Política y Social

Insight: De cómo entré en el Movimiento Feminista a través del Movimiento Centrífugo

Minerva Mariño Sexóloga

Nadie te lo explicará al nacer, pero pasa más o menos así:

Si eres hombre, te irás dando cuenta, poco a poco, de que has nacido respaldado por la confianza. Se espera de ti que seas un campeón. Podrás jugar, armar, desarmar y a conducir, serás libre de correr y gritar (aunque no de llorar). Te convertirás en el caballero y príncipe victorioso de las batallas, mirarás entre tus piernas y notarás que podrás conquistar el mundo o derrotar dragones con esa espada rígida que traes incorporada. Un día te darás cuenta de que tienes el privilegio de vestirte como quieras, salir con quien desees, sin importar la hora que vuelvas y sin que eso ponga te ponga en riesgo a ti o a los cimientos de la sociedad. Tendrás poder.

Si naces mujer, te intentarán encasillar desde el minuto con uno con un vestido rosa (en sentido figurado y/o literal), jugarás a cuidar y a atender, te contarán la historia de una doncella hermosa (en la que seguramente te querrás convertir) y la de una pobre niña que se perdió en el bosque maldito por no seguir el camino adecuado. Te sentirás oprimida estéticamente toda la vida, y habrá una constante amenaza de etiquetarte con adjetivos peyorativos según la ropa que uses, no podrás ir sola porque te dirán que eres el débil objeto de deseo, mirarás entre tus piernas y no encontrarás nada, pero tu instinto te dirá que hay algo, así que te tocarás, y en ese momento, una mano controladora te dirá ¡NO! Un día descubrirás que no puedes hacer lo que hacen los hombres, porque tienes otro sitio asignado.

Y entonces, aunque nadie te haya explicado que hay una estructura, ya formas parte de ella. El mundo, tal como lo conocemos hoy, funciona gracias a un sistema que se ha ido delineando poco a poco. Un sistema que, a lo largo de la historia, se ha construido para garantizar la productividad, la seguridad y la reproducción de la especie, pero sobre todo para asegurar la continuidad del control.

El movimiento feminista tiene como objetivo conseguir la igualdad política, cultural, social y económica entre hombres y mujeres.

Simplemente busca que, al nacer, niños y niñas tengan las mismas reglas del juego y puedan convertirse en adultos con las mismas oportunidades y libertades.  Es decir, busca cambiar esta estructura desigual, para que ambos sexos tengan los mismos derechos y deberes, a pesar de que su biología sea diferente.

 El Movimiento centrífugo tiende a alejar los objetos del eje de rotación.  Centrífugo significa que “se fuga del centro”

Mi lugar, como el de todas las mujeres de mi generación estaba en el lado rosa del mundo, las veces que intenté cruzar la frontera (jugando a los cochecitos cuando era pequeña, vistiéndome de manera menos femenina al crecer, o experimentando con mi sexualidad en la adolescencia) obtuve la etiqueta de “machorra”, “puta”, “rebelde” y otras tantas que intentaban reconducirme a un camino que instintivamente me negué a seguir.

El movimiento centrífugo es solo la inercia de un cuerpo en movimiento

Ese era el movimiento que me impulsaba.  Por pura inercia, necesitaba alejarme del centro del control. Andar fuera del camino del bosque y descubrir por qué era maldito.

En aquel momento, en el que nos habían inculcado que éramos frágiles y vulnerables y que todas las mujeres éramos rivales, encontré una amiga que me enseñó lo que era la sororidad sin que se hubiese acuñado aún el término. Se llamaba Berenice y sin saberlo, me abrió las puertas al feminismo.

 En física un movimiento es el estado donde un cuerpo cambia de posición en el espacio.

Según el canon patriarcal Berenice era grotesca, tosca y ordinaria, tanto en gestos como en fisonomía, sus pechos eran amorfos y le produjeron un gran complejo a lo largo de su vida, sus labios, extremadamente grandes corrompían la forma natural de su cara, pero yo siempre pensé que invitaban al beso.

Nuestros cuerpos buscaron desesperadamente cambiar de posición en el espacio predefinido que nos había adjudicado.

Ella era un par de años mayor que yo, y si el alma existe, seguro que la suya era anciana, en fin, que sabía latín y yo era muy inocente.

Berenice lo descubrió primero, no contaré como lo hizo, pero me explicó que teníamos una protuberancia maravillosa entre las piernas que con solo tocarla podíamos parar el movimiento del mundo.

