Política y social

Ten cuidado – La cultura de la violación

Yolanda Trigueros Psicóloga

“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las asesinen”
Margaret Atwood

Esta advertencia resuena inmediatamente en todas y todos nosotros como algo familiar, algo que nos han repetido desde la infancia innumerables veces cuando vamos a salir: nuestra madre, padre, hermano o hermana, nuestra pareja o alguna de nuestras amistades. Si preguntamos en un grupo de personas, ¿de qué tienes que tener cuidado cuando te dicen ‘ten cuidado’? deberíamos obtener una respuesta universal independientemente del género de quien nos contesta. Sin embargo de forma invariable e independientemente del foro en el que realicemos esta pregunta, va a generar dos tipos de respuesta diferentes. Por un lado las personas de género masculino darán respuestas que hacen referencia al descontrol: “de no meterme en peleas”, “de no beber demasiado”, “de no conducir excesivamente rápido”. La naturaleza de la respuesta de las personas de género femenino será muy diferente y hará referencia al miedo, al peligro externo y a la necesidad de alerta y atención que están obligadas a mantener para no ser dañadas por el otro: “de los chicos”, “de no volver sola a casa”, “de no provocar”, “de que no me echen algo en la bebida”, “de no beber mucho para poder estar alerta”. Una estudiante resumió esto con una frase tajante que provocó el silencio en el aula “pues que tenga cuidado para que no me violen”.

Y este es el Quiz, lo importante, las mujeres aprendemos de niñas a cuidarnos de un algo no nombrado pero instalado en un imaginario colectivo que vamos adquiriendo sin que nadie le haya puesto palabras. Una mujer explicaba “y yo tenía cuidado mientras mi madre me dejaba en las piernas de un señor muy amable en el autobús, y mientras ella le agradecía el gesto él iba metiendo su mano debajo de mi faldita”. La niña asume una responsabilidad sobre algo que no sabe qué es y ya camino de la adolescencia empieza a entender que la advertencia de ‘ten cuidado’ está incompleta, que se refiere a algo sexual y, para luego alcanzar la certeza de que debe protegerse para no ser violada. La frase completa es ‘ten cuidado para que no te violen’. Como veremos más adelante aunque la adolescente o la mujer acate esta orden o se rebele contra ella, si finalmente es víctima de un abuso o una agresión sexual se sentirá culpable, y la mayoría de las veces esa culpa le hará mantener el silencio: “ay nena, vos estás buscando que te violen… decía mi madre cada vez que yo salía con escote (toda la adolescencia). Cuando abusaron de mí en la calle, no dije nada”.

El tabú que rodea la violación, provoca la invisibilización de la incidencia de la violencia sexual: una de cada cuatro niñas es abusada antes de cumplir 18 años, cifra a la que debemos sumar todas las violencias sexuales que una mujer puede sufrir en la edad adulta como, por nombrar las más frecuentes: abuso sexual, acoso sexual, acoso sexual callejero, acoso en redes sociales (sexting y sextorsión[2]), violencia obstétrica o agresión sexual (en España, una cada 8 horas contando sólo las denunciadas). La invisibilización de este tema y de su magnitud hace que la adolescente o adulta agredida se sienta una excepción, alguien que ha fracasado en su deber personal de cuidarse lo suficiente para no ser agredida, incluso aunque el abuso sucediera siendo niña y antes de que ella tomara conciencia de lo que pasaba. Esta vergüenza por el fracaso personal ante el incumplimiento de un mandato no obedecido, se une a uno de los mitos sobre la sexualidad y la violencia sexual: una mujer queda manchada. Es lícito hablar de otro tipo de agresiones, ninguna mujer sentirá vergüenza al contar que le han atracado, que le han robado en casa o que le han quitado la cartera sin que se haya dado cuenta, pero toda mujer sentirá vergüenza por haber sido agredida o abusada sexualmente. Sin duda, este sentimiento podrá desaparecer tras un trabajo interno con o sin terapia, pero hemos de cuestionarnos las causas que lo provocan.

