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De la ventaja de una delimitación duradera

Martín Remón Miranzo Consejero diplomático

La primera frontera, al hablar de lo que hacemos, de nuestras actividades, es la que separa lo que podemos y lo que no podemos hacer. La que define nuestro radio de acción, nuestra esfera de posibilidades. Nuestra libertad, vaya. Nuestro “poder hacer”. Esa frontera es inicialmente material: no podemos volar como pájaros, porque es físicamente imposible. Y luego es social: no podemos ir matando a los demás y salir bien parados, porque los demás no nos lo permitirán. Y luego es interna, ética, mental: no podemos dejar de auxiliar a un niño en peligro, porque no nos lo permitimos nosotros mismos.

Parte de nuestra aventura vital es el juego de superar esa frontera a nuestro “poder hacer”. Hacerla recular. Es el crecimiento. Llegar a subirnos a un árbol de copa antes inalcanzable, llegar a cruzar a nado aquel río tan ancho, tocar una música entera sin fallar nota después de no haber sido capaz ni de tocar bien el primer compás, construir un motor cuando antes no entendíamos ni su diagrama, alcanzar a hacer algo por lo que se nos dé dinero a cambio después de no haber tenido ni idea de cómo hacerlo… En gran parte, nuestra vida se dedica a este juego de superar fronteras, sobre todo durante el primer tercio (o la primera mitad), cuando el crecer y el superar gozan del viento de cola del propio desarrollo físico y mental, y del cada vez mejor conocimiento del entorno social en el que se delimitan esas fronteras que nos marcan los demás.

Pero la vida tiene otro juego. Menos placentero (nada supera en felicidad el sentimiento de haber logrado lo que antes nos resultaba imposible, el de conseguir que la vida nos diga sí donde antes decía no), y mucho más delicado. El que no consiste en hacer retroceder la frontera de lo que nos es posible, sino el que consiste, dentro de esa primera frontera, en tomar las mejores decisiones, las que nos hagan vivir de la mejor forma. Lo que incluye establecer los criterios para evaluar esas decisiones. El juego no ya de expandir nuestra libertad, sino de simplemente usarla, ejercerla. Un juego que jugamos no contra esa frontera, sino en su interior, y contra la incertidumbre de no saber a ciencia cierta cuál es el rango de decisiones posibles, ni cuáles son sus consecuencias. Un juego de gestión.

Un juego difícil, porque su cara negativa, su derrota, no es la mera frustración ante lo imposible. Su derrota no es simplemente no ser capaz de alcanzar. Su derrota es haber tenido la capacidad de alcanzar, y no haber alcanzado, haber fallado cuando se tenía que haber acertado. Y peor aún, un juego en el que la victoria no se sabe definir, porque nunca sabemos a ciencia cierta qué es lo que podíamos realmente haber alcanzado. Un juego en el que la derrota (la conciencia del error o la mala suerte que nos hizo perder algo valioso o una oportunidad importante) es mucho más reconocible que la victoria (la conciencia del acierto). Porque ése el otro gran problema: la incertidumbre.

La incertidumbre. No sólo la de no saber las consecuencias de nuestras decisiones, sino de la no saber bien qué decisiones podemos tomar. La de no saber bien dónde empieza y dónde acaba esa primera frontera. Porque una vez que hemos conocido los límites de nuestras fuerzas (física, intelectual, emocional), resulta que los límites que nos imponen los demás (y los que nos autoimponemos) no son siempre nítidos y, horror, son además cambiantes, sin que a menudo podamos determinar racionalmente ni su extensión ni su evolución. La vida deja de estar en el más acá o más allá de la frontera, sino que se instala en la frontera misma, pero no en una frontera bien trazada y señalizada, sino en una zona de nadie, borrosa y sujeta a un vaivén como el de las mareas. Ni siquiera como el de las mareas, que tiene explicación física y es previsible. No, un vaivén caótico. El maldito azar, dicho en plata. Te lo podrías tomar lúdicamente, como un juego de ruleta, pero es que a la ruleta uno se juega lo que le sobra. Con lo que te falta, con lo que realmente importa, con aquello en lo que ciframos el haber vivido bien o mal, con eso, amigos, nadie quiere jugar. Todos queremos estar seguros de haberlo hecho lo mejor posible, y más cuando de nuestras decisiones depende alguien más que uno mismo.

Por eso es comprensible que pronto o tarde nos aferremos a la existencia de ciertas fronteras, aunque nos puedan parecer gratuitas, y parezcan coartar arbitrariamente nuestra libertad. Porque para ejercer esa libertad, gozar de ese margen de maniobra cuyos límites hemos explorado, conquistado y establecido durante nuestro crecimiento, esos límites deben ser claros y conocidos. Si no, no sabremos vivir racionalmente, sólo podremos vivir “al tuntún”. Sabido es el tópico de que “todo tiene un límite”. A partir de ahí, no saber exactamente dónde queda ese límite no nos hace más libres, sino que no nos deja más elección que la parálisis ante la incertidumbre o arrojarnos a la piscina a lo loco (o en el mejor de los casos mediante alguna intuición bien falible). No creo que se pueda decir que éso es una vida bien vivida.

La frontera social, aquélla por la que la sociedad nos impone lo que se puede y no se puede hacer, tiene vocación de duración. Por eso se transmite de padres a hijos, y por eso los códigos legales y morales duran siglos. No son inmutables, naturalmente. No son necesariamente “insuperables”. Pero su permanencia tiene la indudable ventaja de servir de cartografía útil para saber qué hacer en cada situación, y más aún, para que a partir de ahí podamos automatizar muchos comportamientos sin tener que consumirnos en la continua toma de decisiones. Una vez que hemos ensanchado nuestras fronteras para no sentirnos demasiado confinados, y hemos aprendido a vivir dentro de ciertos límites, que nos muevan esos límites no sólo puede causar comprensible temor, es que plantea claros inconvenientes prácticos (además de resistencias puramente afectivas).

Y es que llegar a saber cómo podemos y queremos vivir lleva a veces tanto tiempo y esfuerzo que no sería posible hacerlo constantemente. En esta época en la que algunas demandas de redefinición de los lindes morales de nuestra libertad resultan francamente llamativas por su radicalidad, no debe sorprender que ello suscite cierta reacción de quienes aprendieron un día a sentirse cómodos dentro del paradigma existente y no entienden la necesidad de que, como se suele decir en inglés, «se muevan los postes de la portería». O, por seguir el símil futbolero, cuando estás implicado en jugar al fútbol, no quieres perder tiempo en discutir si hay que pintar nuevas líneas en el césped o en si hay que ensanchar o estrechar el campo de juego. Lo único que quieres es que las líneas se vean bien y no se muevan durante el partido.

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Imagen: Crecer de Juanma Samusenko
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Martín Remón Miranzo

Consejero diplomático

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