Se convirtió en nuestra contraseña: “CLI”

Lo usábamos a sabiendas que casi nadie sabría el poder oculto que teníamos, cuando algo era divertido, o nos sentíamos ganadoras decíamos nuestra palabra. Cuando nos gustaba un chico o queríamos rebelarnos contra nuestros padres o maestros repetíamos “CLI” para nosotras era el verbo del poder, la felicidad y el inconformismo.

No sabíamos que aquella pequeña montañita a la que llamábamos Clítoris, en realidad era solo su glande.

En aquel momento de nuestras vidas, y en aquella época de la historia, nadie nos dio el derecho político ni físico de conocernos, ni nos concedieron el beneficio de saber lo que era el placer en igualdad de condiciones que el hombre. Porque eso, obviamente no le convenía al sistema patriarcal.

Tener entre las piernas algo más poderoso que un pene eréctil, no es políticamente correcto en un sistema estructurado por y para hombres. La capacidad del falo de penetrar y colonizar no podía verse mermada por aquel trozo de la anatomía femenina, así que, ya que la naturaleza lo colocó en ese lugar estratégico, la estructura dominante lo relevó al estatus de “pene atrofiado” o coloquialmente “simple trozo de carne sin función específica que no se debe tocar y además es feo”.

De ahí que la historia, la literatura, la medicina, las ciencias y las religiones borraran del mapa la existencia de tal órgano.

En el año 1998 una doctora, frustrada por haber reprobado un examen de anatomía, investigó a fondo el clítoris y la vagina, los resultados de sus estudios salieron a la luz en el año 2005[1] y fue entonces, cuando supimos que debajo de ese pequeño montículo oculto entre nuestros labios vulvares había toda una estructura diseñada para proporcionar placer.

En la mecánica newtoniana la fuerza centrífuga aparece cuando se describe un sistema de referencia en rotación.

Pero aún hoy, trece años después, de que Helen O´Connell haya publicado sus conclusiones, los libros siguen dando información errónea: las niñas aprenden en el colegio que tienen un útero para albergar a un bebé, punto.  ¿Por qué nadie les dice que es la base del clítoris lo que forma la vulva y la vagina? ¿Que ese órgano está para dar placer y que sólo con su estimulación se consigue el orgasmo? ¿Que lo que se llamaba orgasmo vaginal no existe y que se trata de la estimulación de los cuerpos cavernosos del clítoris a través del interior de la vagina? ¿Por qué aun no manejamos toda la información? Quizás porque aún no somos lo suficientemente fuertes.

Para conseguir igualdad hay que empezar por equiparar nuestras funciones, que quede claro: ambos (mujeres y hombres) tenemos un sistema que es reproductivo y de disfrute sexual a la vez.

El autodescubrimiento, el autoconocimiento y la autoaceptación son las herramientas reales que permiten y están permitiendo a la mujer empoderarse. Parece que finalmente hemos quitado el velo de ignorancia que cubría la anatomía femenina y que nos mantuvo machistas por muchos siglos.

Todo eso lo sé ahora, pero tuvo que pasar mucho tiempo y muchas lecturas de teorías feministas y estudio de género, para que yo descubriera lo que es el movimiento feminista y me sintiera identificada con él, para que entendiera la importancia de sabernos mujer más allá de nuestro conocimiento de la propia morfología genital y para que pudiese hilarlo con mi descubrimiento del orgasmo.

¿Sabes por qué me costó tanto tiempo entenderlo? Porque en esto, como en todas las leyes de la física que rigen a los movimientos existe una máxima: divide y vencerás.

La distorsión de la propia definición del feminismo nace en la hegemonía machista (no conseguimos ponernos de acuerdo en lo que es la igualdad, en qué derechos queremos o cuales reclamamos, en el tipo de lenguaje que debemos usar) y con ello, lo siguen consiguiendo: Nos mantienen débiles, haciéndonos juicios entre nosotras, etiquetándonos de buena o mala feminista, juzgándonos.

Ahora mismo somos lobas solitarias que han encontrado su instinto[2] pero necesitamos unirnos y ser tolerantes, mirarnos entre las piernas y comprobar que tenemos tanto poder como aquel niño que descubrió que venía con una espada incorporada de serie.

El feminismo ha estado siempre en constante movimiento. Es momento de que vayamos todas en la misma dirección: inclusión, aceptación y tolerancia.