El término Cultura de la Violación nos ayuda a entender estas causas. Acuñado en los años 70 hace referencia al entorno en el cual “la violación ostenta una posición preponderante y en la cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular. La cultura de la violación se perpetúa mediante el uso de lenguaje misógino, la despersonalización del cuerpo de la mujer y el embellecimiento de la violencia sexual, dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de la mujer”[3]. La Rape Culture es la “manera en que la una sociedad se manifiesta hacia la violación y otros tipos de violencia sexual, bajo un prisma de aceptación validado social y culturalmente”[4].

Este prisma, incluye todas las actitudes, prácticas y/o comportamientos que toleran o avalan la violación. De esta forma, la violencia sexual es normalizada y en muchos casos aceptada debido a actitudes sociales y a los mitos sobre el género, el sexo, la sexualidad y la violencia sexual. “La cultura de la violación abarca un gran número de comportamientos de diferente gravedad”[5], y presentes en la vida cotidiana en diversos ámbitos. Se perpetua a través del lenguaje, un claro ejemplo son los insultos, que en su mayoría ya sean dirigidos a hombres o mujeres, presuponen la culpabilidad directa o velada de una mujer en el acto perverso que critican, siendo “puta” o “hija/o de puta los más habituales. Otro ejemplo son los chistes sobre violaciones que abundan en internet o en los grupos de WhatsApp, viñetas supuestamente cómicas que menosprecian no sólo a la mujer si no también la violación misma.

En plena era digital, la cultura trasmitida por la imagen compite con la cultura escrita. Los medios de comunicación se han convertido en uno de los agentes de socialización más importantes: televisión, internet, cine, música y publicidad forman parte de nuestro día a día y del de menores y adolescentes. Este mundo audiovisual socializa habitualmente en la desigualdad, en la legitima e indiscutible diferencia de poder de lo masculino sobre lo femenino, en la cosificación del cuerpo de las mujeres que debe estar siempre al servicio de los deseos de otros, y en la trivialización de las violencias de género y sexuales.

Así nos lo presentan en el documental “Miss Escaparate[6] en el que se destaca la escasa participación de las mujeres en puestos de poder de EEUU y se analiza la descarada estigmatización de la que son fruto en los medios de comunicación. También lo hace Yolanda Domínguez en su documental “Niños vs Moda[7], en el que niños y niñas de 8 años intentan sin éxito dar sentido a las imágenes con las que grandes marcas de moda publicitan sus diseños en las revistas de nuestro país: imágenes en las que las mujeres aparecen muertas, enfermas, borrachas, agredidas o tiradas en el cubo de la basura, frente a anuncios en los que los hombres tienen una apariencia de superhéroes, universitarios, jefes o empresarios. El documental termina dejando una pregunta abierta: ¿sólo los niños perciben la violencia con la que se presenta a las mujeres en la moda?

El efecto publicitario que ‘glamouriza’ la violencia y el abuso sobre las mujeres, tiene incluso un nombre en la publicidad de la moda de lujo “el síndrome de la novia muerta”, abanderado por Guy Bourdin (1928-1991), fotógrafo francés de referencia en los años 70 y emulado en la actualidad por fotógrafos de grandes marcas. Lisa Hageby, creadora de la web Stop Female Death in Advertising[8], denuncia esta realidad y afirma que “nos hemos insensibilizado a este tipo de publicidad hasta aceptarla como algo “normal”, ignorando los efectos que tiene en los receptores a largo plazo y sobre el tipo de imagen de la mujer que se construye”[9]. Se edifica una imagen de mujer objeto al servicio de los hombres y no solo se trivializa la violencia sexual si no que la expone como un logro propio de hombres exitosos.

