Psicología y educación

¿De qué género se sienten tus peluches, mi amor?

Carolina León y su hija Valentina Vergara Escritora y periodista

¿Qué pude aprender yo de género en mi pubertad y adolescencia? Nada. Lo básico. Ni siquiera lo sabía nombrar. Nacida mujer. Demasiado peluda. Un poco contestona. Más lectora de lo deseable. No me gustaban los tacones (ni siquiera me cabían). Que me vistiese como una señorita, quería mi abuela. Aprendí a maquillarme para ser gótica. Después lo olvidé mayormente.

¿Qué podría saber yo, salida de mi suburbio sevillano en los setenta, de los desafíos al género? Como tantas de mi generación, hice un recorrido pautado que ya asimilaba algunas de las conquistas de las olas feministas que me precedieron: estudia y conviértete en una profesional, compite en ese mundo, ahora somos iguales. En fin.

Hice todo eso -o lo intenté, eso es otra historia- y cumplí a lo largo de las décadas (hoy tengo 43) todos los mandatos asociados al género que se esperan de una cis-mujer. Me casé. Tuve hijas. Cuidé de todos. Dejé de hacerlo, pero eso también es otra historia.

Pero para cuando vinieron mis hijas al mundo, algunas nociones del asunto tenía. Han pasado once años desde que nació la menor. No hice nada explícito en cuanto a anular o neutralizar la asignación de género que le esperaba, salvo rebelarme un poco ante lo rosa. La llamamos Valentina y pasó la etapa «princesa Disney» de casi todas las niñas, aunque sin exagerar.

La principal diferencia entre ella y yo, entre su infancia y la mía, es el acceso a determinados referentes que hacen que, en estos momentos, se sienta atraída hacia los asuntos del género, hacia los desafíos a ese binarismo que sabe nombrar tan bien.

Nos pasamos noticias y datos, me enseña cuentas de cosplayers y youtubers, se siente como animalillo bien alimentado entre gays y transexuales. Sabe hablar de género de un modo que aún no está a mi alcance. Aun siendo una niña urbana de un rincón del sur de Europa, su tendencia y predisposición la hacen una pequeña portavoz de una legión que crece en el mundo, de chavales y chavalas muy jóvenes que ha decidido saltarse las imposiciones. «Desde pequeña me han impuesto roles de género y dos moldes, hombre o mujer. Cuando empecé a descubrir este mundo más allá de lo binario me interesó mucho», me dice en el parque en el que ensayamos una entrevista de periodista a sujeto, de madre a hija.

Hemos estado revisando recuerdos para acometer este texto. Podríamos situar el 2008 como el año en el que ambas consumían extasiadas ciertas series de Disney Channel. O 2009, o 2010… El caso es que se emitieron varias temporadas de un programa argentino llamado Patito Feo. Entre el montón de basura normativa que el canal era capaz de poner a disposición de las niñas (y los niños) del momento, esa serie me resultaba particularmente nociva. En algún momento, creí que eran lo suficientemente mayores para quejarme con ellas. No les prohibía nada, pero trataba de dialogarlo. ¿Por qué esas niñas tenían que competir de ese modo por los chicos? ¿Por qué siempre debían presentarse exquisitamente dispuestas como ultraféminas, por qué esta insistencia en el aspecto arrebatadoramente sexualizado en niñas que apenas tenían quince años? La excepción era, en todo caso, la Patito, que no hay que olvidar que se apellidaba Feo.

Las princesas y las patitos pasaron. En casa tengo una realidad nueva. Nueva y rica. Mis hijas han crecido, alimentadas de una sustancia que yo no tenía a mano. Se puede decir que son mujeres, pero bastante libres a la hora de performar como tales. De momento, Valentina lleva sus mallas y abrigo negros todos los días y se maquilla de Harley Quinn cuando le peta. Ambas son «millenials» y «nativas digitales» y tienen a su disposición una amplia variedad de referentes que ofrecen decenas de variantes de lo masculino a lo femenino y hasta lo que no se define, frente a lo binario. Hay una legión de ellas, decenas de miles, haciéndose las mismas preguntas. Y se muestran en redes, en lo público. E interrogan al mundo. Y cuestionan. Y se enfrentarán a rechazos y prejuicios, pero encuentran eco y comprensión en sus contemporáneas. Quizá, jamás han oído hablar de Judith Butler, pero están llevando las teorías de la norteamericana a terrenos jamás imaginados.

«Me gusta ver las diferentes opciones de los demás. La primera persona que dijo “yo no me siento a gusto con el género que se me impone” me parece que hizo un gesto muy desafiante». Su interés tiene unos pocos meses, suficientes con el ritmo al que suceden las olas. «Todas las posibilidades que se abren en cuanto a lo no binario…», me dice… Conocer a esas personas –ponerles favoritos, comentarios, subirles respuestas en vídeo– le ofrece un mundo.