El movimiento centrífugo alude automáticamente a la fuerza centrífuga y a la centrípeta

Pero esta historia no es un ensayo teórico de género, es la historia de mi momento, de mi Insight, ese instante en el que todo cobra sentido, de cómo internalicé, comprendí y entendí mi poder como mujer, me hice feminista y definí el sitio que quería ocupar dentro de la sociedad.

Es el relato de cómo descubrí que no solo podía sentir placer, sino que tenía tanto derecho a sentirlo como los hombres, os explicaré ese breve segundo en el que cobró sentido la idea de que podía y debía hacerme cargo de mi propia sexualidad, experimentar y conocer sin ser por ello una “puta” o una “guarra”. Fue fugaz, pero cambió por completo mi vida.

En aquellos años a pesar de que Berenice y yo luchábamos en contra, el mundo se empeñaba en decirnos que no éramos igual a ningún hombre, se supone que no sentíamos necesidades como ellos (y si las llegáramos a sentir deberíamos avergonzarnos de ellas), no teníamos derecho como ellos a tocarnos, y mucho menos en un futuro a echar un polvo de una noche sin implicaciones emocionales.

Pero saberme poseedora de un clítoris y aprender a usarlo me dio la seguridad para decirle al mundo que se equivocaba y fue la física, específicamente el movimiento centrífugo en su definición absoluta, quien propició este hallazgo.

A diferencia de la fuerza centrífuga la fuerza centrípeta es un movimiento real con una velocidad uniforme y una trayectoria circular.

En algún día de mi temprana adolescencia, me atreví a practicarlo. Tal como me había explicado Berenice, me senté desnuda sobre la vieja lavadora de mi casa durante el lavado, mis nalgas sobre el metal frío se contrajeron, pero sirvió para despertar mis sentidos y mis pezones. Con el frenesí giratorio encontré el eje de mi propio movimiento, constaté que hasta la palabra masturbar (referida turbarse o violentarse con la mano) estaba diseñada por y para ellos desde una perspectiva moral, porque solo necesité un dedo, me digiturbé, o mejor dicho digité mi clítoris[3].  Y Así, mientras la ropa se despojaba del agua sobrante con una velocidad de mil revoluciones por minuto, yo me despojé de los prejuicios, el miedo y la culpa que me habían oprimido. En un solo instante, en un solo segundo, todo cobró sentido.

El movimiento paró cuando el mundo se detuvo en forma de orgasmo.

La física cuántica no es determinista como la física clásica o newtoniana, son un conjunto de teorías que describen cómo funciona el mundo a escalas muy pequeñas y cómo estos efectos desafían al sentido común y a la imaginación.

Siempre me ha llamado la atención la física, puedo ver documentales enteros de teorías que me interesan, pero soy incapaz de entenderlos. Me maravilla el movimiento como atributo natural de un cuerpo.  Desde mi ignorancia, creo que un orgasmo no se podría explicar con física newtoniana, creo que corresponde a la física cuántica, porque solo así podríamos entender esa explosión de tiempo-espacio en el que estas dentro de tu cuerpo y fuera a la vez, en el que sientes profundamente y dejas de sentir por instantes, en el que estás más viva que nunca, pero mueres por segundos.

Quiero pensar que mi Insigth feminista fue ese, porque descubrirnos, masturbarnos y estimularnos, es lo que nos hace tener poder sobre nuestros cuerpos y entender que podemos romper la barrera establecida para conseguir igualdad.

El orgasmo es un instante que se consigue con el movimiento. El movimiento, sea centrífugo, vibratorio o el proporcionado con nuestros dedos nos acerca al movimiento feminista.

[1] En el año 2005 probablemente tú ya tenías un smartphone en la mano, la medicina había conseguido hacer un trasplante entero de cara y experimentaba con el ADN para modificar genéticamente a bebés. Pero no sabíamos nada del clítoris.

[2] Según Clarissa Pinkola Estés, autora de “Mujeres que corren con los lobos” tenemos una fuerza poderosa de manera instintiva que nos lleva a buscar esa igualdad y a romper con la sociedad que nos ha encasillado en un rol sumiso.  Sus relatos plantean un punto de vista muy interesante.

[3] Los antiguos griegos tenían una palabra más adecuada:  kleitoriazein

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Obra de Belen JFP
@belenjfp

 

 

 

Minerva Mariño

Sexóloga

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