El resto de la publicidad, se aleja sólo de esta realidad para convertir a la mujer en perfecta ama de casa o en un cuerpo atractivo, lo que “transmite a las mujeres un mensaje claro: que nuestro valor reside únicamente en el beneficio que otros puedan sacar de nuestros cuerpos”[10]. Por concretar, podemos fijarnos en los anuncios del sector del automóvil, ¿alguno dirigido a las mujeres que anuncie un coche atrayente para ellas por el mero placer de conducir o de su potencia? Si existe es difícil de encontrar, la mujer tiene una gran presencia en estos anuncios pero sólo como gancho para vender coches a los hombres, salvo una excepción: aquellos anuncios de coches familiares en los que aparece la madre perfecta (siempre guapa, pero ya no provocadora).

Dentro del mundo audiovisual vamos a destacar también el mundo de la música por ser uno de los más presentes en la vida de niños, niñas y adolescentes, y la conclusión es clara: la violencia de género está presente en su día a día a través de la música que escuchan. Han pasado ya tres décadas desde que varias generaciones bailábamos al ritmo de Atrapado en el ascensor, sin darnos cuenta de que es una descripción de una violación: “… Deja de llamar a la portera, contigo no hay manera, yo que puse toda mi ilusión en esta violación”. Hoy este tema se sigue coreando en los conciertos, con la misma pasión, como vemos en esta grabación en directo [11] del año 2015.

Resulta llamativo que cuando el feminismo empieza a tener una visibilidad en la música y empiezan a escucharse grandes éxitos con letras que promueven la igualdad, lejos de suavizarse, la música que normaliza la violencia de género ha alcanzado su máximo esplendor. En pocos años se han puesto de moda estilos como el reggaetón que, salvo llamativas excepciones, puede considerarse el máximo exponente de esta aportación a la cultura de la violación, con letras y videoclips que hacen apología de la violencia contra las mujeres y que, por tanto, incluyen la violencia sexual como un derecho lícito de los hombres al ser provocados o rechazados. En su tema Contra la Pared [12], Jiggy Drama canta”…si sigues en esa actitud voy a violarte, así que no te pongas alsadita, yo sé que a ti te gusta porque estas sudadita, sí má recién salida de una sauna que esta noche terminas con un trauma”. Una vez más son las mujeres las culpables de la violencia que reciben, por provocar o por rechazar, bien por putas o por santas. En cualquier caso son castigadas por incumplir el rol que se les impone.

Como estamos viendo, la cultura de la violación “se identifica en un sinnúmero de comportamientos, de diversa gravedad, que tienen como característica común frivolizar el abuso sexual hacia las mujeres, convirtiéndolas en objetos que pueden ser poseídos y vejados por los hombres”[13]. A los medios de comunicación, la publicidad y la música, debemos unir otros medios en los que se cuela este mensaje durante el proceso de socialización: literatura, cine, pornografía, videojuegos, etc. Esta cosificación de la mujer naturaliza ciertas prácticas que “reducen a las mujeres a meros objetos sexuales y sexualizados de intercambio, en los cuales sus aportes a la sociedad son minimizados, ignorados, y silenciados”. En los documentales citados anteriormente, se evidencia que, en la mayoría de las ocasiones, la referencia a la condición de mujer se hace en términos que la relegan a un papel secundario, débil y sin contenido: se obvian sus éxitos y se eliminan sus emociones, sus capacidades y su inteligencia. Poco a poco se deprecia el valor de todo lo femenino, el resultado es claro: el poder queda en manos de los hombres. El patriarcado lleva siglos instalado en nuestra sociedad y no quiere irse, por eso se enfrenta con todas las armas de que dispone a las mujeres y movimientos que luchan por la igualdad entre géneros. No olvidemos que “la forma más común de que la gente te entregue su poder es que crea que no lo tiene”[14].

Toda esta realidad se nutre de los mitos sobre la violencia de género y sobre los mitos que rodean la violencia sexual, y al mismo tiempo los fortalece. Anula las violencias contra la mujer, que dejan de existir ya que esas cosas sólo les ocurren a “las otras”, a las “mujeres malas”, a esas mujeres con las que, en realidad, ninguna mujer se identifica. Las adolescentes y las mujeres ven coartada su libertad pues deben asumir el rol que se les ha sido asignado, de lo contrario se merecerán la violencia que recaiga sobre ellas incluyendo la más temida: la violación.

