Arte y cultura

La experiencia aumentada6 min read

Adrián Pinar0 min read Director de Microplán Madrid

«Mézclanse lanas diversas en el telar de la vida. Unas de color alegre; otras que, tristes, lastiman. Así hice que dijera Petronila, uno de los personajes de La huerta de Juan Fernández, comedia que me publicaron allá, en 1626, aquí, en Madrid. Y así digo yo, y daré razón ahora de mis palabras.

Pero perdonen que diga y diga y no me presente ni presente mis respetos. Doña Lenka y vuesas mercedes, sean bienvenidos al que fue mi hogar. Yo soy Fray Gabriel José López Téllez, conocido por los siglos como Tirso de Molina, y si colocan frente a mí su dispositivo móvil, podrán ver la celda conventual en la que tantos desvelos ocupé escribiendo comedias, dramas y poemas. Precisamente en aquel rincón pueden observar mi recado de escribir…»

Lenka llegó hace tres días a Madrid desde su ciudad natal, Bratislava, y ya ha visitado la Casa Museo de Lope de Vega en el de las Letras. En el que fue el despacho del Fénix de los un tintero, una pluma y papel del siglo XVII, así que decide rodear al holograma de Tirso de Molina por la derecha en vez de hacerlo por la izquierda en dirección al escritorio del fraile, como el resto del grupo, y superpone su teléfono inteligente y blando a la ventana de la celda. Lo estira y ajusta hasta que la aplicación de realidad aumentada le ofrece una vista a su gusto del entorno tal y como era en 1626. Sendas flechas le indican que también puede asomarse a 1766, 1836 y 1940. Así lo hace y descubre primero los cambios en el caserío y el empedrado de las calles circundantes producidos en el s. XVIII, después el aspecto original de la plaza cuando se crea mediante el derribo del convento de la Merced, hogar madrileño de Tirso de Molina, por la desamortización de Mendizábal en el s. XIX , por último, en la vista de la fecha inmediatamente posterior a la Guerra Civil Española, el cambio de nombre del espacio, que había sido inaugurado como plaza del Progreso y pasó a denominarse entonces plaza de Tirso de Molina.

Diferentes figuras relevantes de cada año señalado, etiquetadas con su nombre y datos biográficos esenciales, aparecen en la pantalla del móvil de Lenka. Vuelve a la vista de 1766 y chatea con el avatar de Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, sobre el famoso motín del que este fue protagonista paciente. A Lenka le interesa la vida cotidiana del Madrid de la Ilustración. Se licenció en Sociología y Sociocibernética hace dos años y está cursando el doctorado. Su tesis será un estudio comparado de las estructuras sociales generadas como consecuencia de la absorción de las ideas ilustradas por el ciudadano medio de distintos países europeos, incluido España, en la segunda mitad del siglo XVIII, y de las estructuras sociales presentes en esas mismas naciones como efecto de la participación de ciudadanos equivalentes en la lucha política a través de internet en la primera mitad del siglo XXI. A la tercera , formulada de diferentes maneras, el marqués contesta: «Lo siento, Lenka, no puedo ayudarla. Marcos estará encantado de resolver todas sus dudas».

La turista eslovaca levanta la cabeza y busca a Marcos, el guía humano. Lo localiza a la cola del grupo de ocho personas que sigue a Tirso de Molina en fila india. Imagina que están atravesando un pasillo virtual del antiguo convento. Mientras se acerca a Marcos, Lenka silencia al escritor y activa la opción de reconocimiento de voz en la aplicación de traducción simultánea que le ofreció la organización cuando se apuntó a la actividad. Obtiene la respuesta que el marqués no le ha sabido dar acerca de las bebidas de consumo habitual entre los madrileños del siglo de las Luces: «Chocolate, granizados, y empezaba a popularizarse el agua de cebada. Ahora hay microcervecerías en Madrid que enseñan a hacer agua de cebada, además de cerveza artesanal, claro. Te paso a tu perfil, si quieres…».

Media hora más , el grupo está en la trastienda de una bodega de la calle Olivar bebiendo vino de Madrid. Lenka busca en Google detalles sobre el establecimiento. Solo encuentra la ficha básica y cinco fotos. Marcos se le acerca, mira su pantalla y sonríe: «Por tu cuenta no habrías acabado aquí, ¿verdad?». Entonces se dirige al grupo: «Por si queréis seguir tomando vinos o pasaros a las cañas o comer, en vuestros perfiles tenéis un mapa personalizado en función de las preferencias que nos comunicasteis cuando os inscribisteis en la visita guiada».

La televisión inteligente de la habitación del hotel de Lenka muestra lo mismo que la pantalla de su teléfono móvil. Al tiempo que se prepara para salir a cenar, la turista puntúa de viva voz o pulsando en la pantalla del televisor todas las aplicaciones que ha utilizado durante la experiencia que ha vivido esa tarde. Hace lo mismo con los servicios de Marcos. Después se sienta y completa un test del Ayuntamiento de Madrid que ha recibido en dos de las redes sociales en las que tiene una cuenta sobre el aspecto actual de la plaza de Tirso de Molina y las opciones de ocio y equipamientos que podrían hacerla más atractiva.

Entretanto, desde su casa Marcos envía a la intranet de la empresa de organización de eventos culturales y turísticos para la que trabaja un informe de incidencias técnicas de la actividad del día, puntúa las nuevas características de las aplicaciones de los socios de sus empleadores y contesta a las preguntas de un test del Ayuntamiento de Madrid más complejo que el que le ha llegado a Lenka. Se le plantea la posibilidad de opinar, entre otras cosas, acerca de la creación de nuevos tramos de cinta transportadora para peatones en varias calles de Lavapiés.

Más tarde, la doctorada eslovaca y el guía madrileño coinciden en un restaurante de cocina fusión castellana y senegalesa de la calle Mesón de Paredes. Ambos se benefician de un descuento de un 15% aplicable a cenas en ese local y otros dos más del mismo barrio por contestar a sus respectivos tests.


Todas las tecnologías mencionadas están en uso o en desarrollo. Hologramas, realidad aumentada, economía colaborativa, personalización extrema de experiencias, participación del visitante y el autóctono en la definición del espacio urbano mediante la aportación de small data a cambio de recompensas y guías en el fluir de la vida pasada y presente del lugar que se pretenda poner en valor serán las piezas clave del paradigma del turismo del futuro inmediato, sobre todo del turismo cultural.

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