Política y Social

Looperhype en Antequera

Si funcionara el Hyperloop… ¿Qué pasaría?: A veranito approach

Miguel Álvarez Coordinador Culturas de la Movilidad MediaLab Prado

Esta venta presidencial del monorrail, en la que hasta se inventa la maldita velocidad del sonido, me da la puntilla para tirar a la papelera el borrador de un texto que quería ser riguroso y documentado sobre el Hyperloop, y escribir en su lugar este relatito distopiquito de veranito. Palante:

The year is 2055, Elon Musk sigue siendo idiota y la absurda apuesta del Ministerio de Fomento de España para desarrollar su tecnología del Hyperloop ha salido adelante, en contra de todos los que le veían a la idea más agujeros que un colador. Así, believe it or not, España es puntera en una tecnología de transporte con tanta velocidad como el avión y sobre todo, y esto es lo importante, con la capacidad del tren para integrarse en la trama urbana, o sea, tener la estación de origen y de destino en medio de una zona muy densamente poblada.

Al principio, en 2018 o así, la mayoría de los medios no pillaban esta importancia y se centraron en la velocidad, incidiendo en la idea de que gracias al Hyperloop se podría “cruzar la península de lado a lado en una hora”. Sinsentido. ¿Para que vas a buscar un trozo del pastel en el sector de los viajes por turismo y negocios si puedes ir a por una pieza muchísimo más golosa?.

Elon había leído a Cesare Marchetti.

Cesare Marchetti es una especie de todólogo que lo mismo te escribe sobre si la historia es automática que sobre el isótopo de hidrógeno o el futuro del transporte, y que tiene al menos dos ideas muy interesantes y que vienen al caso. La primera idea que Marchetti cuenta es que treinta minutos de ida y treinta de vuelta es más o menos lo que se alejaban de media los cavernícolas de sus cuevas, lo que se tardaba en ir y volver del trabajo de media en la Roma Imperial y lo que tardamos hoy en día en Madrid.

Minuto arriba minuto abajo, sabiendo que las medias son muy tramposas y compatibles con que yo tarde la mitad y mi prima el doble, parece que las poblaciones humanas tendemos como conjunto hacia ese punto de equilibrio de sesenta minutos, treinta de ida treinta de vuelta, en nuestras rutinas diarias. Y lo hacemos tanto que da forma y tamaño a los lugares donde vivimos.

En los yacimientos arqueológicos los restos alrededor de una cueva se encuentran en todas las direcciones a su alrededor hasta una distancia máxima de unos 2.5km -que es lo que recorremos más o menos en treinta minutos andando-. Una hora de ancho por tanto, que era el tamaño de las murallas de Roma cuando era la capital del Imperio Romano, y de otras grandes ciudades de la antigüedad cuando la manera de moverse era a pie, antes de que aparecieran otros medios de transporte más veloces.

Y cuando aparecen medios más veloces, atrapados como estamos por esa Constante de Marchetti, nuestras ciudades reaccionan al incremento de la velocidad que la nueva tecnología nos pemite expandiéndose por el campo que las rodea o incluso fagocitando ciudades vecinas. De ejemplo de esto cita Marchetti el caso del puente en la desembocadura del Tajo, que permitió por primera vez la conexión en menos de media hora entre Lisboa y Almada. El flujo de personas moviéndose cada día usando el puente pronto creció hasta igualar en número a la población de Almada.

Al derribar el muro de Marchetti, la ciudad chica se convierte en un barrio de la grande.

Las tecnologías que nos permiten movernos más deprisa parece que nos hacen llegar antes pero en realidad nos hacen ir más lejos.

El Madrid de cuando la gente andaba tenía un tamaño acorde a la velocidad máxima disponible. Ese Madrid de los pies es ahora el Distrito Centro, que de Embajadores a San Bernardo se recorre en una horita de paseo. A cada nueva tecnología más veloz que la anterior la ciudad ha respondido creciendo: el Madrid de la bicicleta y el del tranvía de caballos crece con sus Ensanches en el siglo XIX, el del bus y el del metro es el que convirtió en barrios a los pueblos de Vallecas, Villaverde o Fuencarral. Así hasta el Madrid actual del coche, cuya frontera alcanza la M40ymuchos, y en el que se tarda en cruzar de lado a lado, igual que en los anteriores, más o menos un Marchetti.