La violencia sexual existe, pero como estamos viendo, la mayor parte es negada. El resto sólo es visible si violencia, víctima y agresor cumplen unas determinadas características, si se adecúan al ‘Perfil de la violencia creíble y visible’[15]: “El agresor es un hombre adulto y desconocido que agrede en un lugar aislado; la mujer es joven y atractiva, pero no ha seducido ni provocado previamente; durante la agresión hay uso de fuerza y penetración; la mujer se resiste y como consecuencia tiene un daño físico visible; la víctima pide ayuda de forma inmediata, está segura de todos los detalles y no se retracta; el daño psicológico en la víctima es evidente y duradero; sucede una sola vez, es algo puntual y no se repite. Además, es más creíble si ocurre en un país subdesarrollado y/o el agresor es de origen extranjero o pertenece a una clase sociocultural baja”. Como se describen las autoras de este mismo artículo, la realidad es que la amplísima mayoría de violencias sexuales no cumplen este perfil y por tanto quedan ocultas y silenciadas: la mayoría son ejercidas por personas conocidas, en lugares privados, no suele utilizarse la fuerza física, a veces se repiten durante años, la víctima no suele pedir ayuda, y cuando lo hace está confusa, lo habitual es que no haya heridas físicas visibles pues la mujer que es agredida habitualmente se paraliza como forma de supervivencia cuando hay temor a perder la vida o cuando se está bajo chantaje y extorsión. “Además algunas mujeres son abusadas cuando no pueden prestar su consentimiento: por estar dormidas, por haber sido drogadas, por estar bajo los efectos de alguna sustancia o, incluso, por ser menores de edad[16].

Para cuando la violencia sexual se denuncia o se visibiliza la cultura de la violación ya ha hecho su efecto, por lo que se tiende a culpabilizar y desacreditar a las víctimas con frases como “cuando una mujer dice no en realidad quiere decir sí”, “pero estabas borracha, ¿seguro que ha sido así?” o “¿seguro que no le provocaste?”. Por otro lado, se excusa, exculpa y se acredita el comportamiento de los agresores: “él no es de piedra y se le fue de las manos”, “es que estaba borracho” o “pobrecito, sufrió violencia de pequeño”.

Cuando la víctima habla, es muy posible que se la revictimice con estos comentarios, ya sea en el proceso jurídico o en su propio círculo. La culpa y la vergüenza que siente por haber sido agredida aumentan al mismo tiempo que gran parte de su sistema de valores y confianzas se tambalea. El impactante corto realizado por Alicia Ródenas de 17 años titulado “Ahora o nunca”, refleja perfectamente esta suma de incoherencias.

Parecería que en los últimos años las cosas han empeorado, por ejemplo han aumentado el uso de sustancias como el burundanga que son usadas por jóvenes y hombres adultos para cometer abusos sexuales bajo los efectos de la sumisión química, y las mujeres que denuncian violencia de sexual son tachadas de mentirosas antes incluso de que ocurra el delito como vemos en las camisetas que lucen estudiantes universitarios en Valencia con el lema “Hoy follo, mañana juicio”, pero no es cierto. No ha cambiado la intensidad, lo que han cambiado son las formas y las estrategias atemorizar.

Es la política del miedo, generado con el fin de influenciar en el comportamiento de las personas. “Según uno de los mayores pensadores del siglo XX, el psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista Erich Fromm, un sustituto común para la libertad son los sistemas autoritarios. Éstos reemplazan al individuo a la hora de pensar y tomar decisiones”[17]. Cedemos nuestra libertad a causa del miedo que genera la incertidumbre y por ello acatamos el orden heteropatriacal establecido, tanto los hombres que temen ser acusados de traidores (nenazas, maricas o calzonazos son algunas de las alusiones con las que se ataca a hombres feministas o que se salen de la norma) como las mujeres que tememos ser castigadas.

