Psicología y educación

Géneros y sexualidades

Mónica Timón Herrero Psicóloga Clínica

Hablar de género parece que implique un posicionarse a favor de la mujer y en menoscabo del hombre (o lo masculino), aunque no estoy de acuerdo; hablar de género ¿es ser feminista?  Sí, si conlleva posicionarse a favor de la IGUALDAD, de considerar la diversidad existente en la manera de construirnos como hombres o mujeres o expresar nuestro género y sexualidad. Esto beneficia a todas las personas, seamos hombres, mujeres o expresemos nuestra sexualidad y/o género de una forma normativa (cisexual- no trans-, heterosexual) o no normativa (trans, pansexual, homo, bisexual, etc…).

No hay que obviar por ello que nuestra realidad histórica y social ha legitimado un discurso patriarcal que ha negado a la mujer, relegándola a una posición de subordinación y desigualdad respecto del hombre.

La identidad de género se construye, a través del sistema sexo/género, dentro de un sistema social que asigna un rol determinado a cada uno de los géneros, estableciendo una jerarquía entre ellos. Las mujeres aprendemos a identificarnos con determinados roles y valores que nos han sido asignados socialmente y a los que se asigna un menor valor que a los atribuidos al género masculino. Un modelo como este afecta directamente a todas las esferas personales, incluida la sexualidad. Inmersas dentro de este sistema, las mujeres hemos visto negada la expresión de nuestra sexualidad y la manifestación de nuestro deseo.

Pero, además, este discurso ha favorecido la implantación de una determinada manera de entender las relaciones entre los sexos. Se ha propiciado un modelo dominante sexista y heterosexista, un modelo que perpetua la vigencia de unos roles reduccionistas que coartan el libre desarrollo de la personalidad y de la sexualidad, tanto a las mujeres como a los hombres.

Fina Sanz (Psicoerotismo femenino y masculino, 1990, Kairós) destaca la importancia de la estructura socio-cultural, de los valores y estructura patriarcal, en las vivencias de ser hombre y ser mujer, y concretamente en las manifestaciones y vivencias eróticas. Así, nuestra cultura (judeo-cristiana) se caracteriza por:

  • La escisión entre mente y cuerpo, en la que no se establece una interrelación entre mente y cuerpo, valorándose un tipo de manifestaciones (las racionales) más que otras (las emocionales).
  • Se ensalza el dolor, se asocia amor/dolor, donde la intensidad del dolor se relaciona con la del amor o el dolor es considerado como una medida del amor. En esta dicotomía placer/dolor, el dolor es valorizado, si no pensemos en expresiones como: “sufro porque te quiero”, “quién bien te quiere te hará llorar”… y el placer está penalizado.
  • Miedo al placer (miedo, castigo, culpa…), miedo a la libertad, al no control, a la adicción/dependencia).
  • Patriarcal y falocrática, donde los genitales masculinos (pene y testículos), visibles al nacer, adquieren un valor simbólico de poder. El mantenimiento de esta estructura de dominación se realiza a través de incorporar esta estructura psicológicamente y de las relaciones sociales de dominación/sumisión (este ejercicio de la relaciones se ejerce en muchas ocasiones de forma extremadamente sutil y casi “imperceptible” al exterior, reproduciéndose incluso a nivel de fantasía).
  • Ha establecido dos formas de vivir el psicoerotismo. Hay diferentes formas de percibir el placer corporal, según momentos o circunstancias (los sentidos, la mente, las fantasías, el contacto físico…). Uno de los ejes en la construcción de la sexualidad del varón pasa por la relación con sus genitales, construyendo también su erótica a partir de ellos. El psicoerotismo masculino, la erótica masculina, es así básicamente genitalista, centrada en los genitales. Por el contrario, las mujeres construyen su sexualidad a partir de la represión de sus genitales, de la no visibilización; el psicoerotismo femenino desarrolla así una erótica más globalizadora, descentralizada de los genitales y vivida a través del cuerpo de una manera más difusa e integrada también con los sentimientos. Ambas vivencias (placer corporal y genital) forman parte de la erótica y sexualidad de toda persona, sin embargo nuestra socio-cultura actual las ha dividido, jerarquizado, de modo que habitualmente se entiende por sexualidad la genitalidad.

Pero además, y aunque no es mi objetivo centrarme ahora en cuestiones como la construcción de las identidades de género y de las identidades sexuales, es necesario profundizar en la relación que se ha establecido entre sexualidad y género. El patriarcado, categoría a través de la cual se explica la estratificación de la sociedad en todos sus subsistemas (económico, político, socio-cultural) y la división simbólica y empírica de la especie humana en dos géneros jerarquizados (lo femenino y lo masculino) con sus correspondientes e inamovibles roles, valores, estereotipos y normas de regulación de toda conducta, sobre todo la sexual, invisibiliza otras identidades de género e identidades sexuales no normativas.

La posibilidad/realidad de las diversidades de género, sexualidades (conductas y prácticas sexuales) y sexos es un planteamiento que, como mínimo, no nos ha de dejar indiferentes, a pesar de las problemáticas que, tanto a nivel práctico como teórico plantean, y en las que no entro en este momento.