¿Y el Madrid del avión? ¡No hay un Madrid del avión! Para ir en avión tienes que ir al aeropuerto, embarcar, etc. Salir de casa una hora antes MÍNIMO y ya con eso ya has superado el límite de Marchetti, te has pasado de tiempo. Hay quien usa el avión mucho, claro, pero la barrera de Marchetti impide que se convierta en un modo de transporte usado de forma diaria por los residentes de una ciudad para llevar a cabo sus rutinas cotidianas. El avión no es urbano en el sentido de que no hace ciudad

Ahí es donde entra el Hyperloop, donde el avión y sus despegues y aterrizajes no pudo entrar, en el centro de las ciudades, para transformarlas por completo.

Vamos con los cálculos:

(1) Por Marchetti sabemos que el viaje no puede durar más de 30 minutos.

(2) Necesitaré unos diez minutos para llegar de mi casa a la estación de origen, más otros diez minutos para ir de la estación de destino a mi puesto de trabajo.

(3) Me quedan así disponibles diez minutos de Hyperloop.

(4) A unos 1000 km/h, en diez minutos puedo recorrer 166 kilómetros.

Círculo de 166 km de radio en torno a la City de Londres

Esa es la pieza golosísima tras la que va el Hyperloop. En 2018 una casa en Londres costaba de media 700.000 libras. En Birmingham 200.000. Los trabajadores de la City echaron cuentas y pensaron que valía la pena pagarle a Elon una parte de esas 500.000 libras de diferencia, comprar una casa en Birmingham y cruzar cada mañana Inglaterra hasta su puesto de trabajo. Además, habría que ser muy tonto para no darse cuenta de que la casa en Birmingham iba a revalorizarse muchísimo, toda vez que Birmingham ya no era Birmingham, sino un barrio de Londres ¡Y sin contaminación!

Algunos grupúsculos radicales clamaron que aquello suponía un peligro tremendo para los birminghameños de toda la vida, pero mucha gente lo vio como una oportunidad de oro. El precio de la vivienda crecía como la espuma ahora que eran un barrio de Londres. Vale que mucha gente fue echada de sus casas por no poder pagar, pero ¿el dinero que otros ganaron acaso no importa más? ¡Es el mercado, amigo!

Círculo de 166 km de radio en torno a Las Cuatro Torres de Madrid

En España la cosa fue parecida, con Madrid fagocitando a Valladolid, Salamanca, Ciudad Real y Cuenca, pero la verdad es que la maldita España Vacía suponía una limitación a la rentabilidad de la idea, así que se le dio una vuelta muy nuestra:

En ese circulito blanco, a precisamente 166 km de las 4 torres de Madrid, está el Embalse de Valdecañas, famoso porque en su orilla se ha construido el residencial de lujo Isla de Valdecañas. La Marbella extremeña con “300 villas de lujo valoradas cada una en medio millón de euros, dos hoteles, un club náutico con 66 amarres, campos de golf, fútbol, tenis, piscinas y hasta una playa artificial. Un retiro para personajes del corazón, jeques, banqueros y políticos” que los tribunales ordenaron demoler y que el presidente de la Junta dijo que bueno, que vamo a calmarno.

Qué mejor guinda para este pastel que permitir que los jeques, banqueros y políticos usen la urbanización, no ya como vivienda de verano o fin de semana, sino como hogar habitual, conectados con la flamante Operación Chamartín mediante un Hyperloop que les deja en media hora en su despacho.

Tanta bionanotecnología desarrollada para extender su vida, y al final era tan fácil como no dormir dentro de la boina de contaminación madrileña, dividiendo la ciudad en un centro masificado dependiente de los transportes antiguos, y toda una serie de pequeñas villas de lujo en medio del campo, conectadas con el centro de manera rápida a un precio lo suficientemente alto como para garantizar que esa exclusividad que a todos nos gusta tanto se mantenga durante mucho tiempo. ¡Es el futuro, amigo!

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Miguel Álvarez

Coordinador Culturas de la Movilidad MediaLab Prado

Ingeniero y coordinador del proyecto Culturas de la Movilidad en MediaLab Prado.

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