La violación de una mujer es ejemplarizante, inocula temor a todas las mujeres, adolescentes y niñas. Lo violencia sexual es un ejercicio de poder a través del sexo, pero como dice la también psicoanalista Jules Mitchell, del sexo no organizado como deseo si no como expresión de odio que aterroriza. Lo sexual es secundario, lo importante es la agresión o el abuso. “La mayoría de las mujeres y niñas viven con el temor de violación. Los hombres, en general, no lo hacen. Así es como funciona la violación como un poderoso medio por el cual toda la población femenina se mantiene en una posición subordinada a toda la población masculina, a pesar de que la mayoría de hombres no violan, y muchas mujeres nunca son víctimas de violación. Este ciclo de miedo es el legado de la Cultura Violación”[18]. El miedo nos puede proteger de peligros reales, pero el sentimiento de vulnerabilidad está excesivamente presente en la vida social de las mujeres, es una constante: casi todas han empuñado la llave del coche como posible arma de defensa o han evitado lugares o situaciones que son habituales para un hombre como caminar o viajar sola. Y esta realidad se mantiene en silencio, está tan naturalizada que muchas veces escapa incluso a la conciencia. No hay cabida para el deseo de igualdad si no existe conciencia de posibilidad.

Y la sociedad, liderada en este caso por mujeres y adolescentes, está tomando conciencia. No nos dejemos engañar por los datos, que aun siendo espeluznantes, son un reflejo del cambio y la revolución que se está produciendo.

  • Hace 13 años que tenemos una ley nacional contra la violencia de género, 12 que en la ley contra la violencia de género de la Comunidad de Madrid se incluye la violencia sexual contra las mujeres como un tipo de violencia de género (ejemplo seguido por otras comunidades autónomas durante esta década), lo que trajo consigo la creación de una red de centros de atención para mujeres y menores víctimas de violencia de género y de un centro específico de atención a mujeres víctimas de violencia sexual, 2 años que los hijos e hijas son reconocidos como víctimas directas de la violencia de género ejercida por su padre o la pareja de la madre. Las denuncias han aumentado. Es cierto que la ley debe seguir avanzando pues se queda coja en aspectos fundamentales como las medidas de protección o la inclusión en ellas de las víctimas de violencia sexual, pero no menos el cambio que ya ha habido en los últimos años.
  • Hace 20 años los asesinatos de mujeres eran presentados en prensa como crímenes pasionales y no había datos estadísticos de ningún tipo. Hoy las estadísticas se quedan cortas pero existen, la mayoría de los medios de comunicación hablan de asesinatos y se da nombre a su causa: violenta machista, violencia de género o violencia contra las mujeres por el hecho de serlo. Hace cinco años la violencia sexual apenas se nombraba en los medios. Hoy en día se nombra sólo aquella ejercida por desconocidos, por agresores en serie especialmente violentos o la ejercida en ambientes de fiesta y alcohol, pero por algo se empieza.
  • Hace 30 años se imponía el silencio más absoluto sobre todas las violencias ejercidas hacia las mujeres. Judith Butler nos enseñó que lo personal es político y que las violencias ejercidas en el ámbito privado son reflejo y base del poder ejercido por el patriarcado. Poco a poco las mujeres fueron hablando, contando y reclamando su derecho a no ser violentadas. Al principio empezaron a hablar las víctimas de violencia física, después las víctimas de violencia psicológica y hoy son muchas mujeres las que denuncian en público haber sido víctimas de violencia sexual. Hace tan sólo cinco años, cuando empecé a trabajar con mujeres víctimas, esto apenas ocurría.
  • Aunque los centros y profesionales puestos al servicio de la reparación de las víctimas son a todas luces insuficientes, existen. Además, se creó un teléfono donde pedir ayuda con profesionales especializadas, que tiene en cuenta cosas tan importantes como no dejar huella en la factura, y también un Observatorio de la Imagen de las Mujeres en el que podemos denunciar publicidad o campañas sexistas.
  • En la última década se han elaborado protocolos de atención a víctimas de violencia de género y víctimas de violencia sexual en todos los ámbitos, desde educación a sanidad pasando por el ámbito policial, lo que ha supuesto la formación en materia de género de miles de profesionales y una atención más adecuada. La maquinaria está en marcha, aunque debe aún coger velocidad y no frenar hasta que llegue el momento en el que no quede nadie sin formar y todos los niños y niñas, adolescentes y mujeres sean atendidos con el respeto y el conocimiento de su realidad que merecen, priorizando sus deseos y su salud emocional y física.
  • Muchas entidades sociales incluyen ya la perspectiva de género como base. La lucha contra la erradicación de la violencia de género y las violencias sexuales se hace evidente en la proliferación de proyectos y campañas contra la violencia sexual como la campaña “#NOesNo[19] de la Fundación Aspacia o el vídeo “Consent it’s simple as tea”.
  • Parte de la juventud está movilizada y lucha con la fuerza que les caracteriza. Un ejemplo de ello son los grupos de denuncia de la violencia sexual presentes en muchas universidades. Puedo asegurar que hace 20 años no existían, de hecho, terminé la carrera de psicología sin oír hablar de violencia sexual en una sola clase. Otro ejemplo son los proyectos realizados por algunos grupos de adolescentes que conscientes de esta violencia la denuncian con entusiasmo, como la petición hecha por alumnos de 4º de la ESO en change.org bajo el lema “Por una música libre de machismo”[20].
  • Cada vez son más las voces que se alzan contra comentarios y chistes machistas. En esto las redes sociales tienen una doble cara pues permiten impunidad ante las agresiones verbales bajo la clandestinidad, pero también decir no sin temor al enfrentamiento directo. En los grupos de WhatsApp cada vez son más las personas que critican los chistes machistas recibidos, y más aun las que no los reenvían. Eso, sin duda, crea conciencia.
  • Y una cosa fundamental. Cada vez más padres y madres son conscientes de toda esta realidad y educan a sus hijas e hijos desde la perspectiva de la igualdad de valor y derechos. Enseñan a sus hijos a respetar a las mujeres y a sus hijas a sentirse responsables sólo de sus conductas y no culpables de las de otros.