Es necesario así analizar y debatir la relación entre los sexos en nuestra sociedad, poniendo énfasis en la diferenciación que se establece entre los comportamientos, conductas y valores constitutivos de la sexualidad masculina y femenina, que marcan claramente la construcción de la sexualidad de cada persona según el sexo y delimita las normas, pautas, prohibiciones o concesiones.

Los niños y niñas, los y las adolescentes construyen su identidad de género en esta cultura patriarcal. La transmisión de unos determinados modelos en relación a la sexualidad, como es la de basarla en una sexualidad genital, les puede llevar a no considerar de una forma global y completa su sexualidad, haciendo que infravaloren otro tipo de conducta y comunicación sexual que no sea la del coito.

Por otro lado, dentro de un modelo de sexualidad sexista, la transmisión de estereotipos diferentes (chico: agresivo, portador de la iniciativa…; chica: sumisa, amor romántico…) fomenta una determinada manera de ver y vivir la sexualidad y actitudes sexistas y discriminatorias que pueden dificultar a las y los adolescentes a conseguir la seguridad y la afirmación en este ámbito.

Por otra parte, el modelo vigente, que comporta asociar sexualidad con heterosexualidad, hace que todavía se creen falsos estereotipos sobre los “gays”, bisexuales,“lesbianas”… y actitudes de rechazo e incomprensión. Aspectos que desde a la escuela se han de ir trabajando y educando, favoreciendo así actitudes de comprensión y respeto hacia la diversidad en el modo de vivir la sexualidad y las relaciones interpersonales.

Hemos de reflexionar sobre la sexualidad desde una perspectiva que contemple las diferentes formas de construir y vivenciar las diferentes identidades de género y sexuales, siendo conscientes de la gran complejidad del tema y la multiplicidad de variables que interaccionan.

La sexualidad no tiene únicamente una dimensión física y psicológica sino que en su construcción intervienen aspectos culturales, religiosos, éticos, políticos, sociales…; un amplio y complejo entramado de discursos, tanto explícitos como implícitos, muchas veces contradictorios.

En el tiempo actual y en nuestra sociedad, la sexualidad es aún un tema controvertido. Sobre ella pesan las prevenciones, miedos, prohibiciones, normas, valoraciones y tabúes que en generaciones anteriores constreñían la sexualidad, convirtiéndola en un tema silenciado del cual no se podía hablar, que era potencialmente peligroso y muchas veces transmitido con sensaciones de culpa y de miedo.

Esta situación, vivida no hace tantos años, ha sufrido una transformación. En nuestro país, que tuvo el agravante de la dictadura franquista, en las últimas décadas la sexualidad ha pasado de ser un tema perversamente secreto a hablarse de ella en todo momento con multiplicidad de voces y mensajes.

Los mensajes oficiales pedagógicos de la escuela y los mensajes sociales que continuamente bombardean a niños y niñas, chicos y chicas, muchas veces son contradictorios, impermeables los unos a los otros y paralelos. Pero no sólo eso. Dentro de los discursos sociales de fuera de la escuela, las contradicciones, las diferentes concepciones sobre la sexualidad, los diferentes valores o contravalores que se asocian están en terrible y confusa mezcla.

Muchas veces se habla de sexualidad sin tener en cuenta que estamos hablando de algo intrínsecamente nuestro, convirtiéndola en un tema más sobre el cual informar de forma aséptica, científica, fría, descriptiva, o sobre el cual se ha de “adoctrinar” o “moralizar”, transmitiendo las conductas, actitudes y sentimientos que, en un momento determinado, se consideran adecuados y que se pretende que el alumnado internalice. ¿Se puede enseñar sexualidad como se enseñan otras cosas en la escuela? Esta es una pregunta que considero muy importante. Seguramente todo el mundo compartiría que no es lo mismo hablar de historia, de matemáticas, de literatura, de arte… que de sexualidad. Cuando hablamos de sexualidad hablamos de nosotros mismos, de nosotras mismas como personas, de nuestras experiencias internas y externas, de afectos, de emociones, de transformaciones físicas, de sensaciones…

A pesar del “proceso de normalización” de la sexualidad, aún hoy en día, frecuentemente se pueden apreciar, en su tratamiento, los siguientes aspectos:

  • El tratamiento de la sexualidad como algo “problemático”. La sexualidad está altamente asociada a un problema a resolver, sobre todo cuando se hace referencia a la sexualidad de niños/niñas y adolescentes. Desproblematizar la sexualidad sería un buen paso para que sea vivida de forma integrada en cada uno de nosotro/as.
  • La clara diferenciación entre los comportamientos, conductas y valores constitutivos de la sexualidad masculina y femenina.
  • La contraposición de valoraciones que recibe la sexualidad. Desde la censura,  la prohibición, la culpabilización, el miedo…. a su banalización, sobrexposición, exhibición constante o exaltación.
  • La invisibilización de identidades de género e identidades sexuales no normativas.

Psicología y educación

Fotografía de Ana & Arth

Mónica Timón Herrero

Coordinadora del Grupo: “Sexualitats, afectivitats i dones” de la Sección “Dones, Géneres i Diversitats”

www.monicatimon.com
psicóloga.monicatimon@gmail.com

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