Arte y cultura

Lo que el Porno nos enseña del Género7 min read

Minerva Mariño0 min read Sexóloga

Las representaciones eróticas existen desde los primeros tiempos de las civilizaciones humanas. Forman parte de nuestra cultura porque la pornografía es un reflejo de nuestra sociedad sexuada.

El objetivo del porno es básicamente estimular sexualmente al receptor, bien sea a través de la literatura, la pintura, el cine o cualquier otro medio, y como todo arte se sirve de la provocación para despertar emociones en el consumidor.

Pero el porno mainstream tiene poco de arte, anula la imaginación y distorsiona la imagen de la sexualidad. Las masas consumen historias e imágenes llenas de estereotipos atribuidos al hecho de ser mujer u hombre. Herramientas pedagógicas en forma de vídeos o novelas que ilustran a la sociedad en el placer humano: nos dicen cómo debemos actuar, cómo deben ser nuestros cuerpos y cómo debemos alcanzar la excitación.

Teresa de Lauretis desarrolló el concepto de “tecnologías de género” (tomando de referente teórico a  Foucault) donde el cine actúa como vehículo en la producción de representaciones de género, desde éste punto de vista el porno se lleva la medalla en la creación y normalización de códigos culturales homogéneos, es una máquina industrial de cuerpos con moldes de silicona fingiendo orgasmos. Además es viral, adictivo, legal y accesible (atrás quedaron los días en los que escondíamos las revistas Play Boy debajo del colchón), nos infiltra ideas de poder falocéntrico desde ese espacio llamado deseo, que consideramos privado, y para conseguir placer acabamos formando parte del discurso hegemónico.

El porno está de moda, y no me refiero solo al  cine con directoras feministas como Erica Lust o Sandra Uve, quienes retratan a una mujer con autonomía para decidir lo que desea y se empodera con su sexualidad, sino  también a la literatura, con el auge del llamado “porno para mamás” (novelas pornográficas llamadas eróticas porque es políticamente más correcto).

El concepto que conocemos hoy como pornografía se define a partir del siglo XIX, pero fue en los años 70 cuando tuvo su edad de oro con el cine. El movimiento feminista ha criticado duramente este género desde los años 80 y a día de hoy el debate anti-pornografía sigue abierto: un bando lo considera un mecanismo de dominio del sistema patriarcal hecho por y para los hombres,  y el otro reivindica su uso y disfrute tomando en cuenta el contexto histórico y el imaginario sexual colectivo, sin censuras. Independientemente de la postura que tomemos es una manifestación cultural digna de análisis con un eje claro: el cuerpo es el principio y el final del porno.

Según Butler “el cuerpo es en sí una construcción, como lo son los múltiples cuerpos que conforman el campo de los sujetos con género”.   Podríamos estar más o menos de acuerdo con ésta teoría y muchas otras que se han creado acerca del trozo de carne que habitamos, podríamos hablar en sentido foucaultiano de corporalidad simbólica y material, de sujeto e identidad, de construcciones a partir de normas biológicas, políticas y culturales, pero son solo palabras y en el porno (como bien sabréis) se habla poco.

Hay un tipo de porno en el que teorías de género debatidas ampliamente por eruditos de todo el mundo pasan a ser práctica, convirtiéndose en elemento subversivo, un porno en el que los cuerpos disidentes entran a formar parte del deseo, una representación del placer que desvela sujetos reales e  imperfectos y rompe con la construcción clásica género-sexo-porno: el post-porno.

La post-pornografía establece que los géneros son construcciones, se revela contra la división binaria y funciona en los lugares que el porno convencional considera subalterno, no es una definición cerrada, no son un colectivo organizado sino más bien una corriente cultural espontánea que surge de romper con lo establecido deshaciendo categorías, deslocalizando el discurso biopolítico y estético, un tipo de porno donde la lucha pasa de las aulas y los libros a la acción y los dildos, donde la eyaculación femenina es tan productiva como la masculina, es un tipo de porno lleno de  múltiples identidades y múltiples deseos sin cuerpos hipersexualizados, donde  la teoría queer deja de ser teoría y se lleva a la calle la capacidad performativa del lenguaje en la configuración del género.

El término ‘postpornografía’ es creación del artista holandés Wink van Kempen, quien llamó así a las creaciones sexualmente explícitas cuyo objetivo no es estimulante o masturbatorio sino crítico. Sin embargo, se podría decir que el post-porno fue creado por Annie Sprinkle quien tras años en la industria convencional decidió sublevarse dirigiendo sus propias películas y espectáculos en vivo. En España, María Llopis y Águeda Bañón fueron precursoras de ésta corriente que agrupa a minorías que reclaman otros estímulos y cuestionan el poder del gran falo blanco heterosexual sobre la mujer sumisa de proporciones antinaturales.

Para Paul B. Preciado (filósofo feminista y teórico queer nacido como Beatriz Preciado) el post-porno es “el efecto del devenir sujeto de aquellos cuerpos y subjetividades que hasta ahora sólo habían podido ser objetos abyectos de la representación pornográfica”

El movimiento cuestiona las dicotomías y es crítico con todas las representaciones normativas de las sexualidades (incluidas lesbianas, gays o trans, que aunque no formen parte del sistema binario, el mundo del porno ya ha estereotipado)  Abre debates sobre todos los cuerpos rechazados por la industria mainstream, incluidos los de las personas con diversidad, porque todos los cuerpos son sexuados y pueden sentir deseo y placer, tal como se evidencia en el proyecto “Yes we fuck!”

En resumen, el post-porno es la práctica de toda la teoría de género.

El porno nos enseña que nuestros cuerpos son la verdadera herramienta de resistencia, que la teoría está muy bien, pero las estructuras se rompen con la práctica, que no debemos someternos y podemos ser inconformes, que la ideología de género se vive más allá de los ensayos y los debates,  que cada uno de nosotros tenemos un cuerpo, y sea cual sea podemos desear y ser objeto de deseo.

Nuestra relación con la pornografía evoluciona, cada vez más la gente reconoce abiertamente consumir porno (lo único que podemos agradecer E.L  James es que las mamis no tengan pudor de ventilar sus fantasías con el señor Grey en la cafetería de los coles) El sub-género “porno para mujeres” no es real, forma parte del encasillamiento de la industria (al igual que no es real la literatura para mujeres, ni en la diferencia entre lo pornográfico y lo erótico). El porno es de dominio público, se nutre de nuestros deseos, está hecho para estimularlos. Es un reflejo de lo que somos. En palabras de María Llopis: “tenemos el porno que nos merecemos”.

El porno como elemento lúdico y expresión artística, nos enseña acerca de nuestra identidad y la construcción de nuestro género,  independientemente de lo que nos guste ver o leer para estimular nuestras  fantasías(y com o tal deben ser irreales)  cada uno es libre de consumir el tipo de imagen que prefiera en el momento, pero si queremos romper con la hegemonía debemos ampliar el horizonte y no delimitar el estímulo solo con el objetivo masturbatorio, debemos dejarnos transgredir con imágenes que nos hagan sentir más allá de lo que hemos aprendido del sexo hasta ahora.

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