Así que, después de todo, el mensaje es positivo. Estamos generando cambios en esta realidad. Por eso para terminar, quiero dejar una pregunta abierta ¿y tú cómo colaboras en este cambio?


[2] Más información en www.sexting.es y en www.sextorsion.es

[3] La cultura de la violación. Guía para el caballero. Demonioblancodelateteraverde. 2014 https://eldemonioblancodelateteraverde.wordpress.com/2014/08/18/la-cultura-de-la-violacion-guia-para-el-caballero

[4] Rape Culture. Un análisis psicosocial. Amber Barbara Kearse. Universidad de Chile. 2013. Recuperado en: www.grin.com/es/e-book/299665/rape-culture-un-analisis-psicosocial

[5] La cultura de la violación. Mirada Violeta. 2013. www.proyecto-kahlo.com/2013/08/la-cultura-de-la-violacion/

[6] Documental “Miss Escaparate”. Jennifer Siebel Newsom. 2011. Recuperado en: www.youtube.com/watch?v=mKYqVAMqVgs&spfreload=10

[7] Documental “Niños vs Moda”. Yolanda Domínguez. Recuperado en: www.yolandadominguez.com/avada_portfolio/ninos-vs-moda

[8] Proyecto Web de denuncia de Lisa Hageby del trato del rol femenino en los medios publicitarios. www.stopfemaledeathinadvertising.com

[9] Celia Vázquez Martínez. Análisis de la tendencia Síndrome de la novia muerta en la publicidad de moda y lujo. Universidad de Málaga. 2015. Recuperado en: http://riuma.uma.es/xmlui/bitstream/handle/10630/10489/TFG%20FINAL.pdf?sequence=4. También puedes leer el artículo de El país “El síndrome de la novia muerta en la moda”. Noelia Ramírez, 2013: http://smoda.elpais.com/moda/el-sindrome-de-la-novia-muerta-en-la-moda/

