hace residir la diferencia entre los sexos no ya en la morfología corporal, sino en la diferente manera de gozar, lo que supone un gran avance aunque no termine por completo de aclarar las cosas. Elabora así su teoría de la sexuación hablando de un lado hombre y un lado mujer, que las autoras de este texto prefieren denominar lado fálico y lado no-todo, puesto que tanto un hombre como una mujer pueden habitar ambos modos de gozar.

Sólo un apunte más desde la teoría para hacer una distinción entre el yo y el sujeto. El sujeto a partir de Lacan no podrá confundirse más con el yo, que tiene que ver con el sentimiento consciente de nosotros mismos. El sujeto de deseo será inconsciente y estará dividido por ser un efecto del lenguaje (y tendrá por lo tanto la influencia de lo cultural, social y del discurso que los padres van instilando en su oído). Es decir, que a ese nivel está sobredeterminado, no es libre. Por eso, porque es inconsciente, no podemos mandarle lo que ha de desear. Por eso, nuestro trabajo clínico empieza por acoger al ser humano que viene con los deseos que viene, y no con los que debería venir según patrones culturales, sociales o familiares. Pero estamos hablando del sujeto del inconsciente y del deseo inconsciente. Otra cosa serán las demandas de la persona, de su yo consciente, que pueden muy bien tener que ver con alienaciones a su medio social, con las modas o con problemas puntuales.

Pero más allá de la teoría psicoanalítica o de las costumbres, construcciones como homosexualidad, heterosexualidad, perversión van perdiendo vigencia, ensanchando o estrechando sus límites. Si por un lado el acabar con la rigidez de los modos establecidos —en particular el que la elección sexual ya no obligue a figurar en los tratados de psicopatología— supone un respiro para el desarrollo de cualquier ser humano, se nos plantean preguntas a partir de lo que escuchamos en la clínica sobre el sexo y su imposibilidad de normalización.

Cada demanda de cambio de sexo (como cualquier otra) habrá de ser escuchada una por una, intentando no quedarnos pegados a ninguna bandera, ya sea tradicional o progresista. Un ejemplo: se reciben en las consultas demandas de padres y madres cuyo niño o niña se siente en el colegio maltratado por sus congéneres y prefiere jugar con gente del otro sexo para evitarse problemas. Esto hace que a veces los mismos niños, o sus profesores, o la familia empiecen a apuntar si no se tratará de un tema de transgénero, cuando en realidad habrá que dejar que las cosas vayan reacomodándose. Diferente es el caso, por ejemplo, de quienes prácticamente desde que aprenden a hablar se han construido inconscientemente con un género distinto del anatómico, porque lo han hecho según el deseo inconsciente de uno de los padres, o contrariando la inclinación de uno de los padres. Pero ¿podemos hablar ahí de libertad de elección de sexo?

En tiempos en los que es fácil que la gente enarbole banderas en nombre de la libertad, tenemos que ser cuidadosos porque la elección de sexo no es algo innato, ni el resultado de una elección consciente, sino adquirido e inconsciente. Y esto no es un capricho. Tendrá que ver con los tiempos del primer momento de constitución del sujeto: la alienación. En efecto, al aprender a hablar, nos alienamos a los significantes que nos ofrece la amalgama de los discursos materno y paterno. Y esto no tiene nada que ver con que un niño o niña encuentre problemas para llevarse bien con la gente de su sexo, o con que un niño prefiera la ropa con la que visten las niñas o viceversa. Es decir, no porque un niño diga de pronto que quiere vestirse de niña y cambiar su nombre quiere decir que es transgénero. Habrá que escuchar lo que hay tras su demanda,  y si nuestra tarea no es la de orientar, tendremos que intentar sobre todo no desorientarle.

Habrá entonces que acoger en su singularidad a quien viene a consultarnos, dar un lugar a sus inquietudes y dejar el tiempo necesario para que en su discurso vaya tomando cuerpo su deseo inconsciente, independientemente de la adecuación de ese deseo con su anatomía, ayudando a esa persona a sostenerse en su camino singular.

Por otro lado, sabemos que una de las añagazas del discurso capitalista es hacernos creer que somos libres siempre que elijamos un producto que pueda ser objeto de consumo por una mayoría, y a veces el sexo se nos presenta como algo que puede elegirse, como una prueba más de la libertad de las personas, sin tener en cuenta lo que hemos explicado anteriormente.

La fantasía de libertad para elegir quienes queremos ser, generada en occidente por los últimos treinta años de bonanza económica, parece entenderse como el derecho a que no nos falte nada, lo que supone una confusión total entre el sujeto del inconsciente al que no podemos dirigir, y el yo consciente que confunde los deseos con las demandas taponadoras de una falta que constituye a todo ser humano.

A propósito de los llamados “transfóbicos”, ¿no podríamos mejor hablar de la inquietud que supone a quienes han construido su sexuación como algo compacto en torno al falo (y que se inquietan también ante lo femenino) el que dicha construcción se demuestre vacilante?

Si al inicio decíamos que el género con el que cada uno se identifique no es algo “natural”, sino una construcción a partir del lenguaje, ¿cómo entender la demanda de elección voluntaria de sexo en función del modo de gozar? ¿A qué tipo de ley y con cuanta crueldad se convocará para poder representar entonces el vacío de la Cosa? ¿No serán las operaciones en lo real del cuerpo el único modo que encuentran algunas personas para poder representarse el límite a su goce, la castración, siendo éste un modo metonímico de representar la falta?

Las reivindicaciones, por ejemplo del transfeminismo, suponen la abolición de cualquier control simbólico y adaptativo sobre los cuerpos, considerando al género como una muestra más de opresión. Pero ¿es la supresión de cualquier baliza simbólica lo que hará más libre al ser humano?

Difícil entonces el lugar del psicoanálisis. Nuestro trabajo de psicoanalistas será estar siempre atentos para escuchar la distancia irreductible entre los ideales y el objeto. Lo inatrapable del objeto lleva a veces a sacrificios inútiles en el cuerpo de las personas sometidas al discurso capitalista. Éste, aliado con frecuencia con el discurso de la ciencia, dirá: “Si es posible, si puedo pagarlo, ¿por qué no hacerlo?”

Y en cuanto al papel de un psicoanalista en todo esto, si la máxima del Derecho es “Vivir honestamente, no dañar a otros y dar a cada uno lo suyo”, quizá podríamos sugerir para los psicoanalistas: “Vivir honestamente no desorientando a otros, y dejar que cada uno pueda expresarse con el sexo que su inconsciente le manda”.


[1] Había también un porcentaje ínfimo de bebés que presentaban ciertas anomalías físicas que impedían hacer esta afirmación, casos que no incluiremos en este trabajo.

Filosofía y psicoanálisis

Ilustración de Juanma Samusenko

María-Cruz Estada y Ángeles Palacio

María-Cruz Estada es psicoanalista. http://www.psicoanalisiscotidiano.wordpress.com/
mcestada@gmail.com

Ángeles Palacio es psicoanalista. http://www.psicoangelespalacio.com/
angelespalacio@gmail.com

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