Le digo, desde mi conocimiento superficial, que todo esto hace treinta años no se compartimentaba y caía dentro de lo «queer». Lo enredamos todo en nuestras conversaciones de cena: nos tenemos que ayudar de un vídeo que categoriza y separa conceptos, y nos es de gran ayuda. Por ello, hemos quedado que nos limitaremos a hablar de los «roles de género» (lo que impone la sociedad a las personas según el sexo en el que han nacido) o las «orientaciones de género» (lo que cada cual siente como su inclinación y así lo expresa en sus manifestaciones).

Por fuera de lo binario, existen otra docena de categorías dando vueltas por esas manifestaciones públicas. Como hemos decidido quedarnos en el asunto de la orientación de género, me instruye en las mismas: entre ellas el «poligénero», el «agénero», el «bigénero» o el «género fluido».

Yo las entiendo en esa rebeldía. O eres XY o eres XX. O te comportas como un hombre o te comportas como una mujer. El corsé del género es exageradamente estrecho, o lo es más desde hace un tiempo (les recuerdo que en los ochenta era popular la ropa unisex para niños y niñas), y todo ese mandato de belleza, qué hacemos con él. Sin necesidad de postestructuralismo, todo eso está en cuestión en estas generaciones. Además, por otro lado, dejarán de amar al otro sexo obligatoriamente y crearán una tupida red de relaciones desconocidas.

Lo que más me intriga es el mundo del género fluido, a ella también. Me explica que esas personas se sienten unas veces como mujeres y otras como hombres. Entonces se manifiestan, según los días, con unos atuendos o con otros. Aquí, lo sepan o no, le dan la razón a Butler y su performatividad.

Le pregunto: entonces, todo esto va, sin meternos en las transiciones, del sujeto decidiendo qué rasgos externos y qué comportamientos quiere mostrar al mundo, ¿no? Me explica: hay chicas que se compran unas bandas que les oprimen los senos y se visten como chicos; me cuenta de varios de estos complementos llamados «binders» y «bandages» (y pienso: ¡achtung! El capitalismo ha hecho acto de presencia otra vez, rellenando necesidades).

Mostrarse, decirse, explorar, enarbolar identidad… Todo aquello que no estaba en mi mano con doce ni con quince, por más que me gustase ponerme los trajes de mi abuelo. También existen aquelles que dicen no identificarse con ninguno de los géneros. De verdad que trato de entender, pero leemos una descripción de bigénero que dice que la persona que se identifica como tal se comporta de un modo u otro -de manera masculina o femenina- según los contextos:

Pero, digo: ¿no es esto lo que venimos haciendo las mujeres desde hace cuarenta o cincuenta años? Al haber abierto brechas cada vez más grandes en las posibilidades y en las elecciones, muchas mujeres han debido actuar como hombres en el espacio público y como mujeres en su espacio privado. Lo digo muy a la rápida.

Sí, otras experiencias y luchas identitarias han contribuido desde los años sesenta del siglo XX a allanar el camino para que podamos descomponer el género binario: o, incluso, verlo estallar como azotado por una explosión. Sí, también, la reacción sexista y homófoba está en clase, en profesores, en compañeros de trabajo o en familiares.

Pero ella respira otra cosa. Respira una libertad performativa nueva. Respira que nadie la obligue a ponerse falda o vestido. Que nadie le chiste por tener pelos en las piernas (afirma que nunca jamás se va a depilar). Respira afirmar con once años que no quiere tener hijos. Respira apropiarse de una expresión como «tomboy». Respira unos referentes y un lenguaje como no habrán tenido los gays ni las lesbianas ni las agénero del pasado. «Si no existiese la expresión género fluido y yo lo sintiese, no sabría qué me está pasando», sentencia.

Ni tú, ni el mundo a tu alrededor, pequeñe. El mundo encajonado, bipolar, cortocircuitado en lo que se espera de los XY y las XX. Los desafíos están siendo grandes, las conquistas pequeñas. Lo que no quita para que sus peluches estén recibiendo, me recalca, la misma cantidad de amor todos por igual, siendo de razas distintas. Una orca, una lechuza y un oso: son agénero, según ella. Su cama y los peluches que se lleva a dormir cada día conforman una sociedad perfecta de libertad e igualitarismo. Ella (o elle) es la que los cuida, aunque parece ser bastante recíproco el afecto.

Psicología y educación

Fotografía de Ana & Arth

Carolina León y su hija Valentina Vergara
Carolina León: Sevilla, 1974. Escritora y periodista. A punto de publicación su primer libro, Trincheras permanentes (Pepitas de calabaza).
Su hija Valentina Vergara: nacida en 2005, estudia sexto de primaria en un colegio de Madrid.

 

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