[10] La cultura de la violación. Mirada Violeta. 2013. www.proyecto-kahlo.com/2013/08/la-cultura-de-la-violacion/

[11] Vídeo de la canción en directo “Atrapados en el ascensor” de Un Pingüino en Mi Ascensor y Modestia Aparte en el concierto de “25 Años” en la sala Kapital, en Madrid. 2015. Recuperado en: www.youtube.com/watch?v=z3HnOQsbPGM

[12]Vídeo del tema de Jiggiy Drama “Contra la pared”. Versión 2010. Recuperado en : www.youtube.com/watch?v=CwZOek0qhUA Sólo en este espacio, supera los 12.000.000 de reproducciones

[13] Jorgelina Montero (2015). Desmitificando la voluntad punitivista del feminismo. XI Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. Recuperado en www.cdsa.aacademica.org/000-061/1181.pdf

[14] Frase con la que comienza el citado documental “Miss Escaparate”

[15] Sonia Cruz, Yolanda Trigueros y Rebeca Álvarez. El poder de los mitos de la violencia sexual. Periódico Saber más. Violencia contra las mujeres. 2014. Mancomunidad THAM de Servicios Sociales. Comunidad de Madrid. Recuperado en: www.mancomunidad-tham.es/wp-content/uploads/…/periodico_tham_para_web.pdf

[16] El abuso sexual durante la infancia está explicado en profundidad en “Trauma temprano y abuso sexual infantil en el Trastorno Límite de la Personalidad”. Yolanda Trigueros. Revista intersubjetivo, nº 15, 2015. http://issuu.com/yolandatrigueros/docs/trauma_temprano__asi_y_tlp_yolanda_

[17] Guillermo Orts-Gil. “La cultura del miedo: menos libres, reflexivos y solidarios”. Huffington Post. 2015. www.huffingtonpost.es/guillermo-orts-gil/la-cultura-del-miedo-meno_b_6901040.html

[18] Centro de mujeres de la Universidad de Marshall www.marshall.edu/wcenter/sexual-assault/rape-culture/

[19] Fundación Aspacia. Campaña #NOesNo. www.fundacion-aspacia.org/category/campanas/

[20] Lorena Montón. “Los alumnos de la clase de 4º de la ESO que piden el fin de la música machista. Canal Muy fan de LaVanguardia.com. 2017 www.lavanguardia.com/muyfan/alerta-fan/20170302/42469366210/machismo-musica-reggaeton-peticion-alumnos.html

Política y social

Pintura de Beatriz Chico

Lo pinté en el año 2014, Se titula La fuerza, y tiene dos caras de la moneda: una, exterior que arrastra y envuelve; que azota y empuja. Otra interior, que aguanta y protege; que frena; que para. La gama de colores es mínima: verdes y rojos. Colores vivos que transmiten intensidad y reflejan la tensión. La pincelada también es dura, no cuida el detalle, no me interesa. Busca el contraste.

Está dentro de un proyecto llamado CreandoCuerposdeMujeres, con una cita de un libro increíble de Isabel Allende “La Suma de los Días”, lleno de dolor (compartido entre mujeres) y alegría (compartida, también). La cita dice así:

“Dicen los budistas que la vida es un río, que navegamos en una balsa hacia el destino final. El río tiene su corriente, velocidad, escollos, remolinos y otros obstáculos que no podemos controlar, pero contamos con un remo para dirigir la embarcación sobre el agua. De nuestra destreza depende la calidad del viaje…”

Yolanda Trigueros

Máster en psicoterapia psicoanalítica y Posgrado en prevención, detección e intervención con víctimas de violencia de género. Formadora y Psicoterapeuta especializada en la intervención con mujeres víctimas de violencias sexuales. Miembro de la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica Oskar Pfister.

E-mail: yolanda.trigueros.olm@gmail.com

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