Arte y cultura

La creatividad es otra cosa

Carlos Atanes Cineasta y dramaturgo

Joseph Beuys pregonaba que todos los seres humanos somos artistas. Cierto, lo somos. Yo mismo, por recurrir a un ejemplo cercano, hago unos rulos con los tubos dentríficos que no desentonarían en las paredes del Louvre. Pero la aseveración de Beuys es solo cierta en parte. Lo es porque se deriva una visión evacuatoria de la creatividad: generamos creaciones en nuestro interior que luego expelemos con idéntica espontaneidad con la que nos desprendemos de los fluidos y desechos corporales. Como hojuelas de caspa se nos desprenden los versos. Eso nos iguala a todos, en cuanto la naturaleza ha hecho comunes las funciones estándar. Es decir, no creo que haya excepciones, dado que tratamos con los inapelables imperativos del metabolismo.

La diferencia entre un tipo de excre(a)ción y otra estribaría, o podría estribar, en la atención que le prestemos. Creo que Beuys intentaba animarnos a adquirir autoconciencia de nuestras facultades inherentes y a no tratar los frutos de nuestra creatividad con el desdén con el que vaciamos la cisterna. Luego no vale quejarse. Es que yo no soy creativo, a mí no se me ocurre nunca nada. No, oiga. Usted es un artista, como yo y como Piero Della Francesca. Usted no es una medusa, usted posee un cerebro. Y a poco que se fije reparará en que su cerebro no descansa nunca, está amasando imágenes, sonidos, dudas y recuerdos permanentemente. Lo que pasa es que no toma nota. Lleve  siempre consigo una libretita y un lápiz ⏤sí, un lápiz: los alevosos bolígrafos pueden mancharle de tinta el bolsillo⏤ y apunte cualquier ocurrencia que le resulte sugerente. Y luego trabájela en la quietud del hogar. Seguro que tirando del hilo, juntando esto con aquello, descartando unos aspectos y modificando otros, invirtiendo algo de tiempo y dedicación, dará con algo nuevo y simpático, ya sea un auto sacramental o un tapetito floreado para colocar encima del radiador.

Pero como dije antes, esto es solo una parte. Una parte que suena bien. Una parte divertida, terapéutica y que refuerza la autoconfianza. Lamentablemente no deja de ser una sinécdoque. Y una sinécdoque, si nos ponemos taxativos, no por bienintencionada deja de ser una mentira. Si buscáramos un símil en la actividad reproductiva, por ejemplo, lo descrito hasta ahora nos remitiría al acto de Onan, que derramaba en tierra para no dar simiente. Lo que, seamos realistas, no contribuye de forma evidente a la reproducción de nada. Los motivos por los que Jehová fue después tan duro con él se me escapan, pero que lo fulminase de inmediato en vez de martirizarle con una pesada exégesis trufada de ingenuidad cursi y de cinismo de autoayuda evidencia una vez más Su Infinita Benevolencia, virtud de la que sospecho carecen quienes ejercen el proselitismo de una creatividad que vendría a ser de chicha y nabo.

Recientemente se ha celebrado el fin de rodaje de La muerte de don Quijote como una proeza de la perseverancia. Tras diecisiete años de reveses ⏤bastantes más, si empezamos a contar desde el instante en que alumbró la idea de realizar esa película⏤, Terry Gilliam ha demostrado tener una fuerza de voluntad a prueba de tuneladoras. Y, por supuesto, jamás se me ocurriría restar un ápice de mérito al hombre a quien profeso y profesaré devoción eterna por haber hecho Brazil. Pero el caso me viene que ni pintado para aclarar lo siguiente: su hazaña es creatividad. Tal cual, sinónimos. No es tan hazaña. Es decir, es una hazaña solo en la medida en que la creatividad siempre es una hazaña.

La reproducción no se acaba en el coito. Si de reproducir se trata, al coito han de sucederle una fecundación, una gestación, un parto… Y si me apuran, hasta una crianza. Y sí, bien puede ser una hazaña tener un hijo. La exposición de tamaña obviedad casi resulta ridícula. Sin embargo, en lo relativo a la creación artística, lo que ha venido imponiéndose en la plaza pública es una versión romántica de los hechos que podríamos calificar de eyaculatoriocéntrica, según la cual la creatividad consiste en un mero acontecimiento cerebral, una especie de géiser de la mente ⏤cuyo caudal, eso sí, podemos incrementar con esmeros⏤ que expulsa al exterior las elaboraciones de nuestro mundo interior. Lo que viene después se nos presenta como un proceso exógeno, prosaico y sobrevenido. Una molestia de la que más valdría librarse. Pero lamento tener que desilusionar a quienes se las prometan tan felices. La verdad es muy distinta.

El mundo exterior, la realidad sobre la que vertemos eso que doy en llamar excedente mental, es una gran bola rocosa formada por el duro granito de los prejuicios y los intereses humanos. Y es tremendamente renuente a las modificaciones. La creatividad consiste en hacer mella en esa bola y en incrementar su masa total con nuevas aportaciones. Es un trabajo que requiere, de entrada, picar piedra, barrenar y evitar derrumbes.

Un momento. Pero ¿es que la creación artística puede alterar la realidad? Me asombra la pregunta, y eso que me la he formulado a mí mismo. Es una pregunta ociosa. Por pequeña que sea, toda nueva aportación al acervo cultural común transforma la realidad en alguna medida. Hasta la más humilde balada modifica la percepción que el oyente tiene del mundo. Sumemos todas las creaciones y todos los receptores y obtendremos una transformación global y constante.

Los cajones de los escritorios de este planeta están llenos de novelas, guiones y dramaturgias acabadas o a medio escribir, algunas geniales, que jamás verán la luz. En el mejor de los casos, tardarán años, cuando no lustros, en llegar al público y, aun así, en su inmensa mayoría pasarán desapercibidas. Solo un ínfimo porcentaje recorre un trayecto breve entre su primera plasmación en papel y su entrega al lector o al espectador. Paradójicamente, además, este mínimo porcentaje no acostumbra a estar formado por textos completados en origen. Por lo general, por no decir en la inmensa mayoría de casos, los productos más difundidos, los que recorren una vía de acceso más rápida hasta el espectador, los de consumo masivo, no recorren eso que comúnmente se consideraría el itinerario lógico de idea / desarrollo / producción / difusión, sino otro más contraintuitivo: idea / producción / desarrollo / difusión. O incluso este: producción / difusión / idea / desarrollo.

La gesta de Terry Gilliam no es excepcional. Tampoco lo es la espera de diecinueve años que mantuvo Philip Gröning hasta que le permitieron entrar a grabar en la Grande Chartreuse. No son excepciones, son la norma. Casos famosos entre millones de casos menos famosos o por completo ignorados que nos abren una ventana a la normalidad: la creatividad como combate. Una épica que tiene poco de lírico. Que comprende, sí, pero anecdóticamente, el soplo afortunado de la inspiración y su elaboración, placentera a veces, a veces no. Pero que se extiende desde ahí a una larga y persistente lucha por modificar una realidad empeñada en ponerlo siempre todo en contra: la naturaleza esquiva del dinero, la estrechez de mira de los intermediaros, los prejuicios del público, la poderosa atracción de los caminos trillados, las impermeables endogamias, las más inimaginables perrerías del azar. Es ingenuo pensar que la propia obra, y hasta el propio autor ⏤y por tanto, cerrando el bucle, otra vez su obra⏤, no sufren una severa transformación (creativa) a lo largo de esa interminable sucesión de galeradas, entrevistas, rechazos, esperas, negociaciones, concesiones, revisiones, correcciones, traducciones, desprecios, apatías, vacíos. Tan ingenuo como pensar que esa interminable sucesión de eventualidades no es más que un correlato del acto creativo.

Eso podría haberlo hecho yo. Claro que sí. Es una frase recurrente en las exposiciones de arte contemporáneo. Bien, hágalo. Seré el primero en aplaudirle. Tenga una idea y realícela. O sea, conviértala en algo real. Expóngala y, sobre todo e inevitablemente, exponiéndola expóngase. Expóngase y aguante el chaparrón. Insértela como una cuña en una grieta de la realidad y busque un martillo bien gordo con el que hundirla lo suficiente como para que no se caiga sola en cuanto se dé media vuelta. Eso podría haberlo hecho yo. Desde luego. Todos podemos dar un paso hacia el precipicio. Es tan sencillo como mover un poco un pie hacia adelante, ¿no?

Quizá se le ocurra amontonar pilas de fieltro porque usted también puede hacerlo sin necesidad de que antes le derriben junto a su Stuka en Crimea, como le ocurrió a Beuys ⏤si no le hubieran derribado entonces probablemente tampoco hubiera tenido la ocurrencia de llenar las galerías con pilas de fieltro⏤. Naturalmente no es condición sine qua non para hacer arte haber sido antes piloto de guerra o funambulista. Pero de todas formas deberá desechar la idea a no ser que solo aspire al título de persona que también amontona fieltro. La casilla apilar fieltro está ocupada desde hace muchos años. Como otras muchas casillas. La creatividad tiene bastante que ver con encontrar casillas desocupadas y escasamente con limitarse a copiar.

La creatividad no es un proceso mental delimitado de ingesta, transformación y regurgitación. Es un interminable devenir vital, continuo, prosaico y vulgar, aburrido y con frecuencia doloroso, solo excepcionalmente divertido, que surge de y se construye sobre la frustración y la incertidumbre, tanto en un sentido actual como acumulativo: una obra se construye también desde las frustraciones e incertidumbres que estimularon y a su vez fueron desencadenadas por las tentativas, las obras y el recorrido de las obras anteriores del mismo autor. No es una batalla, es una guerra de desgaste contra los miedos propios y ajenos. Por eso no se tardan seis semanas ni seis años en escribir una novela, se tarda siempre toda una vida. Seis semanas o seis años es solo el tiempo que se emplea en emborronar las hojas en blanco. O en colorear un cuaderno de mandalas.

Conforme, no es un discurso demasiado estimulante. Subamos las persianas. Retornemos a Beuys: todos somos artistas. No importa cuán oscura sea la noche, el sol siempre acaba saliendo. La buena suerte existe. Somos guapos. Crear es un placer. Y los miedos están en nuestra cabeza. Concluyamos pues la arenga con una cita alentadora de Van Gogh:

«Si escuchas una voz en tu interior que dice no puedes pintar”, pinta y la voz será silenciada.»

©Carlos Atanes
Junio de 2017, Madrid

Arte y cultura

Ilustración de Juanma Samusenko

Carlos Atanes

Cineasta, dramaturgo y experto en magia sexual (no se ha iniciado en ninguna sociedad secreta, pero si lo hubiera hecho tampoco lo diría). Diestro en el tiro con arco aunque hace veinte años que no practica. Colecciona libretas que no usa, le gusta el potaje y posee una web oficial, www.carlosatanes.com permanentemente actualizada.

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